EL ENIGMA DEL PORTADOR DE LA LUZ ( y 2 )

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¡¿Qué terrible sufrimiento, empero, no habría de traer la aplicación de semejante principio en la Tierra?! La desgracia que dicha aplicación habría de causar sería tremenda, ya que en la Tierra no es como en las regiones de las tinieblas, donde solo convive lo que guarda afinidad entre sí, sino que lo oscuro y lo claro viven uno al lado del otro y el uno con el otro. Uno sólo necesita pensar en la vida sexual y cosas por el estilo. Si se le diera rienda suelta a la práctica de este principio entre los hombres, al final tendríamos inevitablemente una Sodoma y Gomorra de la que no habría quién saliera y cuyo final sólo podría ser un horror sin igual.

Pero, aparte de eso, ya hoy uno puede ver numerosas víctimas de enseñanzas similares, víctimas estas que deambulan sin un sostén y cuya pobre conciencia de sí mismas y, a decir verdad, todo su pensar propio han sido completamente desmenuzados y aniquilados allí donde, llenas de confianza, esperaban recibir ayuda. Y acaban como las personas a las que de manera sistemática se les rasga las vestiduras del cuerpo para así obligarlas a ponerse las nuevas ropas que se les ofrece. Tras haber sido desnudadas de semejante forma, la mayoría de tales personas, desgraciadamente, ya no pueden entender por qué deben ponerse nuevas ropas. Debido a la sistemática intromisión en sus cuestiones y derechos más personales, pierden, al cabo del tiempo, su pudor, el cual es un factor sustentador de la conciencia de sí mismo y sin el cual no puede haber nada personal; dicho pudor forma incluso parte de lo personal.

En un suelo tan removido no hay manera de levantar una edificación nueva y firme. Semejantes personas, con algunas contadas excepciones, no vuelven a recuperar su independencia, y ello puede a ratos llegar a hacerles sentirse desvalidas, dado que se les ha privado del poco sostén con que contaban.

Estos dos principios, el de apurar los goces de la vida y el de la tentación, están tan estrechamente ligados que el apurar los goces de la vida tiene obligadamente que venir precedido de la tentación. O sea que es, como quien dice, el acatamiento y la propagación del principio de Lucifer.

El verdadero médico del alma no necesita echar nada abajo. Ese sana primero y después edifica sobre lo existente. El verdadero principio consiste en el cambio de un anhelo falso a través de la comprensión.

Como es lógico, empero, la aplicación de este principio sin amor trajo, por ley natural, la inevitable consecuencia de que Lucifer se fuera separando cada vez más de la voluntad amorosa del Creador todopoderoso, lo cual ocasionó su aislamiento o expulsión de la Luz y, con ello, su caída a regiones cada vez más profundas. Lucifer es alguien que se ha separado de la Luz a través de sus propias acciones, lo cual equivale a ser un expulsado.

La caída hubo igualmente de tener lugar según las leyes primordiales existentes, según la inalterable voluntad sagrada de Dios Padre, ya que no es posible que ocurra de otra manera.

Ahora bien, dado que únicamente la voluntad de Dios Padre, el Creador de todas las cosas, es omnipotente y está también arraigada en la Creación material y en el desarrollo de Ésta, a Lucifer le es posible enviar su principio a la materia, pero las implicaciones de dicho principio solo pueden moverse dentro del marco de las leyes primordiales establecidas por Dios Padre y están obligadas a configurarse en el sentido de éstas.

Así que, si bien es cierto que Lucifer, mediante la persecución de su principio erróneo, puede dar un impulso hacia caminos peligrosos para la humanidad, a él no le es posible, empero, obligar o forzar a los hombres a hacer alguna cosa mientras éstos no se hayan animado a ello voluntariamente.

En realidad, Lucifer sólo puede tentar. Ahora, el hombre como tal ocupa en la Creación material una posición más firme y, por consiguiente, mucho más segura y más vigorosa que lo que la influencia de Lucifer pueda afectarlo jamás. Con ello, todo ser humano está tan protegido que para él es décuplamente vergonzoso el dejarse tentar por esta fuerza que es más débil que él. El hombre debe tener presente que Lucifer se encuentra fuera de la materia, mientras que él se encuentra en un suelo, en un terreno que le es completamente familiar y en el que tiene los pies bien fijados. Para poner en práctica su principio, Lucifer está obligado a servirse de sus tropas auxiliares, las cuales se componen de espíritus humanos que han caído en las tentaciones.

Ahora, todo espíritu humano que aspira a las cumbres no sólo está a la altura de semejantes espíritus, sino que les es muy superior en cuanto a fuerza. Un simple acto volitivo serio basta para hacer desaparecer sin dejar huella a un ejército entero de espíritus de esa calaña; siempre y cuando las tentaciones de éstos no tengan eco o repercusión y les ofrezcan así a ellos un asidero al que aferrarse.

Si la humanidad se esforzara por comprender y acatar las leyes primordiales puestas por el Creador, el poder de Lucifer quedaría completamente anulado. Pero con su manera de ser actual, los hombres, desgraciadamente, afianzan cada vez más su principio, y por consiguiente, la gran mayoría de ellos habrá de perderse.

Para ningún espíritu humano es posible entablar un combate con Lucifer en persona, por la simple razón de que no le es posible llegar hasta él, debido a la diferencia de especies. El espíritu humano sólo puede entrar en contacto con aquellos que han sucumbido a este falso principio, quienes, en esencia, pertenecen a su misma especie.

El origen de Lucifer implica que a él pueda acercársele y enfrentársele personalmente sólo aquel que tenga el mismo origen que él; puesto que únicamente alguien así puede llegar hasta él. Tiene que tratarse de un Enviado de Dios proveniente de lo Divino-Insustancial y lleno de la esencia de esta región, un Enviado de Dios armado de la sagrada seriedad de Su misión y lleno de confianza en el origen de toda fuerza, en Dios Padre mismo.

Esta tarea le ha sido asignada al anunciado Hijo del Hombre.

El combate es personal, cara a cara, y no meramente simbólico, como muchos investigadores deducen de las promesas. Se trata del cumplimiento de la promesa en Parsifal. Lucifer ha usado incorrectamente el poder, la «lanza sagrada», y sirviéndose de su principio, le ha abierto así una dolorosa herida a lo espiritual-sustancial en la figura de la humanidad, que es la chispa y la estribación de lo espiritual-sustancial. Esta lanza le será arrebatada en el combate. Y una vez que esté en las «manos correctas», o sea, una vez que se ponga en marcha la ejecución del verdadero principio del Grial, el principio del amor puro y severo, la lanza sanará la herida causada por ella anteriormente al hallarse en las manos equivocadas, o sea, al ser usada incorrectamente.

Por medio del principio de Lucifer, es decir, por medio del uso incorrecto del poder divino –lo que es lo mismo que decir «al estar la “lanza sagrada” en las manos equivocadas»–, a lo espiritual-sustancial se le ha hecho una herida que no se puede cerrar. Esta idea ha sido reflejada figurativamente en la leyenda con gran acierto; ya que lo que ocurre se asemeja de verdad a una herida abierta que no se cierra.

Pensemos no más en el hecho de que los espíritus humanos, en calidad de inconscientes simientes espirituales o chispas que se encuentran en el borde inferior de lo espiritual-sustancial, se escurren cual fluido en dirección a la materia o, saltando cual chispas, salvan la distancia que los separa de ella, en la expectativa de que esta parte vertida de esa forma, después de haber concluido su periplo por la materia y tras haberse desarrollado y haber despertado a la conciencia personal, regrese, en lo que sería la conclusión del ciclo, a lo espiritual-sustancial. Algo parecido a lo que sucede con la circulación de la sangre en el cuerpo físico-material. El principio de Lucifer, sin embargo, desvía una gran parte de esta corriente cíclica espiritual, con lo cual se pierde una buena parte de lo espiritual-sustancial. De ese modo, este necesario ciclo no puede cerrarse y ello redunda en algo comparable al continuo sangramiento debilitante por una herida abierta.

Ahora bien, si la «lanza sagrada» o, lo que es lo mismo, el poder divino, cae en las manos correctas, que actúan de conformidad con la voluntad del Creador y le muestran a esa corriente espiritual-sustancial, que en capacidad de factor vivificador recorre la materia, el camino correcto, camino que conduce a dicha corriente a las alturas, a su punto de partida, al luminoso reino de Dios Padre, entonces esta corriente ya no se pierde, sino que, de ese modo, fluye de vuelta a su origen como la sangre al corazón, con lo cual esa herida sangrante y debilitante de lo espiritual-sustancial queda cerrada. Es así como la sanación solo puede realizarse con la misma lanza, la cual cierra la susodicha herida.

Pero, para eso, primero hay que quitarle la lanza a Lucifer y ponerla en las manos apropiadas, lo cual ha de cumplirse con el combate personal del Hijo del Hombre con Lucifer.

Los combates que seguirán después y que se extenderán a la materia etérea y la física no son más que efectos secundarios de este gran combate, el cual ha de traer el prometido encadenamiento de Lucifer, encadenamiento que anuncia el comienzo del Reino de los Mil Años. Dicho encadenamiento representa la erradicación del principio de Lucifer.

Este principio está dirigido contra el obrar del amor divino, cuyas bendiciones les son dispensadas a los hombres en su periplo por la materia. Basta con que la humanidad comience a aspirar a este amor divino y enseguida quedará completamente inmune a toda tentación de Lucifer, y éste quedará despojado de todo espanto que el espíritu humano ha tejido en torno a su persona.

Las formas abominables y monstruosas que la gente erróneamente se empeña en atribuirle a Lucifer no son más que un producto de la abigarrada imaginación de los cerebros humanos. En realidad, debido a la simple razón de la diferencia de especies, a ningún ojo humano le ha sido posible verlo aún, como tampoco a ningún ojo espiritual, el cual, en muchas ocasiones, es capaz de ver la materia etérea del más allá sin haber abandonado aún la vida terrenal.

Contrario a todas las opiniones existentes, Lucifer puede ser calificado de soberbio y bello, de un ser poseedor de una belleza que no es de este mundo y de una sombría majestuosidad; sus grandes ojos son limpios y azules, pero atestiguan de la gélida expresión de la falta de amor. Lucifer no es un mero concepto, como la gente normalmente trata de presentarlo tras haber buscado infructuosamente otras explicaciones para su figura, sino que se trata de una persona.

La humanidad debe aprender a entender que también para ella hay, por razón de la naturaleza de su ser, un límite que jamás podrá cruzar, tampoco en el pensamiento, claro está, y que del otro lado de ese límite solo le pueden llegar mensajes por el camino de la gracia; pero no a través de médiums, que ni sirviéndose de situaciones de índole supraterrenal podrán cambiar la naturaleza de su ser, como tampoco a través de la ciencia. Después de todo, esa misma ciencia cuenta, a través de la química, con la posibilidad de descubrir que la diferencia de especies puede generar barreras insalvables. Esas leyes, empero, provienen del Origen y no es en la Creación que uno las viene a encontrar por primera vez.

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Dondequiera que estaba ella, ahí estaba el Edén.

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Adán y Eva, según las creencias judía, cristiana y musulmana fueron los primeros seres humanos (hombre y mujer) que poblaron la Tierra. Fueron hechos por Dios (Yahweh en el judaísmo y Alá en el islamismo) en el sexto día de la creación. Según la Biblia y el Corán, Adán fue creado primero, y Dios, al verlo solo, decidió que necesitaba una compañera que fue creada partiendo de una costilla1​ del hombre. Los primeros hijos de la pareja fueron Caín, Abel, y posteriormente Set.

Según el Mito bíblico Adán y Eva fueron los primeros humanos que habitaron el planeta. Si bien su historia y caída representan cuestiones que van más allá de meros conflictos de pareja, la historia de amor de Adán y Eva resulta tan interesante como poco explorada.

Tanto el Antiguo Testamento como el Corán sostienen que Adán y Eva aparecieron en el sexto día de la creación, aunque en este sentido hay algunas discrepancias cronológicas. La única coincidencia a lo largo de todos los mitos de Adán y Eva es la sospecha de que él fue el primero en nacer. Según el Libro del Génesis su cuerpo fue creado de polvo y arcilla a través de un procedimiento de “alfarería”, y su alma fue inseminada a partir de un soplo divino.

Ahora bien, la Biblia no logra ponerse de acuerdo sobre el momento de la creación de Adán y Eva. En el primer capítulo del Génesis se nos informa que fueron creados en el sexto día, tras la aparición de las plantas y los animales (Génesis 1:11-27). Pero en el segundo se afirma contradictoriamente que Adán fue creado en primer lugar, y que tras su él aparecieron las plantas, los animales, y finalmente Eva (Génesis 2:5-25).

Poco sabemos acerca de esta historia de amor. Ya sea por deslumbramiento o por falta de opciones, la pareja se unió y juntos engendraron a Caín, Abel, Set y posteriormente a otros hijos e hijas a los que la Biblia no les adjudica ninguna importancia.

Tras el episodio de la tentación, es decir, del engaño de la serpiente y la trasgresión de comer del árbol del conocimiento, Adán y Eva fueron expulsados del Edén, es decir, fueron castigados con la pérdida del favor divino.

Este acto de desobediencia y el posterior castigo de Dios fueron -filosóficametne hablando- el nacimiento de la humanidad. ¿En qué consistió aquel castigo? Precisamente en la materialización de las cosas que nos vuelven humanos: muerte, dolor, vergüenza y trabajo.

Ahora bien, la historia de amor de Adán y Eva continuó, con algunos sobresaltos, fuera del Paraíso. La Biblia se ocupa poco y nada sobre estos hechos. Solo nos informa que tuvieron varios hijos e hijas además de Caín y Abel, y que Adán murió a la asombrosa edad de 930 años.

El único episodio posterior al exilio del Edén que es relatado en detalle es el asesinato de Abel a manos de Caín y el consecuente castigo del fratricida.

Las “escenas de la vida conyugal” de Adán y Eva exceden a los libros canónicos. Para encarnar personajes de tamaña envergadura es muy poco lo que sabemos sobre ellos. ¿De qué murió Eva? ¿Cómo fue su vida posterior al exilio? ¿Estaban realmente enamorados…?

Como era de esperar, estos interrogantes no son evacuados por los libros sagrados, al menos por los libros aceptablemente sagrados. Cuando la Biblia dice su última palabra acerca de Adán y Eva nos vemos obligados a considerar a otras fuentes, a menudo más antiguas que las “oficiales”.

Y si hablamos de fuentes, la que mejor y más profundamente habla sobre la historia de amor de Adán y Eva es un texto muy antiguo llamado el Apocalipsis de Adán, descubierto en 1946 y parte estructural del corpus de Nag Hammadi. Esta obra fue escrita por los gnósticos en la antigua lengua copta.

Allí se nos cuenta que al cumplir 700 años Adán sintió la necesidad de aclarar algunas cuestiones de su pasado a su hijo Seth. En su primera declaración sostiene la inocencia de Eva y su importancia en la construcción de la humanidad. Adán sugiere que gracias a Eva conocieron al verdadero Dios, es decir, a un Creador que nada tiene que ver con el vengativo y restrictivo Dios que conocieron en el Paraíso; en definitiva, un impostor.

Frente al desconcierto de Seth, Adán se pregunta qué clase de Dios pondría un árbol prohibido a disposición de quienes no debían comer de él. La respuesta a este interrogante se sucede con total naturalidad: un dios que busca la trasgresión.

Adán denuncia que el Dios del Génesis es un Dios falso, un impostor vil y volátil capaz de condenar desproporcionadamente a sus hijos por seguir los mismos instintos que Él les insufló con gran prolijidad. No niega que este Señor sea en definitiva el creador del mundo, pero rechaza la idea de que sea el hacedor del universo. En este sentido Adán defiende las teorías gnósticas que proponen que muy por encima de aquel Dios rabioso del Génesis existe un Dios Absoluto, cuya faz se verá representada en Cristo.

Para probar su sospecha Adán recurre a la filosofía. ¿Por qué un Dios Perfecto crearía cosas Imperfectas? La respuesta más simple nos obliga a considerar que aquel dios tal vez no sea perfecto, y que sus creaciones imperfectas se corresponden con las suyas propias.

Acto seguido Adán rompe en llanto, triste y melancólico, mientras cuenta la misteriosa muerte de Eva. Calla sobre la causa del deceso pero desliza que en su muerte están involucrados algunos sicarios angelicales.

Recién allí, cuando estuvo solo, el viejo Adán resolvió romper su pacto de silencio y profetizar aquellos pensamientos siniestros que lo atormentaban desde los primeros días del exilio.

Antes de finalizar conviene repasar una respuesta demoledora de Adán. En cierto momento Seth le pregunta por qué no cuestionó la decisión de Dios de expulsarlos del Paraíso y por qué se sometió mansamente a las sugerencias gastonómicas de Eva. Adán responde que ninguna de esas cosas era realmente importante. Lo único importante era Eva. Y que siempre que la siguiera estaría en el Edén.

El origen de una cancion infantil (Joan Petit)

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Hoy hablaremos de una curiosidad histórica que creemos bastante interesante. Todo el mundo conoce la canción infantil titulada Joan Petit cuando baila, pero pocos son los que saben que esta canción habla de un personaje histórico en concreto y su desgraciado  final.

Nos tenemos que situar en la Francia de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, el país sufría un largo conflicto religioso que enfrentaba a católicos y protestantes calvinistas, también llamados hugonotes. Un conflicto, que tuvo un eco internacional y que involucró a la corona católica por excelencia, la Española de Felipe II, y la potencia protestante del momento, la Inglaterra de Isabel I.

Debido a esta guerra civil el país se endeudó y fue el tercer Estado quien recibió la peor parte. El ejército que participaba en el conflicto estaba compuesto por mercenarios que habían der ser alojados y atendidos en aquellos lugares donde iban a luchar, estaba claro que estos soldados, en tiempos de paz, cuando quedaban desmovilizados, se dedicaban al pillaje y, en muchas ocasiones, utilizaban la violencia sobre los agricultores.

Cuando Enrique IV llega al trono de Francia ve que la hacienda está francamente empobrecida y endeudada es por eso que empieza a cargar fiscalmente al Tercer Estado en un momento de malas cosechas y de pobreza generalizada. Los nobles, que también pasan penurias, comienzan a ejercer sus derechos sobre sus campesinos, de una manera violenta y con el beneplàcid de la monarquía y de las autoridades, los campesinos propietarios de sus tierras también se ven presionados con altos impuestos y por las autoridades estatales.

El ambiente era propicio para que empezara una revuelta campesina (aunque fue bastante heterogénea) llamada la Revuelta de los Crocants. Una revuelta que pretendía pedir al rey la bajada de los impuestos y su implantación no violenta por parte de los señores. La respuesta de monarquía fue dura y con represión contra los sublevados.

Estas revueltas se sucedieron durante finales del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII.

En Joan Petit es un personaje muy conocido en la historia popular occitana. La canción debe su origen a Joan Petit, un campesino occitano que en 1643, en Villefranche-de-Rouergue, capitaneó la Revuelta de los Crocants de Roergue contra el rey de Francia Luis XIV.

Cuando fue capturado, fue condenado al suplicio de la rueda. La canción infantil conocida hoy es el resultado de la evolución de esta historia y es por esta razón que en la canción se citan las diferentes partes del cuerpo, pues la tortura de la rueda mutilaba progresivamente el condenado.

Podemos suponer que este tipo de tortura se debia hacer públicamente con la intención de aleccionar al pueblo, los niños eran situados ante todo para que vieran las consecuencias de un delito, no es extraño entonces la creación de esta canción infantil .

Quizás ahora, cuando escuchamos esta canción, lo haremos de otra manera.

Lo Sabes o tienes Fe. No hay nada mas.

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TODO SER HUMANO ES “RELIGIOSO”, también quienes dicen no serlo, los que se consideran ateos o agnósticos. En palabras del pensador español Xavier Zubiri, “el hombre no tiene religión, sino que, velis nolis, consiste en religación o religión”. Uno puede perder lo que tiene, pero lo que se es no se deja de serlo mientras se es o se existe; y el hombre es “religión”, o sea, religación respecto de lo divino, dependencia de Dios, sentido religioso. Por tanto, la religión no es un estadio de la evolución humana, sino que pertenece a la estructura misma del ser racional, de ahí que el hombre pueda definirse como “animal, racional, religioso”.

Por tanto, el sentido religioso es común a todos los seres humanos y no puede identificarse con una religión concreta, como hacen los musulmanes. Islam es una palabra árabe que significa “sometimiento a Alah”, “aceptación de Alah-Dios y de su voluntad”. Según el Corán, “religión” e “islam” son sinónimos; el hombre, en cuanto “religioso” es “islámico, musulmán” se llame así o no. Por eso, según un hadiz, “todo hombre nace musulmán. Son sus padres los que lo hacen judío o cristiano”. Quien no se llama “musulmán’ ni cree serlo, sino judío o cristiano, ha caído en la apostasía con todas sus consecuencias.

De ahí la aspiración islámica a convertir la “humanidad” en umma (“comunidad matriz”) mediante la sharia. Y de ahí la justificación del fundamentalismo islámico.

Sucede que, en nuestros días, el sentido religioso aparece desvinculado de las religiones positivas. El relativismo (la masonería, el rosacrucismo o la teosofía) da una primacía exclusivista al sentido religioso, desvinculándolo de las religiones positivas.

Por eso insisten sus defensores en la enseñanza escolar de lo común a todas las reli giones, dejando lo específico de cada una para sus miembros y para su docencia en sus templos y en los centros educativos de cada religión e iglesia.

Además, suelen propugnar la exposición de las diferentes religiones en plano de igualdad, como si todas las religiones fueran igualmente verdaderas e igualmente salvíficas.

Esta concepción la promovió la Ilustración, pues erigió la razón en valor absoluto y la actitud racionalista en la única verdaderamente humana, capaz de interpretar y estructurar el universo.

De ahí que establezca una dicotomía entre la llamada “religión de la razón o natural” y las “religiones positivas o institucionales”: aquella sería común, vigente y válida para todos los hombres; y estas, sólo para sus miembros.

Eugenio d’Ors definía al hombre como “animal hablador”. Tenía razón, si por palabras se entienden las interiores (pensamientos, ideas) y las externas. Pero no existe el habla, la lengua, ni lo común a las distintas lenguas. El ser humano piensa y habla necesariamente en un idioma concreto: español, griego o inglés. Y lo mismo puede decirse de la religión: el sentido religioso se concreta siempre en una religión determinada.

El hombre es religioso en virtud de su racionalidad. De los seres somáticos, sólo el hombre es capaz de religiosidad. Ni los minerales, ni los vegetales, ni los irracionales pueden tener creencias religiosas.

La razón básica de la religiosidad, innata en el hombre, es su esencial finitud, el sentido de su contingencia y la tendencia hacia lo Transcendente, el Misterio, lo Divino, único capaz de saciar su sed de ser o existir, de verdad, belleza, bondad, felicidad.

Buda sintió tan agudamente la “contingencia” humana (que él llama duhkha, palabra sánscrita mal traducida por “dolor, sufrimiento”) que no tuvo tiempo de conceptualizar lo divino, de ahí que el budismo sea agnóstico. Con palabras de Buda, “es como si un hombre fuera herido por una flecha envenenada y sus amigos y familiares llamaran a un cirujano, pero el herido dijera: No me sacarán la flecha hasta que sepa quién me hirió, si es de casta real o sacerdotal, ciudadano o siervo, alto o bajo”. Lo que debe hacerse es sacar la flecha cuanto antes para seguir con vida. Fue la tarea de Buda durante toda su vida, sin tiempo para pensar en Dios.

Pero hay interrogantes que sólo la religión puede contestar: ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Cuál es el sentido de la vida y de la muerte, del dolor, del ansia de verdad, de belleza? El hombre es religioso en virtud de su racionalidad, que le capacita para caer en la cuenta de su vinculación con lo divino.

Hagamos una afirmación más: el sentido religioso es una “necesidad” humana, no criterio de verdad religiosa. Aquí se plantea un problema, pues si resulta fácil saber que Dios existe, es muy difícil precisar cómo es Dios. Si un ciego de nacimiento pregunta cómo es el color rojo, nos obligará a aclarárselo a través de otro sentido: el oído, comparando el rojo, el color más fuerte y excitante, con el sonido fino, penetrante, del violín. Pero ¿qué diría un ciego de nacimiento si lograra ver?

 

Por Manuel Guerra