Donde vive la Muerte.

Peñafiel

“Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre.”

Reconozco que cada vez me gustan más los cementerios, no porque contengan muerte, sino porque culminan muchas vidas de gente que me antecedieron y que, como a hombros de gigantes, nos han elevado. Por eso, en ocasiones, soy capaz de desviarme algunos kilómetros o de andar a lo largo de las ciudades para visitar sus cementerios, para rendirles culto a sus antiguos pobladores o sencillamente unos minutos de atención. Y no sólo para visitar tumbas de ilustres y egregios hombres y mujeres a los que sin duda la historia conserva muy vivos, sino de todos aquellos de los que queda sólo el nombre en sus lápidas y las fechas en las que por esos nombres llamaban a sus portadores.

Hace 75.000 años, los neandertales enterraban ya a sus muertos. Este dato indica la aparición de la conciencia humana, la conciencia de la muerte, el control del tiempo, el echar de menos a aquellos con los que compartimos la vida, aquellos que nos la dieron y nos transmitieron conocimientos y afectos, la cultura humana. Sin duda, lo más propiamente humano es la conciencia de la muerte, de la contingencia de la vida, de que nada de lo que ha pasado volverá a suceder en los mismos términos. El vínculo que nos une con nuestros antepasados nos dispone en una línea continua que denominamos tradición. Una línea de afectos y emociones que nos lleva a pensar que aquellos con los que compartimos nuestra vida seguirán de un modo u otro cerca, cuidándonos aún, o muy lejos, tan lejos que ya no nos harán más mal.

El sentimiento religioso propio del ser humano se funda en el culto a los antepasados y en las potencias misteriosas de la naturaleza que se nos escapan y nos sobrepasan. A éstas las personificamos con dioses; a nuestros ancestros, a quienes conocimos y fueron nuestros pares, los dejamos descansar en lugares localizados adonde en ocasiones volvemos en paseos rituales para renovar un vínculo que ya no ocurre, pero que, no obstante, no ha desaparecido por completo.
Los cementerios son las ciudades de los muertos y conforman un paisaje extraordinario y paradójico. Paradójico porque consta de dos dimensiones: una real, el lugar tranquilo y hermoso que la muerte impone y por la que la belleza es posible. Porque la belleza requiere de un marco que es la muerte. Porque para que algo sea bello requiere del contraste de su fin, de su contingencia. ¡Cuántos seres hermosos descansarán bajo sus lápidas! ¿Qué vidas habrán tenido? ¿Qué trato les darán aún los vivos? Por eso los cementerios son hermosos en su calma plácida, en el silencio de tantas historias ya terminadas. Edificaciones para el recuerdo callado que, a lo sumo, en una sentencia, resumen el deseo de una vida.

Cementerios, ciudad de los muertos, que permiten también un análisis sociológico de cómo vivieron sus moradores, de cómo tratan los vivos a sus muertos, de cómo hasta los muertos terminan en las ruinas que será, al final, el destino de todo lo humano. Porque cuando los vivos de los muertos mueren ya no queda memoria y esa memoria perdida, la tradición de los sin nombre que reclama Benjamin como la tarea de la historia, se diluye entre las ruinas de aquellas tumbas que el tiempo devora, creando, a menudo, nueva belleza.

Tu padre yace enterrado bajo cinco brazas de agua;
Se ha hecho coral con sus huesos;
Los que eran ojos son perlas.
Nada de él se ha dispersado,
Sino que todo ha sufrido la transformación del mar
En algo rico y extraño.

Shakespeare, La tempestad, I, 2.

Y aquí emerge la segunda dimensión paradójica del cementerio, la que nos muestra un paisaje extraordinario. Una dimensión virtual que recorre los tiempos y concreta en el más inmediato presente la historia de la humanidad. Tumbas que se convierten en lugares de culto, reliquias que santificamos, fiestas de los muertos, recuerdos de tragedias y holocaustos. Actos de resistencia ante el injusto reparto de los sagrado y lo profano. Un cementerio es exactamente un acto de resistencia ante la muerte, como lo es el arte o la literatura, como lo es la lucha y el combate por la supervivencia.

Porque los cementerios no son sino la lucha del hombre por la supervivencia. Y bajo los paseos bordeados de altos cipreses se amontonan los nombres de los hombres cuyas vidas consideramos valiosas y les rendimos culto. Por eso es también comprensible no localizar el descanso del infame.

Sí, me gusta pasear por los cementerios para honrar a mis muertos, pues todos son míos al fin y al cabo, y porque entre sus caminos sombreados recuerdo a los que, muertos en vida, ya no podré localizar, ¡ojalá en el más lejano tiempo!, su tumba y ni siquiera podré rendirles culto ni acudir a decirles que los echo de menos.

 

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LA CONDESA SANGRIENTA

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LA CONDESA SANGRIENTA, ELIZABETH BÁTHORY (1560-1614)

En las oscuras tierras de Transilvania, los cuentos y leyendas de terror acerca de vampiros y hombres lobo se entrecruzan con la horrible existencia real de hombres y mujeres que pasaron a formar parte de la triste historia de los asesinos en serie. Una de ellas, una condesa de alta cuna, conocida con el sobrenombre de “la condesa sangrienta”, ostenta un terrible récord de asesinatos, más de 650, en una macabra búsqueda de la belleza. No en vano, se la considera la peor depredadora que haya tenido la historia del crimen1.

Aristocracia, educación y esoterismo
Erzsébet o Elizabeth Báthory nació en Nyírbátor, Hungría, el 7 a agosto de 1560 en el seno de una de las familias aristocráticas más importantes de Transilvania. Su tío Esteban I Báthory, príncipe de Transilvania, se convirtió en rey de Polonia a finales del siglo XVI.

Elizabeth recibió una amplia y exquisita educación aunque también estuvo en contacto desde su más tierna infancia con la alquimia y el esoterismo, prácticas ampliamente practicadas por algunos miembros de su dinastía.

Esposa del Héroe Negro, amante del Vampiro
En 1575, cuando Elizabeth era una joven de 15 años de edad, se casó con el conde Ferecz Nádasdy, de 20. La pareja se trasladó a vivir al solitario castillo de Csejthe donde Elizabeth quedó prácticamente recluida. Ferecz era un soldado que pasaba largas temporadas en las constantes guerras que asolaban el país. Sus prácticas crueles con sus enemigos le valieron el apodo de “El héroe negro”.

La existencia de la condesa se hizo tediosa y solitaria. Sin poder salir de su castillo por orden expresa de su marido, Elizabeth empezó a intentar escaparse por diversión, hecho que consiguió en varias ocasiones en las que vivió alguna que otra aventura, entre ellas, una fugaz con un excéntrico joven conocido como “el vampiro” por su extraño aspecto y vestimentas2.

Tras los muros de su castillo, la condesa se rodeó de extraños sirvientes con los que practicó experimentos brujeriles y relacionados con la alquimia. Entre ellos, una bruja llamada Dorkó y su antigua nodriza, Jó Ilona, quien empezó a aconsejar a su señora el uso de la sangre para evitar los efectos del paso del tiempo. En aquel tiempo, Elizabeth ya empezó a martirizar a sus sirvientas con los más retorcidos métodos como cubrirlas de miel y dejarlas en medio de un jardín para deleite de los insectos o dejarlas en el frío invierno fuera mientras las congelaba con gélidos cubos de agua hasta convertirlas en auténticas estatuas de hielo. En sus castillos transilvanos de Csejthe y Varannó, la Báthory tuvo todo el tiempo y la soledad del mundo para desarrollar sus aficiones hasta un grado de sofisticación sádica escalofriante3.

Pasaron más de 10 años de matrimonio hasta que la condesa se convirtió en madre por primera vez de una niña llamada Anna. Tras ella vendrían Úrsula, Catalina y Pablo. A pesar de que la maternidad la alejó de sus extrañas actividades, una obsesión rondaba su cabeza desde hacía tiempo. El inefable paso del tiempo, el envejecimiento de su cuerpo, empezaban a preocupar a Elizabeth de un modo que terminaría convirtiéndose en enfermizo.

El baño de sangre
La muerte de su esposo el 4 de enero de 1604 radicalizó las actuaciones crueles de la condesa. Viuda, se dio al vicio de enamorarse de sí misma4.

La locura y sadismo de Elizabeth se desencadenó cuando una de sus desdichadas sirvientas le dio un desafortunado tirón de pelos mientras la peinaba. La bofetada que le propinó su señora le provocó una herida. La sangre le salpicó a Elizabeth en la mano quien fue pronto presa de la excitación al creer que la zona de la piel manchada se hizo más tersa y blanca. A la mente de Elizabeth volvieron las tétricas palabras de su nodriza y no dudó en desangrar a la torpe sirvienta y prepararse una bañera con su sangre en la que se sumergió. Ese sería el primero de una larga lista de asesinatos para abastecerse de la sangre suficiente que le daría la eterna juventud. En su paranoica locura no se conformó pues, para no frotarse con toallas que disminuyeran el efecto de la sangre, obligaba a otras sirvientas a lamerle el cuerpo. A estas más les valía no mostrar rechazo ni repugnancia pues el castigo sería peor. Torturarlas hasta la muerte fue una práctica que no dudó en llegar a cabo la condesa.

En aquella espiral de muerte y depravación, Elizabeth Báthory se hizo con una serie de artilugios como un terrible sarcófago conocido como la Dama de Hierro en el que introducía a sus víctimas que sufrían el pinchazo de los múltiples clavos que recubrían su interior.

Durante más de 10 años, los campesinos del lugar veían el carruaje de la condesa deambular por sus tierras en busca de pobres muchachas engañadas con la promesa de una vida mejor a la dura existencia del campo. Y las que se negaban, eran drogadas y obligadas a la fuerza a acompañar a Elizabeth a un castillo del que a buen seguro nunca más saldrían con vida. La gran cantidad de cadáveres fueron primero enterrados con cuidado en las inmediaciones de la fortaleza pero al final, la Báthory y sus cómplices no tuvieron reparo en dejarlos en los campos sin ningún problema. A pesar de que la población cercana empezó a sospechar de la desaparición constante de muchas de sus hijas, la alta cuna de la que provenía la condesa hizo que ésta pudiera continuar con sus prácticas asesinas de manera impune.

Un error de cálculo
Pero las jóvenes muchachas se fueron terminando y la sed de sangre de Elizabeth la llevó a cometer un grave error. No dudó, desesperada por conseguir líquido para sus baños y víctimas para sus sangrientas prácticas, recurrir a chicas de la aristocracia. El rey Matías no pudo ya hacer oídos sordos a las historias dramáticas que llegaban de su pariente.

Hombres del rey, dirigidos por el palatino Thurzó, decidieron investigar el caso. Cuando atravesaron los muros de Csejthe se encontraron un horrendo espectáculo de cadáveres torturados, sangre derramada y a la propia condesa disfrutando de uno de sus depravados baños.

La sentencia hecha pública el 17 de abril de 1611 condenaba a Elizabeth Báthory a ser recluida de por vida. No corrieron la misma suerte sus cómplices quienes fueron, todos ellos, ejecutados. La condesa pasó los siguientes 4 años enterrada en vida. Fue emparedada en su propio castillo, sin poder ver la luz del día, aislada completamente, con una sola rendija por la que recibía algo de comida. Moría el 21 de agosto de 1614.

Terminaba así la historia de terror de la Condesa Sangrienta a quien sus más de 650 asesinatos y torturas no le sirvieron más que para sembrar el horror. La supuesta belleza que su nodriza le había prometido de poco o nada le sirvió en su tumba.

 

 

La ultima historia.

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La vida, geométricamente, tiene forma de tubo. Hay un boquete de entrada y otro de salida. Nacer resulta cada vez más sencillo. Pero morir es complicado. La cultura occidental lo ha ido haciendo cada vez más difícil. El humano se rebela emocionalmente ante su condición finita y, con los siglos, ha ido haciendo la salida del canuto existencial cada vez más dolorosa.

 

La actitud ante la muerte tiene su propia historia. Empezó el día en que los humanos fueron conscientes de su extinción. Pero retrocedamos solo hasta la Edad Media. El historiador Philippe Ariès empieza ahí su investigación y en su recorrido hasta el siglo XX descubrió cómo ha ido cambiando la actitud de los europeos ante la muerte hasta convertirla en algo absolutamente terrorífico.

La familia y los amigos se ocupaban de los funerales de sus personas queridas hasta principios del XIX. El crecimiento de las ciudades modificó las costumbres. A partir de entonces los carpinteros, los propietarios de carros y caballos, y los sepultureros empezaron a realizar estas tareas. “La manipulación de los muertos se convirtió en una profesión”.

En algunos lugares, como EEUU, nació la figura del funeral director. En el pasado eran los ‘enterradores’, pero desde 1885 ese nombre resultaba poco glamouroso y elevaron su prestancia. El precio podría ascender del mismo modo que aumentaba la categoría. No es lo mismo contratar a un sórdido enterrador que a un director de funerales vestido en traje bien planchado. Además, esta figura cumplía una nueva función. “Es un doctor del dolor, un experto en devolver las mentes atormentadas a la normalidad en el menor tiempo posible. El luto (…) se ha convertido en un estado mórbido que hay que curar, abreviar y borrar”.

Aunque no tan rápido. La memoria del muerto puede exprimirse monetariamente un poco más. “Se quiere transformar la muerte, maquillarla, sublimarla, pero no pretenden que desaparezca. Evidentemente, ello supondría también el final de las ganancias (…). La visita al cementerio y una cierta veneración hacia la tumba persistirán”, indica el historiador. “Por eso (…) a los funeral directors les repugna la incineración, que hace desaparecer los restos demasiado rápida y radicalmente”.

Los funerales se convierten en un producto de mercado más durante la segunda mitad del siglo pasado. Primero en EEUU y poco después en Europa. Pasan a ser “objeto de una publicidad vistosa, como cualquier otro artículo de consumo, un jabón o una religión”. El autor cuenta en el libro: “Yo he visto, por ejemplo, en los autobuses de Nueva York, en 1965: The dignity and integrity of a Gawler. Funeral costs no more… Easy acces, private parking for over 100 cars. Los ‘funeral homes’ se anuncian en calles y carreteras mediante una publicidad vistosa y personalizada –con el retrato del director–.

Dios, efectivamente, como avanzó Nietzsche, murió para muchos europeos y estadounidenses. El ateísmo avanza rápido a finales del XX y los mercados bursátiles ocupan el Olimpo. En estos últimos años que Ariès ya no pudo contar, porque falleció en 1984, la muerte se ha mercantilizado más aún. Han surgido decenas de empresas que construyen ataúdes customizados con todo tipo de alusiones pop y compañías que, abanderando la causa ecológica, venden urnas biodegradables para el último viaje de las cenizas.

El catálogo de urnas es amplio. Adoptan formas y diseños que aluden a una pretendida, y a menudo megacursi, solemnidad. Una compañía mexicana anuncia conchas de mar biodegradables elaboradas con papel reciclable y “decoradas manualmente por un artista experto, dándole un toque único y distintivo”. Ofrecen también una urna llamada Sal de Vida, “elaborada de manera individual por artesanos capacitados”, con bloques de sal del Himalaya.

Estas son algunas de las múltiples ofertas para los que se conforman con recordar a sus ausentes tan solo en la memoria. Pero el dios mercado no desatiende a nadie. También creó productos para los que se resisten a la desaparición física total. La misma empresa vende un “corazón hecho de plata y diseñado especialmente para almacenar una pequeña porción de cenizas de su ser querido. El Corazón Eterno viene con una cadena de 18’’ también de plata Sterling”.

Esta retórica, sin embargo, no encaja con todos los clientes de la muerte. Muchos occidentales prefieren el humor, el espectáculo, la diversión y las pasiones mundanas. Los funerales se apegan al día a día. La idea de espiritualidad molesta. Muchos ateos, agnósticos y talibanes de la ciencia se sienten incómodos entre pensamientos de trascendencia y, por eso, reservan para su despedida un acto que, en cierto modo, da esquinazo a la idea de muerte y centra la atención en una pasión vital. Hay funerales en los que suena el himno de un equipo de fútbol y, sobre el féretro, reposa la bandera del equipo.

El negocio de la creatividad también ha entrado en los funerales y ataúdes. Desde hace décadas se celebran ceremonias con un cierto aire festivo. Así fue la de Willie The Wimp. El matón y traficante de drogas fue asesinado en 1984 y, para su homenaje final, el padre encargó un ataúd que imitaba a un Cadilla Seville, equipado con faros intermitentes, luces traseras, parabrisas y una matrícula con su apodo familiar.

Esa intención de ‘funeral alegre’ ha ido creciendo en los últimos años. La filosofía de Epicuro podría estar en esta especie de himno para ‘que no acabe la fiesta’. No acabe, incluso, la vida. El avance de la tecnología ha vuelto a encender el deseo de muchos alquimistas de eternizar la existencia. La medicina regenerativa intenta frenar el envejecimiento. Expertos en esta ciencia, como Aubrey de Grey, trabajan para que en dos o tres décadas los humanos puedan alcanzar una edad de 150 años.

Dmitry Itskov va más allá con su Iniciativa 2045. El multimillonario ruso pretende averiguar la forma en la que una vida humana puede traspasar a un ciborg. De este modo, cuando un cuerpo físico sucumba, la personalidad, los recuerdos y los sentimientos de una persona podrán encarnarse en un humanoide.

Esa es la resistencia a la muerte del yo. Pero también se sigue negando el fallecimiento de los demás. La serie británica Black Mirror trata en uno de sus capítulos este deseo de inmortalidad del otro. La vida se extiende después de la muerte en forma de mensajes electrónicos. Un programa informático rastrea las redes sociales y los mails de un fallecido y, con esa información, crea un perfil que va generando nuevos mensajes similares a los que hubiese escrito esa persona.

 

La historia de la humanidad es también la historia de cómo tapar el final de ese tubo que es la existencia. El humano actual difícilmente acepta su condición humana. Odia la finitud. Al quedar sin dioses, él mismo quiere ser dios. Al quedar sin planes para mañana, evita que acabe la fiesta. Pero un tubo es un tubo. Por muchas vueltas que se le dé.

No son los años. Es lo vivido.

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Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador…

Un buscador es alguien que busca; no necesariamente alguien que encuentra. Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Había aprendido a hacer caso riguroso de estas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo. Así que lo dejó todo y partió.

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, le llamó mucho la atención una colina a la derecha del sendero. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadores. La rodeaba por completo una especie de pequeña valla de madera lustrada. Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en aquél lugar. El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de aquel paraíso multicolor. Sus ojos eran los de un buscador, y quizá por eso descubrió aquella inscripción sobre una de las piedras:

Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que aquella piedra no era simplemente una piedra: era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en aquel lugar. Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla. Decía:

Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas

El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Aquel hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra era una tumba.Una por una, empezó a leer las lápidas. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años… Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó. Lo miró llorar durante un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

– “No, por ningún familiar”, dijo el buscador. “¿Qué pasa en este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que les ha obligado a construir un cementerio de niños?”

El anciano sonrió y dijo:

– “Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré…: cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí, para que se la cuelgue al cuello. Es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:

A la izquierda, qué fue lo disfrutado… A la derecha, cuánto tiempo duró el gozo…

Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media…?Y después, la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso…¿Cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana?¿Y el embarazo y el nacimiento del primer hijo…?¿Y la boda de los amigos?¿Y el viaje más deseado?¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano?¿ Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones?¿Horas? ¿Días?

Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos… Cada momento.

Cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es para nosotros el único y verdadero tiempo vivido”.

Cuando morimos. ( y 6 )

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La dimensión de los dioses tal vez parezca un lugar maravilloso para reencarnar, pues nacer en esta dimensión significa una vida larga larga en la que tus necesidades y deseos son satisfechos. Pero importante es saber que la raíz kármica de la dimensión de los dioes es el residuo que uno deja cuando se vive distraído de lo que realmente es importante a causa del apego al placer, el cual aunque atractivo carece esencialmente de significado. Siendo un dios, uno vive demasido distraído por los placeres y abandona la búsqueda de la iluminación, por lo tanto es condenado como el resto de nosotros a un ciclo infinito de nacimiento, muerte y reencarnación. El mejor consejo… aprende a meditar.

La reencarnación en la dimensión humana (que según las enseñanzas Tibetanas tiene raíz en el residuo kármico de los celos) es una cuestión de experiencia personal. Sugerencia… Supera tus celos.

En los últimos 5 días del proceso de la muerte, al ir alcanzando las etapas finales de tal sueño, uno se encuentra con las entidades coléricas e iracundas, las cuales personifican los aspectos negativos (kármicos) de nuestro carácter, y la posibilidad de alcanzar la liberación continua disminuyendo. La consciencia se aleja más de su propia esencia mientras que el cuerpo sutil que uno mismo construye se fortalece. Los pensamientos, casi inevitables, se tornan hacia los placeres de la existencia física. Aunque tus obsesiones personales se determinan kármicamente, existe una motivación subyacente común a toda la humanidad – los impulsos libidinosos de la fuerza de la vida. Las memorias de vida en un cuerpo físico generan el deseo que te atrae de vuelta al mundo de la materia. Las fantasías del placer sexual aseguran que la consciencia se paseé a proximidad de las parejas en acción procreadora. Cuando el espíritu se pasea muy cerca a un acto de concepción, es atraído al vientre y comienza su siguiente vida.

Así uno termina enfrentando la vida que conocemos hasta morir de nuevo, repitiendo el proceso.

Si todavía sigues leyendo… ¿No te da alegría haber aprendido a practicar la meditación? ¿Y si no has aprendido aún, qué estás esperando? Después de recibir toda esta información, no creo que quieras morir sin estar preparado ¿o sí? O quizás alguién querido está cerca de su muerte y conocer estos detalles le de la paz interna que la incerditumbre de no saber que sucederá cuando muera le ha robado, y el mejor regalo sería tranquilizar su miedo dándole herramientas para atravezar el proceso con éxito ¿no crees?

Que todos los seres sean felices.

Bibliografia:

The Tibetan Book of the Death by Padma Sambhava (EL libro Tibetano de los Muertos)

Occutl Tibet by J.H. Brennan (Tibeto Oculto)

Cuando morimos . ( 5 )

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Es importante entender que el Karma no es un proceso que opera en la naturaleza. Es un proceso que opera en la mente humana. No es un sistema de “castigo” y “premio”. No es un “sistema de juicio”. Karma es una reacción. Tu reacción a cualquier experiencia, interna o externa, motivada por el apego o el rechazo, la cual deja un rastro en tu mente. Ese rastro mental condiciona tus reacciones subsecuentes, las cuales a su vez crean más rastros mentales, los cuales determinan futuras reacciones, y así el ciclo continúa. Ya que tus reacciones gobiernan tus acciones, el proceso del Karma si no se observa a consciencia, determinará el curso de tu vida. Causa y efecto. Es nuestra reacción a las circunstancias y no las circunstancias mismas lo que produce un rastro kármico. Cualquiera que sea tu reacción, crea un residuo kármico correspondiente. Tal residuo no es bueno ni malo en sí mismo. Es simplemente una tendencia reforzada a raccionar con la misma reacción, provocando que sea más común que te encuentres en situaciones en las que tu reacción pueda ser expresada. Desde la observación de psicología occidental se considera como una búsqueda inconsciente de situaciones empáticas, es decir la misma situación repetida. A medida que el individuo disfrute la sensacion de control y poder sobre los demás durante el proceso de obtener sus deseos, comenzará a cultivar tal reacción específica; desafortunadamente el residuo kármico que dejan las reacciones negativas, tales como el enojo, nos acerca cara a cara a situaciones en las cuales esa misma respuesta se convierte en algo necesario. Como resultado perdemos amigos y sufrimos el vacío de nuestro aislamiento emocional.

Las enseñanzas Tibetanas nos dicen que en el proceso de la reencarnación la acción del Karma es algo evidente. Para aquellos que no ven la “luz clara” y se atoran en el mundo de sueño bardo (entre-vidas), la reencarnación es inevitable y las circunstancias de su siguiente vida son determinadas por los residuos kármicos que nosotros mismos creamos.

También enseñan que hay seis posibles  “dimensiones” en las cuales uno puede renacer, cada una resultado del residuo kármico predominante: La dimensión de el Infierno, la dimensión de el fantasma hambriento, la dimensión animal, la dimensión humana, la dimensión del demi-dios y la dimensión de los dioses.

En la dimensión del infierno existen nueve infiernos calientes y nueve infiernos fríos en los cuales eres torturado a muerte , resucitado, y después torturado a muerte otra vez, infinitamente. La raíz emocional de la dimensión del infierno es el enojo, lo cual provoca la pérdida de el auto-control y eventualmente inclusive la consciencia de uno mismo. Mi sugerencia…no te quedes atrapado en tu enojo.

En la dimensión del fantasma hambriento la raíz emocional es la avaricia, definida como un nivel de deseo que no se satisface nunca. La avaricia se caracteriza por el hábito de buscar satisfacer nuestras necesidades con cosas externas, algo que sólo puede ser logrado en el interior del ser. Si tus residuos kármicos son rastro de la falta de tu generosidad, puedes terminar siendo un fantasma hambriento vagabundeando un mundo cruel sin esperanza alguna de satisfacción, con un estómago enorme y una boca y garganta muy pequeñas para que nunca puedas comer lo suficiente, viviendo en un desierto sin agua. Un consejo…practica el agradecimiento. Tu generosidad se desarrollará.

La dimensión animal es dominada por la ignorancia.  La reencarnación es en el cuerpo de una bestia, salvaje o doméstica, viviendo una vida de instinto, depravación y miedo. La semilla de esta dimension es el no ver más allá de las apariencias inmediates para entender la realidad de la naturaleza propia y del mundo alrededor. Recomendación…se de mente abierta.

El orgullo es la característica de la dimensión de los demi-dioses. Los asura viven una vida de abundancia y comodidad, pero viven frecuentemente en la guerra. Casi siempre están peleando, pierden ante los dioses, lo cual genera un orgullo lastimado que conduce a más guerra, más pérdida, más orgullo lastimado, más guerra, más pérdida, y el ciclo continúa sin fin. Antídoto… practica la PAZ.

CONTINUARA .

Cuando morimos . ( 4 )

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Al llegar hasta este punto del proceso de la muerte, la esencia del ser ha construído un cuerpo nuevo, pero uno tenuo, inmaterial, parecido a un espíritu o a un sueño. Los sentidos regresan y se puede escuchar y ver a los que se reunen alrededor del muerto, pero la comunicación no es posible. Ya muerto, uno ha olvidado las sensaciones de la propia disolución como si uno hubiera atravesado un período sin consciencia antes de emerger del cuerpo como un fantasma. En este momento es cuando si uno siente un fuerte apego a las circunstancias de la vida reciente es posible  terminar apegandose a la Tierra, y vagar tratando en vano de influenciar los eventos en el mundo fisico. Uno puede convertirse en fantasma para los que han quedado atrás; algunos se dedican a asustar a los vivos, pero la mayoría sólo se manifiestan en los sueños de sus parientes o de sus seres queridos.

Hasta este punto uno sigue tieniendo la oportunidad de escoger ir hacia la luz.

Según la doctrina Tibetana, la cual cree en la rueda (ciclo) de la reencanación, este proceso es la experiencia de un sueño en donde ambos, paraíso e infierno en la vida después de la vida, son creados por uno mismo, al igual que las entitades divinas y las entidades iracundas que se encuentran durante esta parte del proceso. Los textos Tibetanos registran un período de 7 días durante los cuales los sueños del muerto manifiestan entidades divinas benéficas y tranquilas, y un período de 5 días en los cuales las entidades son coléricas e iracundas. Los Tibetanos sabían que estas visiones no tienen una realidad objetiva, sino representan las proyecciones inconscientes de nuetras esperanzas y miedos. Y repito, son entidades creadas por uno mismo.

El libro Tibetano de los Muertos es esencialmente un guía para la liberación durante el proceso de la muerte en el que la consciencia existe entre-vidas (bardos), y reitera una y otra vez que los bardos son ilusiones proyectadas desde la profunidad de la mente. Durante su manifestación uno aún puede aceptar este entendimiento y escapar el sueño para poder regresar a la “luz clara”. Se cree que el estado de iluminación se alcanza más fácilmente en este punto que durante la existencia humana.

Pero hay que tener en cuenta que mientras la experiencia del bardo (entre-vidas) continúa, la liberación se convierte en algo progresivamente más difícil ya que las visiones de los 5 días finales son motivados por patrones negativos y la cadena de vidas anteriores. La tendencia es huir debido al terror y miedo, igual que muchos de nosotros hacemos cuando enfrentamos nuestras imperfecciones durante la vida; y más que otra cosa es el escapar lo que asegura una reencarnación gobernada por el proceso conocido como Karma.

CONTINUARA :