La ultima historia.

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La vida, geométricamente, tiene forma de tubo. Hay un boquete de entrada y otro de salida. Nacer resulta cada vez más sencillo. Pero morir es complicado. La cultura occidental lo ha ido haciendo cada vez más difícil. El humano se rebela emocionalmente ante su condición finita y, con los siglos, ha ido haciendo la salida del canuto existencial cada vez más dolorosa.

 

La actitud ante la muerte tiene su propia historia. Empezó el día en que los humanos fueron conscientes de su extinción. Pero retrocedamos solo hasta la Edad Media. El historiador Philippe Ariès empieza ahí su investigación y en su recorrido hasta el siglo XX descubrió cómo ha ido cambiando la actitud de los europeos ante la muerte hasta convertirla en algo absolutamente terrorífico.

La familia y los amigos se ocupaban de los funerales de sus personas queridas hasta principios del XIX. El crecimiento de las ciudades modificó las costumbres. A partir de entonces los carpinteros, los propietarios de carros y caballos, y los sepultureros empezaron a realizar estas tareas. “La manipulación de los muertos se convirtió en una profesión”.

En algunos lugares, como EEUU, nació la figura del funeral director. En el pasado eran los ‘enterradores’, pero desde 1885 ese nombre resultaba poco glamouroso y elevaron su prestancia. El precio podría ascender del mismo modo que aumentaba la categoría. No es lo mismo contratar a un sórdido enterrador que a un director de funerales vestido en traje bien planchado. Además, esta figura cumplía una nueva función. “Es un doctor del dolor, un experto en devolver las mentes atormentadas a la normalidad en el menor tiempo posible. El luto (…) se ha convertido en un estado mórbido que hay que curar, abreviar y borrar”.

Aunque no tan rápido. La memoria del muerto puede exprimirse monetariamente un poco más. “Se quiere transformar la muerte, maquillarla, sublimarla, pero no pretenden que desaparezca. Evidentemente, ello supondría también el final de las ganancias (…). La visita al cementerio y una cierta veneración hacia la tumba persistirán”, indica el historiador. “Por eso (…) a los funeral directors les repugna la incineración, que hace desaparecer los restos demasiado rápida y radicalmente”.

Los funerales se convierten en un producto de mercado más durante la segunda mitad del siglo pasado. Primero en EEUU y poco después en Europa. Pasan a ser “objeto de una publicidad vistosa, como cualquier otro artículo de consumo, un jabón o una religión”. El autor cuenta en el libro: “Yo he visto, por ejemplo, en los autobuses de Nueva York, en 1965: The dignity and integrity of a Gawler. Funeral costs no more… Easy acces, private parking for over 100 cars. Los ‘funeral homes’ se anuncian en calles y carreteras mediante una publicidad vistosa y personalizada –con el retrato del director–.

Dios, efectivamente, como avanzó Nietzsche, murió para muchos europeos y estadounidenses. El ateísmo avanza rápido a finales del XX y los mercados bursátiles ocupan el Olimpo. En estos últimos años que Ariès ya no pudo contar, porque falleció en 1984, la muerte se ha mercantilizado más aún. Han surgido decenas de empresas que construyen ataúdes customizados con todo tipo de alusiones pop y compañías que, abanderando la causa ecológica, venden urnas biodegradables para el último viaje de las cenizas.

El catálogo de urnas es amplio. Adoptan formas y diseños que aluden a una pretendida, y a menudo megacursi, solemnidad. Una compañía mexicana anuncia conchas de mar biodegradables elaboradas con papel reciclable y “decoradas manualmente por un artista experto, dándole un toque único y distintivo”. Ofrecen también una urna llamada Sal de Vida, “elaborada de manera individual por artesanos capacitados”, con bloques de sal del Himalaya.

Estas son algunas de las múltiples ofertas para los que se conforman con recordar a sus ausentes tan solo en la memoria. Pero el dios mercado no desatiende a nadie. También creó productos para los que se resisten a la desaparición física total. La misma empresa vende un “corazón hecho de plata y diseñado especialmente para almacenar una pequeña porción de cenizas de su ser querido. El Corazón Eterno viene con una cadena de 18’’ también de plata Sterling”.

Esta retórica, sin embargo, no encaja con todos los clientes de la muerte. Muchos occidentales prefieren el humor, el espectáculo, la diversión y las pasiones mundanas. Los funerales se apegan al día a día. La idea de espiritualidad molesta. Muchos ateos, agnósticos y talibanes de la ciencia se sienten incómodos entre pensamientos de trascendencia y, por eso, reservan para su despedida un acto que, en cierto modo, da esquinazo a la idea de muerte y centra la atención en una pasión vital. Hay funerales en los que suena el himno de un equipo de fútbol y, sobre el féretro, reposa la bandera del equipo.

El negocio de la creatividad también ha entrado en los funerales y ataúdes. Desde hace décadas se celebran ceremonias con un cierto aire festivo. Así fue la de Willie The Wimp. El matón y traficante de drogas fue asesinado en 1984 y, para su homenaje final, el padre encargó un ataúd que imitaba a un Cadilla Seville, equipado con faros intermitentes, luces traseras, parabrisas y una matrícula con su apodo familiar.

Esa intención de ‘funeral alegre’ ha ido creciendo en los últimos años. La filosofía de Epicuro podría estar en esta especie de himno para ‘que no acabe la fiesta’. No acabe, incluso, la vida. El avance de la tecnología ha vuelto a encender el deseo de muchos alquimistas de eternizar la existencia. La medicina regenerativa intenta frenar el envejecimiento. Expertos en esta ciencia, como Aubrey de Grey, trabajan para que en dos o tres décadas los humanos puedan alcanzar una edad de 150 años.

Dmitry Itskov va más allá con su Iniciativa 2045. El multimillonario ruso pretende averiguar la forma en la que una vida humana puede traspasar a un ciborg. De este modo, cuando un cuerpo físico sucumba, la personalidad, los recuerdos y los sentimientos de una persona podrán encarnarse en un humanoide.

Esa es la resistencia a la muerte del yo. Pero también se sigue negando el fallecimiento de los demás. La serie británica Black Mirror trata en uno de sus capítulos este deseo de inmortalidad del otro. La vida se extiende después de la muerte en forma de mensajes electrónicos. Un programa informático rastrea las redes sociales y los mails de un fallecido y, con esa información, crea un perfil que va generando nuevos mensajes similares a los que hubiese escrito esa persona.

 

La historia de la humanidad es también la historia de cómo tapar el final de ese tubo que es la existencia. El humano actual difícilmente acepta su condición humana. Odia la finitud. Al quedar sin dioses, él mismo quiere ser dios. Al quedar sin planes para mañana, evita que acabe la fiesta. Pero un tubo es un tubo. Por muchas vueltas que se le dé.

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