LA CONDESA SANGRIENTA

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LA CONDESA SANGRIENTA, ELIZABETH BÁTHORY (1560-1614)

En las oscuras tierras de Transilvania, los cuentos y leyendas de terror acerca de vampiros y hombres lobo se entrecruzan con la horrible existencia real de hombres y mujeres que pasaron a formar parte de la triste historia de los asesinos en serie. Una de ellas, una condesa de alta cuna, conocida con el sobrenombre de “la condesa sangrienta”, ostenta un terrible récord de asesinatos, más de 650, en una macabra búsqueda de la belleza. No en vano, se la considera la peor depredadora que haya tenido la historia del crimen1.

Aristocracia, educación y esoterismo
Erzsébet o Elizabeth Báthory nació en Nyírbátor, Hungría, el 7 a agosto de 1560 en el seno de una de las familias aristocráticas más importantes de Transilvania. Su tío Esteban I Báthory, príncipe de Transilvania, se convirtió en rey de Polonia a finales del siglo XVI.

Elizabeth recibió una amplia y exquisita educación aunque también estuvo en contacto desde su más tierna infancia con la alquimia y el esoterismo, prácticas ampliamente practicadas por algunos miembros de su dinastía.

Esposa del Héroe Negro, amante del Vampiro
En 1575, cuando Elizabeth era una joven de 15 años de edad, se casó con el conde Ferecz Nádasdy, de 20. La pareja se trasladó a vivir al solitario castillo de Csejthe donde Elizabeth quedó prácticamente recluida. Ferecz era un soldado que pasaba largas temporadas en las constantes guerras que asolaban el país. Sus prácticas crueles con sus enemigos le valieron el apodo de “El héroe negro”.

La existencia de la condesa se hizo tediosa y solitaria. Sin poder salir de su castillo por orden expresa de su marido, Elizabeth empezó a intentar escaparse por diversión, hecho que consiguió en varias ocasiones en las que vivió alguna que otra aventura, entre ellas, una fugaz con un excéntrico joven conocido como “el vampiro” por su extraño aspecto y vestimentas2.

Tras los muros de su castillo, la condesa se rodeó de extraños sirvientes con los que practicó experimentos brujeriles y relacionados con la alquimia. Entre ellos, una bruja llamada Dorkó y su antigua nodriza, Jó Ilona, quien empezó a aconsejar a su señora el uso de la sangre para evitar los efectos del paso del tiempo. En aquel tiempo, Elizabeth ya empezó a martirizar a sus sirvientas con los más retorcidos métodos como cubrirlas de miel y dejarlas en medio de un jardín para deleite de los insectos o dejarlas en el frío invierno fuera mientras las congelaba con gélidos cubos de agua hasta convertirlas en auténticas estatuas de hielo. En sus castillos transilvanos de Csejthe y Varannó, la Báthory tuvo todo el tiempo y la soledad del mundo para desarrollar sus aficiones hasta un grado de sofisticación sádica escalofriante3.

Pasaron más de 10 años de matrimonio hasta que la condesa se convirtió en madre por primera vez de una niña llamada Anna. Tras ella vendrían Úrsula, Catalina y Pablo. A pesar de que la maternidad la alejó de sus extrañas actividades, una obsesión rondaba su cabeza desde hacía tiempo. El inefable paso del tiempo, el envejecimiento de su cuerpo, empezaban a preocupar a Elizabeth de un modo que terminaría convirtiéndose en enfermizo.

El baño de sangre
La muerte de su esposo el 4 de enero de 1604 radicalizó las actuaciones crueles de la condesa. Viuda, se dio al vicio de enamorarse de sí misma4.

La locura y sadismo de Elizabeth se desencadenó cuando una de sus desdichadas sirvientas le dio un desafortunado tirón de pelos mientras la peinaba. La bofetada que le propinó su señora le provocó una herida. La sangre le salpicó a Elizabeth en la mano quien fue pronto presa de la excitación al creer que la zona de la piel manchada se hizo más tersa y blanca. A la mente de Elizabeth volvieron las tétricas palabras de su nodriza y no dudó en desangrar a la torpe sirvienta y prepararse una bañera con su sangre en la que se sumergió. Ese sería el primero de una larga lista de asesinatos para abastecerse de la sangre suficiente que le daría la eterna juventud. En su paranoica locura no se conformó pues, para no frotarse con toallas que disminuyeran el efecto de la sangre, obligaba a otras sirvientas a lamerle el cuerpo. A estas más les valía no mostrar rechazo ni repugnancia pues el castigo sería peor. Torturarlas hasta la muerte fue una práctica que no dudó en llegar a cabo la condesa.

En aquella espiral de muerte y depravación, Elizabeth Báthory se hizo con una serie de artilugios como un terrible sarcófago conocido como la Dama de Hierro en el que introducía a sus víctimas que sufrían el pinchazo de los múltiples clavos que recubrían su interior.

Durante más de 10 años, los campesinos del lugar veían el carruaje de la condesa deambular por sus tierras en busca de pobres muchachas engañadas con la promesa de una vida mejor a la dura existencia del campo. Y las que se negaban, eran drogadas y obligadas a la fuerza a acompañar a Elizabeth a un castillo del que a buen seguro nunca más saldrían con vida. La gran cantidad de cadáveres fueron primero enterrados con cuidado en las inmediaciones de la fortaleza pero al final, la Báthory y sus cómplices no tuvieron reparo en dejarlos en los campos sin ningún problema. A pesar de que la población cercana empezó a sospechar de la desaparición constante de muchas de sus hijas, la alta cuna de la que provenía la condesa hizo que ésta pudiera continuar con sus prácticas asesinas de manera impune.

Un error de cálculo
Pero las jóvenes muchachas se fueron terminando y la sed de sangre de Elizabeth la llevó a cometer un grave error. No dudó, desesperada por conseguir líquido para sus baños y víctimas para sus sangrientas prácticas, recurrir a chicas de la aristocracia. El rey Matías no pudo ya hacer oídos sordos a las historias dramáticas que llegaban de su pariente.

Hombres del rey, dirigidos por el palatino Thurzó, decidieron investigar el caso. Cuando atravesaron los muros de Csejthe se encontraron un horrendo espectáculo de cadáveres torturados, sangre derramada y a la propia condesa disfrutando de uno de sus depravados baños.

La sentencia hecha pública el 17 de abril de 1611 condenaba a Elizabeth Báthory a ser recluida de por vida. No corrieron la misma suerte sus cómplices quienes fueron, todos ellos, ejecutados. La condesa pasó los siguientes 4 años enterrada en vida. Fue emparedada en su propio castillo, sin poder ver la luz del día, aislada completamente, con una sola rendija por la que recibía algo de comida. Moría el 21 de agosto de 1614.

Terminaba así la historia de terror de la Condesa Sangrienta a quien sus más de 650 asesinatos y torturas no le sirvieron más que para sembrar el horror. La supuesta belleza que su nodriza le había prometido de poco o nada le sirvió en su tumba.

 

 

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EL ENIGMA DEL PORTADOR DE LA LUZ ( y 2 )

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¡¿Qué terrible sufrimiento, empero, no habría de traer la aplicación de semejante principio en la Tierra?! La desgracia que dicha aplicación habría de causar sería tremenda, ya que en la Tierra no es como en las regiones de las tinieblas, donde solo convive lo que guarda afinidad entre sí, sino que lo oscuro y lo claro viven uno al lado del otro y el uno con el otro. Uno sólo necesita pensar en la vida sexual y cosas por el estilo. Si se le diera rienda suelta a la práctica de este principio entre los hombres, al final tendríamos inevitablemente una Sodoma y Gomorra de la que no habría quién saliera y cuyo final sólo podría ser un horror sin igual.

Pero, aparte de eso, ya hoy uno puede ver numerosas víctimas de enseñanzas similares, víctimas estas que deambulan sin un sostén y cuya pobre conciencia de sí mismas y, a decir verdad, todo su pensar propio han sido completamente desmenuzados y aniquilados allí donde, llenas de confianza, esperaban recibir ayuda. Y acaban como las personas a las que de manera sistemática se les rasga las vestiduras del cuerpo para así obligarlas a ponerse las nuevas ropas que se les ofrece. Tras haber sido desnudadas de semejante forma, la mayoría de tales personas, desgraciadamente, ya no pueden entender por qué deben ponerse nuevas ropas. Debido a la sistemática intromisión en sus cuestiones y derechos más personales, pierden, al cabo del tiempo, su pudor, el cual es un factor sustentador de la conciencia de sí mismo y sin el cual no puede haber nada personal; dicho pudor forma incluso parte de lo personal.

En un suelo tan removido no hay manera de levantar una edificación nueva y firme. Semejantes personas, con algunas contadas excepciones, no vuelven a recuperar su independencia, y ello puede a ratos llegar a hacerles sentirse desvalidas, dado que se les ha privado del poco sostén con que contaban.

Estos dos principios, el de apurar los goces de la vida y el de la tentación, están tan estrechamente ligados que el apurar los goces de la vida tiene obligadamente que venir precedido de la tentación. O sea que es, como quien dice, el acatamiento y la propagación del principio de Lucifer.

El verdadero médico del alma no necesita echar nada abajo. Ese sana primero y después edifica sobre lo existente. El verdadero principio consiste en el cambio de un anhelo falso a través de la comprensión.

Como es lógico, empero, la aplicación de este principio sin amor trajo, por ley natural, la inevitable consecuencia de que Lucifer se fuera separando cada vez más de la voluntad amorosa del Creador todopoderoso, lo cual ocasionó su aislamiento o expulsión de la Luz y, con ello, su caída a regiones cada vez más profundas. Lucifer es alguien que se ha separado de la Luz a través de sus propias acciones, lo cual equivale a ser un expulsado.

La caída hubo igualmente de tener lugar según las leyes primordiales existentes, según la inalterable voluntad sagrada de Dios Padre, ya que no es posible que ocurra de otra manera.

Ahora bien, dado que únicamente la voluntad de Dios Padre, el Creador de todas las cosas, es omnipotente y está también arraigada en la Creación material y en el desarrollo de Ésta, a Lucifer le es posible enviar su principio a la materia, pero las implicaciones de dicho principio solo pueden moverse dentro del marco de las leyes primordiales establecidas por Dios Padre y están obligadas a configurarse en el sentido de éstas.

Así que, si bien es cierto que Lucifer, mediante la persecución de su principio erróneo, puede dar un impulso hacia caminos peligrosos para la humanidad, a él no le es posible, empero, obligar o forzar a los hombres a hacer alguna cosa mientras éstos no se hayan animado a ello voluntariamente.

En realidad, Lucifer sólo puede tentar. Ahora, el hombre como tal ocupa en la Creación material una posición más firme y, por consiguiente, mucho más segura y más vigorosa que lo que la influencia de Lucifer pueda afectarlo jamás. Con ello, todo ser humano está tan protegido que para él es décuplamente vergonzoso el dejarse tentar por esta fuerza que es más débil que él. El hombre debe tener presente que Lucifer se encuentra fuera de la materia, mientras que él se encuentra en un suelo, en un terreno que le es completamente familiar y en el que tiene los pies bien fijados. Para poner en práctica su principio, Lucifer está obligado a servirse de sus tropas auxiliares, las cuales se componen de espíritus humanos que han caído en las tentaciones.

Ahora, todo espíritu humano que aspira a las cumbres no sólo está a la altura de semejantes espíritus, sino que les es muy superior en cuanto a fuerza. Un simple acto volitivo serio basta para hacer desaparecer sin dejar huella a un ejército entero de espíritus de esa calaña; siempre y cuando las tentaciones de éstos no tengan eco o repercusión y les ofrezcan así a ellos un asidero al que aferrarse.

Si la humanidad se esforzara por comprender y acatar las leyes primordiales puestas por el Creador, el poder de Lucifer quedaría completamente anulado. Pero con su manera de ser actual, los hombres, desgraciadamente, afianzan cada vez más su principio, y por consiguiente, la gran mayoría de ellos habrá de perderse.

Para ningún espíritu humano es posible entablar un combate con Lucifer en persona, por la simple razón de que no le es posible llegar hasta él, debido a la diferencia de especies. El espíritu humano sólo puede entrar en contacto con aquellos que han sucumbido a este falso principio, quienes, en esencia, pertenecen a su misma especie.

El origen de Lucifer implica que a él pueda acercársele y enfrentársele personalmente sólo aquel que tenga el mismo origen que él; puesto que únicamente alguien así puede llegar hasta él. Tiene que tratarse de un Enviado de Dios proveniente de lo Divino-Insustancial y lleno de la esencia de esta región, un Enviado de Dios armado de la sagrada seriedad de Su misión y lleno de confianza en el origen de toda fuerza, en Dios Padre mismo.

Esta tarea le ha sido asignada al anunciado Hijo del Hombre.

El combate es personal, cara a cara, y no meramente simbólico, como muchos investigadores deducen de las promesas. Se trata del cumplimiento de la promesa en Parsifal. Lucifer ha usado incorrectamente el poder, la «lanza sagrada», y sirviéndose de su principio, le ha abierto así una dolorosa herida a lo espiritual-sustancial en la figura de la humanidad, que es la chispa y la estribación de lo espiritual-sustancial. Esta lanza le será arrebatada en el combate. Y una vez que esté en las «manos correctas», o sea, una vez que se ponga en marcha la ejecución del verdadero principio del Grial, el principio del amor puro y severo, la lanza sanará la herida causada por ella anteriormente al hallarse en las manos equivocadas, o sea, al ser usada incorrectamente.

Por medio del principio de Lucifer, es decir, por medio del uso incorrecto del poder divino –lo que es lo mismo que decir «al estar la “lanza sagrada” en las manos equivocadas»–, a lo espiritual-sustancial se le ha hecho una herida que no se puede cerrar. Esta idea ha sido reflejada figurativamente en la leyenda con gran acierto; ya que lo que ocurre se asemeja de verdad a una herida abierta que no se cierra.

Pensemos no más en el hecho de que los espíritus humanos, en calidad de inconscientes simientes espirituales o chispas que se encuentran en el borde inferior de lo espiritual-sustancial, se escurren cual fluido en dirección a la materia o, saltando cual chispas, salvan la distancia que los separa de ella, en la expectativa de que esta parte vertida de esa forma, después de haber concluido su periplo por la materia y tras haberse desarrollado y haber despertado a la conciencia personal, regrese, en lo que sería la conclusión del ciclo, a lo espiritual-sustancial. Algo parecido a lo que sucede con la circulación de la sangre en el cuerpo físico-material. El principio de Lucifer, sin embargo, desvía una gran parte de esta corriente cíclica espiritual, con lo cual se pierde una buena parte de lo espiritual-sustancial. De ese modo, este necesario ciclo no puede cerrarse y ello redunda en algo comparable al continuo sangramiento debilitante por una herida abierta.

Ahora bien, si la «lanza sagrada» o, lo que es lo mismo, el poder divino, cae en las manos correctas, que actúan de conformidad con la voluntad del Creador y le muestran a esa corriente espiritual-sustancial, que en capacidad de factor vivificador recorre la materia, el camino correcto, camino que conduce a dicha corriente a las alturas, a su punto de partida, al luminoso reino de Dios Padre, entonces esta corriente ya no se pierde, sino que, de ese modo, fluye de vuelta a su origen como la sangre al corazón, con lo cual esa herida sangrante y debilitante de lo espiritual-sustancial queda cerrada. Es así como la sanación solo puede realizarse con la misma lanza, la cual cierra la susodicha herida.

Pero, para eso, primero hay que quitarle la lanza a Lucifer y ponerla en las manos apropiadas, lo cual ha de cumplirse con el combate personal del Hijo del Hombre con Lucifer.

Los combates que seguirán después y que se extenderán a la materia etérea y la física no son más que efectos secundarios de este gran combate, el cual ha de traer el prometido encadenamiento de Lucifer, encadenamiento que anuncia el comienzo del Reino de los Mil Años. Dicho encadenamiento representa la erradicación del principio de Lucifer.

Este principio está dirigido contra el obrar del amor divino, cuyas bendiciones les son dispensadas a los hombres en su periplo por la materia. Basta con que la humanidad comience a aspirar a este amor divino y enseguida quedará completamente inmune a toda tentación de Lucifer, y éste quedará despojado de todo espanto que el espíritu humano ha tejido en torno a su persona.

Las formas abominables y monstruosas que la gente erróneamente se empeña en atribuirle a Lucifer no son más que un producto de la abigarrada imaginación de los cerebros humanos. En realidad, debido a la simple razón de la diferencia de especies, a ningún ojo humano le ha sido posible verlo aún, como tampoco a ningún ojo espiritual, el cual, en muchas ocasiones, es capaz de ver la materia etérea del más allá sin haber abandonado aún la vida terrenal.

Contrario a todas las opiniones existentes, Lucifer puede ser calificado de soberbio y bello, de un ser poseedor de una belleza que no es de este mundo y de una sombría majestuosidad; sus grandes ojos son limpios y azules, pero atestiguan de la gélida expresión de la falta de amor. Lucifer no es un mero concepto, como la gente normalmente trata de presentarlo tras haber buscado infructuosamente otras explicaciones para su figura, sino que se trata de una persona.

La humanidad debe aprender a entender que también para ella hay, por razón de la naturaleza de su ser, un límite que jamás podrá cruzar, tampoco en el pensamiento, claro está, y que del otro lado de ese límite solo le pueden llegar mensajes por el camino de la gracia; pero no a través de médiums, que ni sirviéndose de situaciones de índole supraterrenal podrán cambiar la naturaleza de su ser, como tampoco a través de la ciencia. Después de todo, esa misma ciencia cuenta, a través de la química, con la posibilidad de descubrir que la diferencia de especies puede generar barreras insalvables. Esas leyes, empero, provienen del Origen y no es en la Creación que uno las viene a encontrar por primera vez.

El enigma del Portador de la Luz ( 1 )

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Un velo gris envuelve todo lo que tiene que ver con Lucifer y es como si todo el mundo tuviera miedo de levantar aunque sea una esquina de este velo. Ese temor, en realidad, no es otra cosa que la incapacidad de penetrar en el reino de las tinieblas. Ahora, esa incapacidad, por su parte, reside, simplemente, en el orden natural existente, ya que aquí tampoco le es posible al espíritu humano profundizar mucho, sino que se encuentra con una barrera que está dada por su condición. Como mismo no puede llegar hasta las más altas cumbres, tampoco es posible para él penetrar hasta lo hondo de las profundidades, ni nunca lo será.

Así que como sustituto de lo que falta, la fantasía crea seres de todo tipo. La gente habla del diablo de la manera más descabellada, llamándolo ángel caído y desterrado, encarnación del principio maligno y otras cosas más. De la verdadera esencia de Lucifer la gente no sabe nada, ello pese a que el espíritu humano se ve afectado por él y, de ese modo, acaba a menudo en la vorágine de un tremendo conflicto, conflicto que puede ser calificado de lucha.

Aquellos que hablan de ángel caído, y también los que hablan de encarnación del principio maligno, son los que más se acercan a la realidad. Solo que aquí hay igualmente una falsa postura que le da una imagen falsa a todo. Las palabras «encarnación del principio maligno» nos hacen pensar en el cenit, el clímax, la encarnación viva de todo lo malo, o sea, el colofón, la culminación perfecta. Lucifer, empero, es todo lo contrario, es el origen del principio falso, es el punto de partida y la fuerza motriz. Uno no debe llamar tampoco principio maligno a ese principio que se origina en él, sino principio falso; falso queriendo decir erróneo, incorrecto. El campo de acción de este principio erróneo es la Creación material. En lo material es donde único confluyen las actuaciones de lo luminoso y de lo oscuro, o sea, los dos principios opuestos, y allí repercuten constantemente en el alma humana mientras ésta atraviesa la materia con miras a su desarrollo. Según a quién el alma humana, por deseo propio, se entregue en mayor medida, de ello dependerá si ésta habrá de subir a la Luz o hundirse en las tinieblas.

El abismo que separa a la Luz de las tinieblas es inmenso. Dicho abismo es llenado por la Creación material, la cual está sujeta a la transitoriedad de las formas, o sea, está sujeta a la desintegración de las formas existentes y a la regeneración.

Dado que, según las leyes que la voluntad de Dios Padre ha puesto en la Creación, un ciclo sólo puede considerarse como cerrado y cumplido cuando el cabo de dicho ciclo retorna al punto de partida, el periplo de un alma humana sólo puede considerarse como cumplido cuando dicha alma retorna a la esfera de lo espiritual-sustancial, que es la que más cerca se encuentra de la Luz Primordial, ya que su simiente espiritual salió de esta esfera espiritual-sustancial. Si se deja desviar hacia las tinieblas, corre entonces el peligro de ser llevado más allá del último círculo de su periplo normal y ser arrastrado hacia la oscuridad, viéndose al final imposibilitado de volver a encontrar el camino de la ascensión. Ahora, tampoco le es posible ir más allá de la oscuridad etérea más densa y más profunda y, cruzando la última frontera en sentido descendente, abandonar la materia, como sí le es posible hacer en sentido ascendente, para terminar entrando al reino de lo espiritual-sustancial, ya que éste es su punto de partida; y entonces acaba, por tanto, siendo arrastrado de manera ininterrumpida por el formidable ciclo de la Creación, el cual lo lleva hacia la desintegración, ya que esa vestidura etérea suya de índole oscura y, por ende, densa y pesada –vestidura a la que también se le llama cuerpo etéreo– lo retiene. Esta desintegración disuelve la personalidad espiritual que el espíritu en cuestión había ganado en su trayecto por la Creación, de manera que dicho espíritu sufre la muerte espiritual y es pulverizado y convertido en simiente espiritual originaria.

Lucifer en particular se encuentra fuera de la Creación material y, por tanto, no es arrastrado a la desintegración –como sí les sucede a las víctimas de su principio–; ya que él es eterno. Lucifer proviene de una región de lo divino-sustancial. El conflicto se inició tras el comienzo del surgimiento de toda la materia. Habiendo sido enviado para servirle de apoyo a lo espiritual-sustancial en la materia y para ayudarlo en su desarrollo, no cumplió esta encomienda en el sentido de la voluntad creadora de Dios Padre, sino que escogió caminos diferentes a los que esta voluntad creadora le había trazado, llevado por la volición pedante que desarrolló mientras trabajaba en la materia.

Abusando de la fuerza que le fue dada, introdujo el principio de la tentación en lugar del principio de la ayuda y apoyo, que es sinónimo de amor servicial. Amor servicial en el sentido divino, que nada tiene que ver con el servicio servil, sino que sólo tiene presente la ascensión espiritual del prójimo y, con ello, su felicidad eterna, y actúa en consecuencia.

El principio de la tentación, en cambio, es sinónimo de tender trampas, las cuales hacen que las criaturas que no son lo suficientemente fuertes tropiecen con facilidad, caigan y acaben perdiéndose, mientras que las demás, por otro lado, ganan en viveza y fuerza y, experimentando un vigoroso florecimiento, ascienden en pos de las cumbres espirituales. Todo lo endeble, empero, queda, de antemano e irremediablemente, a merced de la destrucción. Este principio no conoce ni bondad ni misericordia; está desprovisto del amor de Dios Padre y, con ello, de la más formidable fuerza pujante y el más sólido apoyo que hay.

La tentación en el paraíso que se describe en la Biblia muestra el efecto de la aplicación del principio de Lucifer, al representar cómo, a través de la tentación, se trata de poner a prueba la firmeza y la entereza de la pareja humana, a fin de empujarlos rápida y despiadadamente al camino de la destrucción ante la más mínima vacilación.

Mostrar entereza hubiera sido ajustarse gozosamente a la voluntad divina, la cual radica en las simples leyes naturales o de la Creación. Y esa voluntad, ese mandamiento divino era del perfecto conocimiento de la pareja humana. El no vacilar hubiera sido al mismo tiempo un reconocimiento y un acatamiento de dichas leyes, que es como único el hombre puede sacarles provecho debidamente y sin restricción y convertirse así en «señor de la Creación», ya que «se mueve con ellas». Todas las fuerzas le servirán cuando él no les haga oposición, y trabajarán automáticamente a su favor. En ello consiste el cumplimiento de los mandamientos del Creador, los cuales no persiguen otra cosa que el inalterable y desembarazado sostenimiento y conservación de todas las posibilidades de desarrollo que hay en Su majestuosa obra. La envergadura de este simple acatamiento no se queda ahí: el mismo constituye también una colaboración con conocimiento de causa en la sana continuación del desarrollo de la Creación o del mundo material.

Aquel que no cumpla con ello constituye un obstáculo y, o bien habrá de dejarse pulir hasta alcanzar la forma correcta, o bien irá a parar entre las ruedas del mecanismo del Universo, o sea, entre las leyes de la Creación, siendo así triturado. Aquel que no quiera doblegarse habrá de quebrarse, ya que el mecanismo no puede detenerse.

Lucifer no quiere tener la bondad de esperar el fortalecimiento y maduración graduales de la criatura, no quiere ser el amoroso jardinero que debería ser y que protege, rodriga y cuida las plantas a su cargo, sino que con él se hizo realidad la expresión: «encomendar las ovejas al lobo». Lucifer busca la aniquilación de toda debilidad y no muestra piedad alguna en la persecución de este objetivo.

Al mismo tiempo, siente desprecio por las víctimas que sucumben a sus trampas y tentaciones y abriga el deseo de que se pierdan con todas esas debilidades que muestran.

También siente repulsión por el envilecimiento y la bajeza que estas víctimas caídas ponen en los efectos de su principio; puesto que sólo los hombres convierten dichos efectos en la abominable abyección en que éstos se manifiestan y, de ese modo, incitan a Lucifer aún más a ver en ellos criaturas que solo merecen la destrucción, y no amor y cuidados.

Y no es poco lo que contribuye a la realización de dicha destrucción ese principio de apurar los goces de la vida que, como consecuencia natural, acompaña al principio de la tentación. El principio de apurar los goces de la vida se cumple en las regiones más bajas de las tinieblas, pero ya está siendo adoptado terrenalmente por diferentes practicantes del llamado psicoanálisis, en la asunción de que también en la Tierra el apurar los goces de la vida libera y madura.

CONTINUARA

 

El Dios Pan ( el seductor de Ninfas )

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El dios Pan tenía un aspecto mitad humano mitad animal del género caprino. Lo cubría una espesa mata de pelo, y sus piernas no eran piernas, sino robustas patas finalizadas en pezuñas hendidas. De su frente partían dos cuernos que daban un aire bestial a su rostro, el cual, sin embargo, adquirió con el tiempo una expresión de taimada astucia.

Según la versión más difundida de entre las muchas existentes acerca de su origen, lo primero que Pan escuchó en su vida fueron los gritos de horror de su madre, la hija de Driope, al ver la criatura a la que acababa de dar a luz. Después de que ella saliese huyendo, Hermes, que era el padre del nuevo dios, lo envolvió en una piel de liebre y lo llevó al Monte Olimpo para que los demás dioses se regocijaran con su visión. Sus risas burlonas lo rodearon durante los primeros momentos de existencia.

Al crecer, Pan se convirtió, en uno de los outsiders, en más de un sentido, del panteón griego. Bien por elección o porque su naturaleza especial le inclinaba a ello, vivió al margen del Olimpo, haciendo de los bosques, las cuevas y las fuentes de la Arcadia su hogar. Ninguna guerra, humana o divina, contó con su participación, por mucho que Nonno se empeñe en decir lo contrario. Pan nunca escuchó los lamentos de los héroes ni les ayudó a realizar sus vanas ambiciones. Solo los pastores y los cazadores podían obtener su auxilio.

En los bosques de la Arcadia, llevaba una vida tranquila y placentera. Hasta la llegada del mediodía cuidaba de sus rebaños, sus animales y sus colmenas. Entonces se echaba a dormir bajo la sombra de un árbol o al frescor de una fuente, y pobre de aquel que le despertase durante su siesta. Por las tardes, se escondía entre la vegetación con prodigioso sigilo para espiar a las ninfas, o las perseguía aprovechando su extraordinaria capacidad para correr y saltar por los peñascos. En realidad, estaba siempre invitado a las fiestas que organizaban.

A pesar de su aspecto semi-animal, Pan fue un exitoso seductor de ninfas. Entre sus víctimas se contaron Eco (la futura enamorada de Narciso), Eufema (la nodriza de las Musas) y Selene, a la que engaño disfrazándose con una piel de cabra e invitándola después a que montase en su grupa. Se jactaba además de haber copulado con todas las Ménades, las ebrias asistentes de Dionisio.

Pero Pan sufrió también fracasos amorosos: no pudo obtener a las ninfas Pitis y Siringa, por mucho que las persiguió. Para huir de su acoso, la primera se transformó en pino y la segunda en cañaveral. Del pino que había sido Pitis, Pan tomó una rama con la que se confeccionó una sencilla corona, del cañaveral cogió una caña con la que fabricó la primera flauta de las conocidas como “flautas de Pan” o “siringas”, la cual posteriormente Hermes copiaría para vendérsela a Apolo haciéndola pasar como propia.

Pan es uno de los pocos dioses que han muerto, o, al menos, eso es lo que una misteriosa voz surgida del mar anunció al marinero Tamo mientras este viajaba hacia Italia: “¡Tamo, ¿estás ahí? Cuando llegues a Palodes encárgate de anunciar que ha muerto el gran dios Pan”. Plutarco recoge la noticia en Por qué callan los oráculos, pero su veracidad no está del todo clara. Algunos acusan al egipcio Tamo de haber cometido un error de traducción, y Pausanias, quien viajó por Grecia cien años después que esto sucediese, asegura haber hallado todavía multitud templos y cuevas consagrados a él.

Por tanto, si alguna vez viajas a Grecia, lector, y te adentras en lo más profundo del bosque, no te molestes en buscar la tumba del gran dios Pan. Solo hallarás aire y tierra removida.

Luz sobre Judas.

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En el año 130 d.C, el obispo Papías de Hierápolis (Asia Menor) repetía la leyenda que había corrido y crecido de boca en boca: que Judas Iscariote, el discípulo traidor, fracasó en su intento por ahorcarse, pero, si bien sobrevivió, comenzó a hincharse hasta presentar un aspecto monstruoso. Su cuerpo, cubierto de llagas y pústulas, se caía a pedazos, hasta que finalmente murió en el terreno comprado con los 30 siclos de plata que le pagaron por haber entregado a Jesús.

Otra versión armenia especificaba que el Iscariote se encerró en una vivienda para suicidarse “y estuvo colgado el viernes y el sábado, pero la fetidez atrajo a la gente de Jerusalén” quienes lo descolgaron.

El monje Jorge Cedreno, en el siglo 12, dijo que no se suicidó pero tampoco se arrepintió. Los apóstoles lo animaban a que hiciera penitencia y pidiera perdón a Dios, pero él se rehusó.

“Inmediatamente después de la ascensión de Cristo, Judas se infló, reventó por enmedio y murió”, relata Cedreno, un final que coincide, parcialmente, con la descripción que el mismo apóstol Pedro hace el día de Pentecostés, en su primera predicación, registrada en el libro Hechos de los Apóstoles, aunque dando a entender que ello sucedió al desprenderse la rama del árbol del ahorcamiento y caer en un precipicio.

En todo caso, tales finales tormentosos sólo hacen eco a la condena universal hacia un personaje que se convirtió en el arquetipo de traidor, el cual, según La Divina Comedia, de Dante Alighieri, es perpetuamente masticado por una bestia en el infierno.

¿Dé donde venía su sobrenombre?

Entre los apóstoles hay dos Judas: Tadeo e Iscariote, el traidor. ¿De dónde venía este apodo? Algunas versiones atribuyen el sobrenombre a la palabra griega “sicarius” (asesino) por pertenecer a los zelotes, una facción de la resistencia judía a la ocupación romana.

Otros, relacionan a Judas con la tribu de Isacar, sin embargo existe una opinión más extendida y verosímil: “Judas tenía un nombre bastante común en su tiempo; en la traducción griega es equivalente a Judá. Era originario de Kariot, un pequeño pueblo del sur de Judea. De allí el apelativo Ish-Kariot”, explica el teólogo Rolando Alvarado, sacerdote jesuita.

“Fue el único judío entre los 12 discípulos que Jesús eligió (el resto eran galileos) y por ello poseía ideas religiosas más enraizadas y un gran apego a las concepciones tradicionales del Mesías, que era esperado en la forma de un profeta, de un gran sacerdote o de un rey que derrotaría a los invasores. Judas es cautivado por la figura de Jesús, pero cuando éste se presenta como hijo de Dios, debió sufrir un gran impacto y una terrible decepción”, agrega Alvarado.

¿Judas quería que Jesús muriera?

Samuel Berberián, doctor en Religiones Comparadas, concuerda con dicha visión: “Judas era un hombre idealista. Siguió al Maestro porque, al igual que los otros apóstoles, pensó que los iba a sacar de la opresión. Jesús se había escabullido varias veces cuando intentaron capturarlo. Quizá Judas pensó que Jesús escaparía otra vez o que por fin lo presionaría a manifestarse de manera portentosa. No contaba con que Jesús había venido a eso, a sacrificarse. Ello explica el porqué se suicidó, tan desesperadamente, poco después”.

Alvarado recalca: “Judas no tenía la intención de que Jesús muriera. No creyó que eso fuera a ocurrir, pero al ver lo que había provocado, sufrió grandes y terribles remordimientos”.¿Destinado a traidor?

En la película Jesucristo Superestrella, de 1973, se presenta a Judas como víctima de Dios, en un papel determinado del cual no puede escapar. Pero ¿Estaba irremediablemente destinado?

“Si tomamos la palabra ‘destinado’ como sinónimo de ‘obligado’ a ser el traidor, no. No estaba destinado”, señala enfáticamente el sacerdote César Alonzo.

“Judas siempre tuvo la libertad para determinar sus actos”, agrega, para interceptar la postura de algunos defensores de Judas, que lo eximen de culpa (e incluso lo exaltan) al atribuirle mérito por detonar la pasión y crucifixión de Jesús, hecho central de la Redención cristiana. Alonzo añade: “Si bien es cierto que en el misterio de la Providencia de Dios alguien tenía que ser traidor, quien fuera a cumplir con ello, Judas o quien lo hubiera hecho, en ningún momento fue obligado o inducido por Dios. Los mismos actos libres de la voluntad de Judas fueron determinando su decisión final, incluso su forma de muerte”.

 ¿Por qué lo eligió Jesús?

Tal libertad fue subrayada en la década de 1940, por el jesuita Ferdinand Pratt, en la biografía Jesucristo, su vida, doctrina y obra: “Es necesario creer que Judas no era indigno en el momento de su elección.

Más tarde se apoderó de su alma el demonio de la avaricia, de la ambición y la envidia y de caída en caída, lo precipitó al abismo”, una postura parecida a la expresada ya en el siglo 16 por el teólogo español Juan de Maldonado: “Judas entregó a Jesús no por obra, ni impulso, ni inspiración sino por permisión de Dios”.

El mismo San Agustín de Hipona, en el siglo 4, escribió que Jesús, “habiendo tomado sobre sí las humanas flaquezas, quiso someterse a la flaqueza humana de la traición”

¿Y por qué lo traicionó?

Aún es un misterio la motivación específica de Judas para vender a a su maestro, el mismo que le había confiado la administración del dinero de todo el grupo, pero se han trazado varias hipótesis, en base a su perfil y a reacciones registradas por los Evangelios.

La codicia ha sido la razón más popularmente aceptada, pues el mismo San Juan hace constar que el Iscariote hurtaba dinero de la bolsa común a su cargo, al igual que registra el capcioso reclamo que hace a Jesús cuando una mujer derrama un frasco de fino perfume, cuyo valor calcula él mismo, con sospechosa exactitud, en 300 denarios.

Pero, “cuando los evangelistas presentan a Judas como un administrador fraudulento preparan en realidad la escena de Judas dirigiéndose a los sumos sacerdotes y preguntando: “¿Qué me queréis dar?”, señala el historiador bíblico Giuseppe Ricciotti, quien sin embargo aclara que debió existir otra motivación adicional, que lo llevó a devolver el dinero y a matarse: “Esta no es la actitud de un simple avaro, pues éste habría quedado satisfecho con el lucro obtenido”.

Por ello hay dos posibilidades: una, el temor a perder la estima de Jesús tras ser denunciados sus desfalcos. La otra, los anuncios de Jesús de su propia muerte, que lo habrían llevado a pensar en alguna ganancia antes de que tales avisos se cumplieran.

Sin embargo, el padre Alvarado estima que 30 siclos de plata no era una cifra muy elevada y que la traición empezó a gestarse a partir de la decepción: “Judas quería un líder político beligerante mientras Jesús decía ser la puerta, el camino, algo que ningún rabino judío afirmaría de sí mismo. Judas sintió temor de perder sus convicciones religiosas”.

La envidia es otra razón propuesta por el doctor Berberián: “Judas sabía de contabilidad, de religión, era alguien con educación, pero le amargaba ver cómo Jesús prefería a Pedro, que era un pescador o a Juan que era sólo un muchacho”.

¿Conoció Jesús a Judas mucho antes de ser discípulo?

Los evangelios apócrifos (aquellos no reconocidos por la Iglesia, dado su carácter fantástico o su falta de fundamentos teológicos) han servido, sin embargo, como una fuente alternativa para reconstruir el perfil hipotético de Judas.

El llamado Evangelio Árabe de la Infancia relata que había un niño poseído por un demonio que mordía a los otros niños y quiso atacar a Jesús, que tenía sólo tres años. Sólo alcanzó a golpearlo en un costado, pero fue doloroso y Jesús lloró. En ese momento, el demonio salió del niño en forma de perro rabioso. ¡Oh coincidencia! aquel niño se llamaba Judas Iscariote.

¿Porqué utilizó un beso para entregar al Maestro?

“¿Amigo, a qué has venido?” La escena del beso de Judas en la mejilla de Jesús es muy conocida, pero su sentido es muy debatido. ¿Fue una última muestra de respeto o de ironía? El vicerrector Alvarado estima que era una convención cultural: “Sólo se saludaba así al maestro y Judas iba a mostrar quién era el maestro”, dice.

Tal exactitud le daría credibilidad ante los guardias que realizarían el arresto. Justamente, el filósofo Francisco Suárez, en el siglo 16, escribe: “Estuvo muy solícito por que no se escurriera Cristo de manos de los soldados por algún error porque siempre era llevado por la codicia del dinero, pues aún no lo había recibido, sino que sólo se le había prometido”.

Asimismo, los teólogos coinciden en interpretar la pregunta de Jesús, al verlo, (“Amigo, ¿a qué has venido?”), como el último de varios llamados de conciencia. Frases anteriores como “Uno de ustedes es un demonio” o “Uno de vosotros me va a traicionar” no eran predicciones sino invitaciones al arrepentimiento. Incluso la famosa frase de Jesús a Judas, “lo que vas a hacer hazlo pronto”, podría referirse al cambio espiritual.

¿Se arrepintió o no?

Tras ver el sufrimiento de Cristo “sintió Judas el horror de su pecado, pero le faltó la confianza: no lloró las lágrimas de amoroso dolor de Pedro (que había negado a su maestro); aquellas treinta monedas se le hacían peso insoportable”, refiere el historiador bíblico Andrés F. Truyols.

La secta denominada de los cainitas, sostenía que Judas, al traicionar a Jesús había hecho una buena obra pues así había permitido la salvación. Tal postura quedó registrada en un manuscrito, denominado Evangelio de Judas, que registra asimismo varias conversaciones entre este personaje y Jesús. El obispo Irineo de Lyon, hacia el año 180 d.C, confirmaba la existencia del texto y declaraba ya que era una herejía que le daba a Judas un mérito por su papel.

La misma ley judía declaraba maldito a quien muriera colgado, con lo cual, el suicidio era sólo la última y más irremediable de toda una serie de decisiones tomadas por Judas en base a la codicia, el orgullo, el egocentrismo o incluso la desesperación.

Sin embargo, Santa Brígida, monja y vidente del siglo 14, aseguró que en una de sus visiones, Jesús le permitió hacerle una pregunta, acerca de cualquier cosa que ella quisiera conocer. Ella preguntó “¿Se salvó o se condenó Judas?”, sin saber que la misma pregunta hizo otra vidente, Santa Gertrudis, un siglo antes. La respuesta fue la misma: “¡Si supieras lo que tuve que hacer para salvarlo!”.

 

 

 

Hecate La Diosa Bruja de los tres rostros

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Quizá solamente el pentagrama es un símbolo más ubicuo que Hécate, la diosa triple, en la cultura neopagana. Y es que sus características mágicas y oscuras son poco menos que cautivadoras. Pero es una de esas divinidades de quien los antiguos tenían varias historias en conflicto. En la imaginación moderna es ya la diosa de los fantasmas y las brujas, la reina de los muertos, y se le asocia con las intersecciones sagradas, los portales, los perros, la luna y la brujería. Recordemos que en Macbeth, de Shakespeare, aparece como la autoridad de las tres brujas y demanda saber por qué ha sido excluida de las sesiones con Macbeth. Pero antes de ser esto era una trinidad (del cielo, el mar y la tierra) cuyo poder argumentalmente excedía al de Zeus (cfr. Teogonía, Hesíodo).

Al parecer Sófocles fue el primero que habló de Hécate como un psicopompo y dijo que “habita las intersecciones sagradas”. A partir de allí, como si la diosa fuera un imán para las alianzas sombrías, se le añadieron toda suerte de características mágicas-infernales. Después de todo, si su poder excedía el de Zeus y habitaba simultáneamente tres reinos, cualquier cosa que se le asociara adquiría, de entrada, un poder extraordinario. Ya en el siglo III Teócrito y Apolonio de Rodas la relacionan con la brujería (maligna), y es frecuentemente invocada en las historias de la infame Medea. Pero Apolonio escribe el primer escalofriante recuento de la epifanía de la diosa:

Y cuando la llamó retrocedió… la diosa temida, desde las profundidades atendió al sacrificio del hijo de Aesón, y alrededor de ella horribles serpientes se enredaban entre las ramas de roble, y había el brillo de incontables antorchas, y los perros del infierno agudamente aullaban a su alrededor. Todas las lomas temblaban a su paso, y las ninfas que acechan las ciénagas y el río chillaban

Esta conexión con el mundo de los muertos se estableció aún con más fuerza cuando Virgilio compuso la Eneida. En el libro 6 describe la visita del héroe al Inframundo. Allí, el protagonista es advertido de las muchas torturas que viven las almas de los muertos inmorales e impíos, todo bajo la mirada vigilante de Hécate.

Desde luego, todas las alucinantes descripciones de Hécate que fueron surgiendo en la literatura hicieron salivar a varios artistas, quienes no se resistieron a representarla, grandiosa y terrible, junto con todos sus símbolos paganos. Parecido, quizás, a lo que sucedió con “El paraíso perdido” de Milton, en que Satán fue decenas de veces más representado en la pintura que el propio Dios, debido a que las descripciones sobre la oscuridad fueron infinitamente más seductoras que aquellas sobre los ángeles y la luz.

Hoy Hécate es también la luna. La diosa triple: cielo, tierra, infierno; nacimiento, madurez y muerte. Es llamada Lucina, Diana o Proserpina. Pero sobre todo es la diosa de las brujas que habita en el cruce de caminos y que se acompaña de antorchas, perros del infierno y “hace temblar a las montañas”. Hécate está hecha de literatura, y en la imaginación moderna neopagana todas las criaturas de la oscuridad están bajo su triple sombra.

A lo largo del tiempo Hécate se convirtió en la reina de las asociaciones mágicas-infernales, y hoy es uno de los símbolos más poderosos y encantadores de la cultura neopagana.

GAIA La Diosa que pario la Tierra

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Cuando parecía que las antiguas religiones matriarcales habían terminado por ceder terreno al patriarcado de dioses como Yahveh o Alá, en el mundo occidental volvió a levantar cabeza el culto a la Diosa Gaia, a la Madre Tierra. El adelanto vino con la Hipótesis Gaia, postulada por James Lovelock, que ha sido interpretada de una manera religiosa.  Echemos un vistazo a lo que quizás podría ser la resurrección de la Gran Diosa Madre..

LA ANTIGUA DIOSA DE LA TIERRA.
Como hemos reseñado en varias oportunidades , la primera gran religión fue la adoración de la comúnmente conocida como Gran Diosa Madre. La Diosa asumió históricamente muchas formas, pero una de las más populares era, y sigue siendo, la de Gaia, la diosa de la Tierra. En la Antigua Grecia, Gaia era adorada como la madre común de todos los seres. Dice la mitología griega, tal y como Hesíodo nos lo ha hecho llegar en su obra “Teogonía”, que en el comienzo habían tres dioses: Gaia (la Tierra), el Caos, y Eros, la fuerza misteriosa que todo lo une y todo lo fertiliza. Por intermedio de la acción de Eros, Gaia se entregó entonces a una intensa actividad partenogénica, pariendo por sí misma (¡y sin necesidad de varón!) a diversos dioses y criaturas, hasta llenar el mundo con ellas. Luego, Gaia se unió a uno de sus hijos, Urano, el dios del Cielo, quien la violó sistemáticamente para terminar de engendrar al resto del mundo. Esto, hasta que Gaia se enojó y le pidió a uno de sus hijos/nietos, Cronos (el Saturno romano) que hiciera algo al respecto. Cronos fue directo y expedito: le cortó a su padre/hermano Urano el miembro viril, y lo arrojó lejos.
En general, la mitología griega clásica se acuerda bien poco de Gaia. Hay una buena razón para esto. Como hemos reseñado en otro artículo, el ascenso de las religiones patriarcales sumergió al Culto de la Diosa Madre, del cual Gaia era una encarnación, y a partir de entonces, las diosas pasaron a ocupar un papel de comparsas. Una muestra de esto se encuentra en el mito de Hércules. En una de sus tantas andanzas el héroe Hércules (hijo del dios patriarcal Zeus) se enfrenta al gigante Anteo, hijo de Gaia. Hércules descubre que Anteo es casi imbatible, porque cada vez que cae al suelo, al contacto con su madre Gaia recupera sus fuerzas. Por lo que Hércules lo alza en el aire y lo estrangula. He aquí una muestra de como los sacerdotes de las religiones patriarcales sutilmente intentaron poner a la venerable Gran Diosa como la villana de la historia.
Sin embargo, con el advenimiento de la religión patriarcal occidental por excelencia, el Cristianismo, ya no había espacio para el paganismo, y menos para Gaia. La gran figura femenina del Cristianismo, la Virgen María, poco tenía que ver con el culto de la Tierra, y de esta manera, Gaia entró en la penumbra. ¿Para siempre…?

LA CIENCIA RESUCITA A GAIA.
En la década de 1970, los científicos estaban preocupados por el tema de la existencia de vida en Marte. ¿Había acaso alguna manera de predecir si en Marte habían criaturas vivientes? Un científico que en ese entonces se dedicaba a la cacería de gases contaminantes en la atmósfera, James Lovelock, asumió el reto. Lovelock cayó en la cuenta de algo bien simple: la vida, al propagarse, tiende a modificar su entorno. Parece de perogrullo, pero en ese tiempo, el Darwinismo más ortodoxo proclamaba que las especies sólo debían adaptarse a los cambios ambientales o morir: nadie parecía pensar que quizás una forma de adaptarse a esos cambios ambientales era a su vez convertirse en una fuerza capaz de modelar el medio ambiente. Si en Marte existía vida, ésta tenía que haber cambiado de alguna manera su medio ambiente. Y para eso, ¿cómo cambiaba la vida terrestre su propio planeta…?
Lovelock apunta a que la química atmosférica de la Tierra es una aberración imposible. Los restantes planetas del sistema solar tienen atmósferas fuertemente oxidantes o reductoras, pero la terrestre es sólo débilmente oxidante. Si se dejara caminar sola a la atmósfera terrestre, sin vida alguna, el resultado final sería que el 71% de nitrógeno desaparecería reaccionando químicamente con el suelo y escurriéndose, mientras que el oxígeno acabaría reaccionando con cualquier cosa capaz de oxidarse (hierro, carbono, cualquier cosa) hasta desaparecer como un compuesto químico libre. La única manera de mantener una atmósfera inestable como la terrestre, es que alguien continuamente produzca y retire gases de ellas: ese alguien debe ser la vida terrestre. Lo que golpeó duramente a la comunidad científica en su época, es la idea de que esa vida terrestre pudiera hacerlo para garantizar su propia supervivencia.
¿Es entonces la Tierra un organismo vivo? Lovelock deja la pregunta en el aire: para él, el concepto de vida no es verdadero ni falso, es simplemente superfluo. Lovelock prefiere hablar de sistemas cibernéticos capaces de autorregularse. Un organismo vivo es un sistema capaz de autorregularse, y Gaia, de ser cierta su hipótesis, también es capaz de autorregularse a sí misma como un todo coherente. Aún así, no pocos malentendieron esto, y confundieron el concepto de homeostasis (la capacidad de los organismos vivos para autorregular sus propias condiciones) con el de organismo viviente propiamente tal. Y como Lovelock aceptó la sugestión de su amigo, el escritor William Golding, para llamar “Gaia” a su teoría, las acusaciones contra Lovelock de estar promoviendo ideas teológicas disfrazadas de ciencia arreciaron.

LA DIOSA NEW AGE.
Llegó la década de 1980, y con ella explotó el movimiento New Age. Como ha sucedido en otras ocasiones, el debate científico trascendió, se malentendió, y hubo quienes extrajeron una nueva religión de ello: el culto de Gaia. De esta manera, Gaia se transformó en la más importante de las diosas neopaganas adoradas en los círculos de la New Age.
Gaia era especialmente apta para esto: los científicos parecían haber probado que la Tierra era en verdad un organismo vivo (Lovelock jamás afirmó esto, por supuesto), y además, estaba la idea de recobrar a una diosa ancestral. Siendo decididamente antitecnológico, el movimiento New Age deseaba por supuesto regresar a las raíces culturales de la Humanidad, y al final del camino estaba el culto a la Tierra, llámese la Gaia de los griegos o la Pachamama de los antiguos pueblos andinos. De esta manera, el culto de Gaia prendió fuertemente, y surgieron varias sectas en torno de esta diosa resucitada.
Sin embargo, quienes desdeñan el éxito de Gaia como una chifladura propia de algunos New Age tejedores de ponchos, deberían mirar otra vez. Las religiones tienden a cambiar cuando lo hacen sus adoradores, y el mayor y más solapado cambio religioso que se está produciendo, es el retroceso de los dioses patriarcales y el advenimiento de las diosas, como correlato del crecimiento del poder femenino en el interior de las sociedades occidentales. Este movimiento fue presagiado ya en 1965 por Frank Herbert, quien en su novela “Dune” anunciaba que la exploración espacial iba a destruir a los antiguos dioses patriarcales, e iba a crear una religión del inmanentismo cósmico, encarnado como una especie de diosa del vacío estelar, y en “Dune”, no por casualidad, la fuerza política más importante del universo era una cofradía de mujeres, las llamadas brujas Bene Gesserit. Gaia no es la única diosa que se ha puesto en la carrera por revitalizar el papel de las diosas. Hace poco, el éxito de “El Código Da Vinci” giraba en torno a la revalorización de María Magdalena como compañera de Jesús. Y dentro de la propia Iglesia Católica, hace tiempo que existe un fuerte movimiento mariano, que le otorga un poder cada vez mayor a la Virgen María. El éxito relativo de Gaia refleja una tendencia de los tiempos: después de unos tres o cuatro milenios a la penumbra de los dioses, quizás las diosas estén por tomarse una revancha fulminante. Después de eso, la historia de las religiones no volverá a ser lo mismo.

Mismamente podria ser asi . O no.