EL ENIGMA DEL PORTADOR DE LA LUZ ( y 2 )

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¡¿Qué terrible sufrimiento, empero, no habría de traer la aplicación de semejante principio en la Tierra?! La desgracia que dicha aplicación habría de causar sería tremenda, ya que en la Tierra no es como en las regiones de las tinieblas, donde solo convive lo que guarda afinidad entre sí, sino que lo oscuro y lo claro viven uno al lado del otro y el uno con el otro. Uno sólo necesita pensar en la vida sexual y cosas por el estilo. Si se le diera rienda suelta a la práctica de este principio entre los hombres, al final tendríamos inevitablemente una Sodoma y Gomorra de la que no habría quién saliera y cuyo final sólo podría ser un horror sin igual.

Pero, aparte de eso, ya hoy uno puede ver numerosas víctimas de enseñanzas similares, víctimas estas que deambulan sin un sostén y cuya pobre conciencia de sí mismas y, a decir verdad, todo su pensar propio han sido completamente desmenuzados y aniquilados allí donde, llenas de confianza, esperaban recibir ayuda. Y acaban como las personas a las que de manera sistemática se les rasga las vestiduras del cuerpo para así obligarlas a ponerse las nuevas ropas que se les ofrece. Tras haber sido desnudadas de semejante forma, la mayoría de tales personas, desgraciadamente, ya no pueden entender por qué deben ponerse nuevas ropas. Debido a la sistemática intromisión en sus cuestiones y derechos más personales, pierden, al cabo del tiempo, su pudor, el cual es un factor sustentador de la conciencia de sí mismo y sin el cual no puede haber nada personal; dicho pudor forma incluso parte de lo personal.

En un suelo tan removido no hay manera de levantar una edificación nueva y firme. Semejantes personas, con algunas contadas excepciones, no vuelven a recuperar su independencia, y ello puede a ratos llegar a hacerles sentirse desvalidas, dado que se les ha privado del poco sostén con que contaban.

Estos dos principios, el de apurar los goces de la vida y el de la tentación, están tan estrechamente ligados que el apurar los goces de la vida tiene obligadamente que venir precedido de la tentación. O sea que es, como quien dice, el acatamiento y la propagación del principio de Lucifer.

El verdadero médico del alma no necesita echar nada abajo. Ese sana primero y después edifica sobre lo existente. El verdadero principio consiste en el cambio de un anhelo falso a través de la comprensión.

Como es lógico, empero, la aplicación de este principio sin amor trajo, por ley natural, la inevitable consecuencia de que Lucifer se fuera separando cada vez más de la voluntad amorosa del Creador todopoderoso, lo cual ocasionó su aislamiento o expulsión de la Luz y, con ello, su caída a regiones cada vez más profundas. Lucifer es alguien que se ha separado de la Luz a través de sus propias acciones, lo cual equivale a ser un expulsado.

La caída hubo igualmente de tener lugar según las leyes primordiales existentes, según la inalterable voluntad sagrada de Dios Padre, ya que no es posible que ocurra de otra manera.

Ahora bien, dado que únicamente la voluntad de Dios Padre, el Creador de todas las cosas, es omnipotente y está también arraigada en la Creación material y en el desarrollo de Ésta, a Lucifer le es posible enviar su principio a la materia, pero las implicaciones de dicho principio solo pueden moverse dentro del marco de las leyes primordiales establecidas por Dios Padre y están obligadas a configurarse en el sentido de éstas.

Así que, si bien es cierto que Lucifer, mediante la persecución de su principio erróneo, puede dar un impulso hacia caminos peligrosos para la humanidad, a él no le es posible, empero, obligar o forzar a los hombres a hacer alguna cosa mientras éstos no se hayan animado a ello voluntariamente.

En realidad, Lucifer sólo puede tentar. Ahora, el hombre como tal ocupa en la Creación material una posición más firme y, por consiguiente, mucho más segura y más vigorosa que lo que la influencia de Lucifer pueda afectarlo jamás. Con ello, todo ser humano está tan protegido que para él es décuplamente vergonzoso el dejarse tentar por esta fuerza que es más débil que él. El hombre debe tener presente que Lucifer se encuentra fuera de la materia, mientras que él se encuentra en un suelo, en un terreno que le es completamente familiar y en el que tiene los pies bien fijados. Para poner en práctica su principio, Lucifer está obligado a servirse de sus tropas auxiliares, las cuales se componen de espíritus humanos que han caído en las tentaciones.

Ahora, todo espíritu humano que aspira a las cumbres no sólo está a la altura de semejantes espíritus, sino que les es muy superior en cuanto a fuerza. Un simple acto volitivo serio basta para hacer desaparecer sin dejar huella a un ejército entero de espíritus de esa calaña; siempre y cuando las tentaciones de éstos no tengan eco o repercusión y les ofrezcan así a ellos un asidero al que aferrarse.

Si la humanidad se esforzara por comprender y acatar las leyes primordiales puestas por el Creador, el poder de Lucifer quedaría completamente anulado. Pero con su manera de ser actual, los hombres, desgraciadamente, afianzan cada vez más su principio, y por consiguiente, la gran mayoría de ellos habrá de perderse.

Para ningún espíritu humano es posible entablar un combate con Lucifer en persona, por la simple razón de que no le es posible llegar hasta él, debido a la diferencia de especies. El espíritu humano sólo puede entrar en contacto con aquellos que han sucumbido a este falso principio, quienes, en esencia, pertenecen a su misma especie.

El origen de Lucifer implica que a él pueda acercársele y enfrentársele personalmente sólo aquel que tenga el mismo origen que él; puesto que únicamente alguien así puede llegar hasta él. Tiene que tratarse de un Enviado de Dios proveniente de lo Divino-Insustancial y lleno de la esencia de esta región, un Enviado de Dios armado de la sagrada seriedad de Su misión y lleno de confianza en el origen de toda fuerza, en Dios Padre mismo.

Esta tarea le ha sido asignada al anunciado Hijo del Hombre.

El combate es personal, cara a cara, y no meramente simbólico, como muchos investigadores deducen de las promesas. Se trata del cumplimiento de la promesa en Parsifal. Lucifer ha usado incorrectamente el poder, la «lanza sagrada», y sirviéndose de su principio, le ha abierto así una dolorosa herida a lo espiritual-sustancial en la figura de la humanidad, que es la chispa y la estribación de lo espiritual-sustancial. Esta lanza le será arrebatada en el combate. Y una vez que esté en las «manos correctas», o sea, una vez que se ponga en marcha la ejecución del verdadero principio del Grial, el principio del amor puro y severo, la lanza sanará la herida causada por ella anteriormente al hallarse en las manos equivocadas, o sea, al ser usada incorrectamente.

Por medio del principio de Lucifer, es decir, por medio del uso incorrecto del poder divino –lo que es lo mismo que decir «al estar la “lanza sagrada” en las manos equivocadas»–, a lo espiritual-sustancial se le ha hecho una herida que no se puede cerrar. Esta idea ha sido reflejada figurativamente en la leyenda con gran acierto; ya que lo que ocurre se asemeja de verdad a una herida abierta que no se cierra.

Pensemos no más en el hecho de que los espíritus humanos, en calidad de inconscientes simientes espirituales o chispas que se encuentran en el borde inferior de lo espiritual-sustancial, se escurren cual fluido en dirección a la materia o, saltando cual chispas, salvan la distancia que los separa de ella, en la expectativa de que esta parte vertida de esa forma, después de haber concluido su periplo por la materia y tras haberse desarrollado y haber despertado a la conciencia personal, regrese, en lo que sería la conclusión del ciclo, a lo espiritual-sustancial. Algo parecido a lo que sucede con la circulación de la sangre en el cuerpo físico-material. El principio de Lucifer, sin embargo, desvía una gran parte de esta corriente cíclica espiritual, con lo cual se pierde una buena parte de lo espiritual-sustancial. De ese modo, este necesario ciclo no puede cerrarse y ello redunda en algo comparable al continuo sangramiento debilitante por una herida abierta.

Ahora bien, si la «lanza sagrada» o, lo que es lo mismo, el poder divino, cae en las manos correctas, que actúan de conformidad con la voluntad del Creador y le muestran a esa corriente espiritual-sustancial, que en capacidad de factor vivificador recorre la materia, el camino correcto, camino que conduce a dicha corriente a las alturas, a su punto de partida, al luminoso reino de Dios Padre, entonces esta corriente ya no se pierde, sino que, de ese modo, fluye de vuelta a su origen como la sangre al corazón, con lo cual esa herida sangrante y debilitante de lo espiritual-sustancial queda cerrada. Es así como la sanación solo puede realizarse con la misma lanza, la cual cierra la susodicha herida.

Pero, para eso, primero hay que quitarle la lanza a Lucifer y ponerla en las manos apropiadas, lo cual ha de cumplirse con el combate personal del Hijo del Hombre con Lucifer.

Los combates que seguirán después y que se extenderán a la materia etérea y la física no son más que efectos secundarios de este gran combate, el cual ha de traer el prometido encadenamiento de Lucifer, encadenamiento que anuncia el comienzo del Reino de los Mil Años. Dicho encadenamiento representa la erradicación del principio de Lucifer.

Este principio está dirigido contra el obrar del amor divino, cuyas bendiciones les son dispensadas a los hombres en su periplo por la materia. Basta con que la humanidad comience a aspirar a este amor divino y enseguida quedará completamente inmune a toda tentación de Lucifer, y éste quedará despojado de todo espanto que el espíritu humano ha tejido en torno a su persona.

Las formas abominables y monstruosas que la gente erróneamente se empeña en atribuirle a Lucifer no son más que un producto de la abigarrada imaginación de los cerebros humanos. En realidad, debido a la simple razón de la diferencia de especies, a ningún ojo humano le ha sido posible verlo aún, como tampoco a ningún ojo espiritual, el cual, en muchas ocasiones, es capaz de ver la materia etérea del más allá sin haber abandonado aún la vida terrenal.

Contrario a todas las opiniones existentes, Lucifer puede ser calificado de soberbio y bello, de un ser poseedor de una belleza que no es de este mundo y de una sombría majestuosidad; sus grandes ojos son limpios y azules, pero atestiguan de la gélida expresión de la falta de amor. Lucifer no es un mero concepto, como la gente normalmente trata de presentarlo tras haber buscado infructuosamente otras explicaciones para su figura, sino que se trata de una persona.

La humanidad debe aprender a entender que también para ella hay, por razón de la naturaleza de su ser, un límite que jamás podrá cruzar, tampoco en el pensamiento, claro está, y que del otro lado de ese límite solo le pueden llegar mensajes por el camino de la gracia; pero no a través de médiums, que ni sirviéndose de situaciones de índole supraterrenal podrán cambiar la naturaleza de su ser, como tampoco a través de la ciencia. Después de todo, esa misma ciencia cuenta, a través de la química, con la posibilidad de descubrir que la diferencia de especies puede generar barreras insalvables. Esas leyes, empero, provienen del Origen y no es en la Creación que uno las viene a encontrar por primera vez.

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El enigma del Portador de la Luz ( 1 )

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Un velo gris envuelve todo lo que tiene que ver con Lucifer y es como si todo el mundo tuviera miedo de levantar aunque sea una esquina de este velo. Ese temor, en realidad, no es otra cosa que la incapacidad de penetrar en el reino de las tinieblas. Ahora, esa incapacidad, por su parte, reside, simplemente, en el orden natural existente, ya que aquí tampoco le es posible al espíritu humano profundizar mucho, sino que se encuentra con una barrera que está dada por su condición. Como mismo no puede llegar hasta las más altas cumbres, tampoco es posible para él penetrar hasta lo hondo de las profundidades, ni nunca lo será.

Así que como sustituto de lo que falta, la fantasía crea seres de todo tipo. La gente habla del diablo de la manera más descabellada, llamándolo ángel caído y desterrado, encarnación del principio maligno y otras cosas más. De la verdadera esencia de Lucifer la gente no sabe nada, ello pese a que el espíritu humano se ve afectado por él y, de ese modo, acaba a menudo en la vorágine de un tremendo conflicto, conflicto que puede ser calificado de lucha.

Aquellos que hablan de ángel caído, y también los que hablan de encarnación del principio maligno, son los que más se acercan a la realidad. Solo que aquí hay igualmente una falsa postura que le da una imagen falsa a todo. Las palabras «encarnación del principio maligno» nos hacen pensar en el cenit, el clímax, la encarnación viva de todo lo malo, o sea, el colofón, la culminación perfecta. Lucifer, empero, es todo lo contrario, es el origen del principio falso, es el punto de partida y la fuerza motriz. Uno no debe llamar tampoco principio maligno a ese principio que se origina en él, sino principio falso; falso queriendo decir erróneo, incorrecto. El campo de acción de este principio erróneo es la Creación material. En lo material es donde único confluyen las actuaciones de lo luminoso y de lo oscuro, o sea, los dos principios opuestos, y allí repercuten constantemente en el alma humana mientras ésta atraviesa la materia con miras a su desarrollo. Según a quién el alma humana, por deseo propio, se entregue en mayor medida, de ello dependerá si ésta habrá de subir a la Luz o hundirse en las tinieblas.

El abismo que separa a la Luz de las tinieblas es inmenso. Dicho abismo es llenado por la Creación material, la cual está sujeta a la transitoriedad de las formas, o sea, está sujeta a la desintegración de las formas existentes y a la regeneración.

Dado que, según las leyes que la voluntad de Dios Padre ha puesto en la Creación, un ciclo sólo puede considerarse como cerrado y cumplido cuando el cabo de dicho ciclo retorna al punto de partida, el periplo de un alma humana sólo puede considerarse como cumplido cuando dicha alma retorna a la esfera de lo espiritual-sustancial, que es la que más cerca se encuentra de la Luz Primordial, ya que su simiente espiritual salió de esta esfera espiritual-sustancial. Si se deja desviar hacia las tinieblas, corre entonces el peligro de ser llevado más allá del último círculo de su periplo normal y ser arrastrado hacia la oscuridad, viéndose al final imposibilitado de volver a encontrar el camino de la ascensión. Ahora, tampoco le es posible ir más allá de la oscuridad etérea más densa y más profunda y, cruzando la última frontera en sentido descendente, abandonar la materia, como sí le es posible hacer en sentido ascendente, para terminar entrando al reino de lo espiritual-sustancial, ya que éste es su punto de partida; y entonces acaba, por tanto, siendo arrastrado de manera ininterrumpida por el formidable ciclo de la Creación, el cual lo lleva hacia la desintegración, ya que esa vestidura etérea suya de índole oscura y, por ende, densa y pesada –vestidura a la que también se le llama cuerpo etéreo– lo retiene. Esta desintegración disuelve la personalidad espiritual que el espíritu en cuestión había ganado en su trayecto por la Creación, de manera que dicho espíritu sufre la muerte espiritual y es pulverizado y convertido en simiente espiritual originaria.

Lucifer en particular se encuentra fuera de la Creación material y, por tanto, no es arrastrado a la desintegración –como sí les sucede a las víctimas de su principio–; ya que él es eterno. Lucifer proviene de una región de lo divino-sustancial. El conflicto se inició tras el comienzo del surgimiento de toda la materia. Habiendo sido enviado para servirle de apoyo a lo espiritual-sustancial en la materia y para ayudarlo en su desarrollo, no cumplió esta encomienda en el sentido de la voluntad creadora de Dios Padre, sino que escogió caminos diferentes a los que esta voluntad creadora le había trazado, llevado por la volición pedante que desarrolló mientras trabajaba en la materia.

Abusando de la fuerza que le fue dada, introdujo el principio de la tentación en lugar del principio de la ayuda y apoyo, que es sinónimo de amor servicial. Amor servicial en el sentido divino, que nada tiene que ver con el servicio servil, sino que sólo tiene presente la ascensión espiritual del prójimo y, con ello, su felicidad eterna, y actúa en consecuencia.

El principio de la tentación, en cambio, es sinónimo de tender trampas, las cuales hacen que las criaturas que no son lo suficientemente fuertes tropiecen con facilidad, caigan y acaben perdiéndose, mientras que las demás, por otro lado, ganan en viveza y fuerza y, experimentando un vigoroso florecimiento, ascienden en pos de las cumbres espirituales. Todo lo endeble, empero, queda, de antemano e irremediablemente, a merced de la destrucción. Este principio no conoce ni bondad ni misericordia; está desprovisto del amor de Dios Padre y, con ello, de la más formidable fuerza pujante y el más sólido apoyo que hay.

La tentación en el paraíso que se describe en la Biblia muestra el efecto de la aplicación del principio de Lucifer, al representar cómo, a través de la tentación, se trata de poner a prueba la firmeza y la entereza de la pareja humana, a fin de empujarlos rápida y despiadadamente al camino de la destrucción ante la más mínima vacilación.

Mostrar entereza hubiera sido ajustarse gozosamente a la voluntad divina, la cual radica en las simples leyes naturales o de la Creación. Y esa voluntad, ese mandamiento divino era del perfecto conocimiento de la pareja humana. El no vacilar hubiera sido al mismo tiempo un reconocimiento y un acatamiento de dichas leyes, que es como único el hombre puede sacarles provecho debidamente y sin restricción y convertirse así en «señor de la Creación», ya que «se mueve con ellas». Todas las fuerzas le servirán cuando él no les haga oposición, y trabajarán automáticamente a su favor. En ello consiste el cumplimiento de los mandamientos del Creador, los cuales no persiguen otra cosa que el inalterable y desembarazado sostenimiento y conservación de todas las posibilidades de desarrollo que hay en Su majestuosa obra. La envergadura de este simple acatamiento no se queda ahí: el mismo constituye también una colaboración con conocimiento de causa en la sana continuación del desarrollo de la Creación o del mundo material.

Aquel que no cumpla con ello constituye un obstáculo y, o bien habrá de dejarse pulir hasta alcanzar la forma correcta, o bien irá a parar entre las ruedas del mecanismo del Universo, o sea, entre las leyes de la Creación, siendo así triturado. Aquel que no quiera doblegarse habrá de quebrarse, ya que el mecanismo no puede detenerse.

Lucifer no quiere tener la bondad de esperar el fortalecimiento y maduración graduales de la criatura, no quiere ser el amoroso jardinero que debería ser y que protege, rodriga y cuida las plantas a su cargo, sino que con él se hizo realidad la expresión: «encomendar las ovejas al lobo». Lucifer busca la aniquilación de toda debilidad y no muestra piedad alguna en la persecución de este objetivo.

Al mismo tiempo, siente desprecio por las víctimas que sucumben a sus trampas y tentaciones y abriga el deseo de que se pierdan con todas esas debilidades que muestran.

También siente repulsión por el envilecimiento y la bajeza que estas víctimas caídas ponen en los efectos de su principio; puesto que sólo los hombres convierten dichos efectos en la abominable abyección en que éstos se manifiestan y, de ese modo, incitan a Lucifer aún más a ver en ellos criaturas que solo merecen la destrucción, y no amor y cuidados.

Y no es poco lo que contribuye a la realización de dicha destrucción ese principio de apurar los goces de la vida que, como consecuencia natural, acompaña al principio de la tentación. El principio de apurar los goces de la vida se cumple en las regiones más bajas de las tinieblas, pero ya está siendo adoptado terrenalmente por diferentes practicantes del llamado psicoanálisis, en la asunción de que también en la Tierra el apurar los goces de la vida libera y madura.

CONTINUARA

 

El Dios Pan ( el seductor de Ninfas )

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El dios Pan tenía un aspecto mitad humano mitad animal del género caprino. Lo cubría una espesa mata de pelo, y sus piernas no eran piernas, sino robustas patas finalizadas en pezuñas hendidas. De su frente partían dos cuernos que daban un aire bestial a su rostro, el cual, sin embargo, adquirió con el tiempo una expresión de taimada astucia.

Según la versión más difundida de entre las muchas existentes acerca de su origen, lo primero que Pan escuchó en su vida fueron los gritos de horror de su madre, la hija de Driope, al ver la criatura a la que acababa de dar a luz. Después de que ella saliese huyendo, Hermes, que era el padre del nuevo dios, lo envolvió en una piel de liebre y lo llevó al Monte Olimpo para que los demás dioses se regocijaran con su visión. Sus risas burlonas lo rodearon durante los primeros momentos de existencia.

Al crecer, Pan se convirtió, en uno de los outsiders, en más de un sentido, del panteón griego. Bien por elección o porque su naturaleza especial le inclinaba a ello, vivió al margen del Olimpo, haciendo de los bosques, las cuevas y las fuentes de la Arcadia su hogar. Ninguna guerra, humana o divina, contó con su participación, por mucho que Nonno se empeñe en decir lo contrario. Pan nunca escuchó los lamentos de los héroes ni les ayudó a realizar sus vanas ambiciones. Solo los pastores y los cazadores podían obtener su auxilio.

En los bosques de la Arcadia, llevaba una vida tranquila y placentera. Hasta la llegada del mediodía cuidaba de sus rebaños, sus animales y sus colmenas. Entonces se echaba a dormir bajo la sombra de un árbol o al frescor de una fuente, y pobre de aquel que le despertase durante su siesta. Por las tardes, se escondía entre la vegetación con prodigioso sigilo para espiar a las ninfas, o las perseguía aprovechando su extraordinaria capacidad para correr y saltar por los peñascos. En realidad, estaba siempre invitado a las fiestas que organizaban.

A pesar de su aspecto semi-animal, Pan fue un exitoso seductor de ninfas. Entre sus víctimas se contaron Eco (la futura enamorada de Narciso), Eufema (la nodriza de las Musas) y Selene, a la que engaño disfrazándose con una piel de cabra e invitándola después a que montase en su grupa. Se jactaba además de haber copulado con todas las Ménades, las ebrias asistentes de Dionisio.

Pero Pan sufrió también fracasos amorosos: no pudo obtener a las ninfas Pitis y Siringa, por mucho que las persiguió. Para huir de su acoso, la primera se transformó en pino y la segunda en cañaveral. Del pino que había sido Pitis, Pan tomó una rama con la que se confeccionó una sencilla corona, del cañaveral cogió una caña con la que fabricó la primera flauta de las conocidas como “flautas de Pan” o “siringas”, la cual posteriormente Hermes copiaría para vendérsela a Apolo haciéndola pasar como propia.

Pan es uno de los pocos dioses que han muerto, o, al menos, eso es lo que una misteriosa voz surgida del mar anunció al marinero Tamo mientras este viajaba hacia Italia: “¡Tamo, ¿estás ahí? Cuando llegues a Palodes encárgate de anunciar que ha muerto el gran dios Pan”. Plutarco recoge la noticia en Por qué callan los oráculos, pero su veracidad no está del todo clara. Algunos acusan al egipcio Tamo de haber cometido un error de traducción, y Pausanias, quien viajó por Grecia cien años después que esto sucediese, asegura haber hallado todavía multitud templos y cuevas consagrados a él.

Por tanto, si alguna vez viajas a Grecia, lector, y te adentras en lo más profundo del bosque, no te molestes en buscar la tumba del gran dios Pan. Solo hallarás aire y tierra removida.

El Karma . ¿ Es transferible ?

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La mayoría de las personas tiende a incluir en el término karma casi cualquier cosa que no pueden definir con alguna otra palabra. Muchos consideran que la ley del karma funciona en el universo sólo para causar sufrimiento y dolor, y casi lo equiparan con el concepto de un Dios celoso representado en muchas de las antiguas escrituras sagradas.
El concepto de que Dios exige al hombre que siga determinada conducta prometiéndole a cambio ciertas recompensas, es una creencia primitiva que ha sido infundida en la mente de casi toda la humanidad, sin importar cual sea la filosofía básica en otros aspectos  También encontramos un ejemplo de esta manera de pensar en la conducta infantil.
Algunos niños viven con la impresión de que el mundo de los adultos está en contra suya, que constantemente tienen que soportar las exigencias u obedecer las instrucciones de algún adulto —un padre, un maestro, un pariente, un policía o alguna otra autoridad— lo cual les hace creer que esas personas actúan con el único motivo de hacerles la vida desdichada.
Al niño se le dice constantemente que debe de comportarse de tal o cual manera, que tiene que hacer determinadas cosas y abstenerse de hacer otras. Hasta cierto punto, el niño se pasa la vida analizando su conducta para determinar si acaso se habrá metido en dificultades por haber desobedecido alguna orden y por ello será castigado; peor aún, con frecuencia vive preocupado pensando si habrá entendido bien las instrucciones que se le dieron.
El hecho de que el concepto del karma esté incorporado al concepto de Dios es un vestigio de creencias anteriores. La idea de que el único objetivo del karma es causarnos sufrimiento si nos apartamos de determinada conducta y de ciertas creencias intolerantes, es lo que ha impedido al hombre progresar. El debería dirigir su atención hacia las fuerzas constructivas, en lugar de pasarse la vida pensando en la forma como puede evitar el sufrimento que le acarreará haber cometido un acto erróneo.
A no dudarlo, la ley del karma es, hasta cierto grado, un medio para disciplinar al hombre: de acuerdo con las creencias más idealistas y filosóficas, le permite tomar sus propias decisiones, gozar de libre albedrío. Cuando el hombre toma decisiones pone en funcionamiento ciertas leyes, crea ciertas condiciones con las cuales tiene que vivir.
Para explicarlo de una manera más simple, repetiremos un ejemplo que hemos usado muchas veces: la ley del karma es, en efecto, cosechar lo que hemos sembrado, recibir los resultados de nuestras decisiones o de nuestros actos. Es un enunciado de la ley de dar para recibir: si ponemos el dedo en una llama, éste se quemará; sea que lo hayamos colocado voluntaria o involuntariamente, no nos libraremos de sufrir las consecuencias.

Si un objeto muy pesado, como por ejemplo, un automóvil, es colocado sin frenos en una pendiente, la ley de la gravedad hará que se deslice hacia abajo: si la pendiente es muy inclinada la velocidad aumentará y, debido al funcionamiento de la ley, es inevitable que choque con cualquier objeto que encuentre en su camino.
Ahora bien, si yo estuviera parado en la pendiente y el automóvil sin frenos se dirigiera hacia mí, si no me aparto rápidamente me golpeará y posiblemente me lesionará. Sin embargo, no podría decir que la ley de la gravedad funcionó para causarme dolor y sufrimiento: simplemente, yo estaba colocado en un sitio donde esa ley entró en acción tal como debe funcionar y, por encontrarme en la trayectoria de su manifestación, sufrí las consecuencias.
Lo mismo ocurre si comparamos el funcionamiento de la ley de la gravedad con el de la ley del karma, pues toda la vida estamos colocados en situaciones donde esa ley nos afecta: no podemos evadirla, por así decirlo. Si te digo a alguien una mentira, algún día ocurrirán ciertas circunstancias que la renovarán en la conciencia de esa persona y en la mía. Ambos estaremos sujetos a sus efectos, porque la persona puede cometer errores sin mala intención, basada en la idea de que lo que le dije era verdad.
Nuestra vida es un proceso creativo, sea que nos dediquemos conscientemente o no a ese proceso. Las personas inteligentes se esfuerzan por crear de manera constructiva, es decir, tratan de forjarse una vida mejor. Quienes enfocan conscientemente su atención en los pasos adecuados que hay que dar en la vida, están tan sujetos a la ley del karma como quienes cometen algún error, pero los primeros construyen sobre una base más sólida y, como receptores de la ley del karma, para ellos ciertas condiciones serán más favorables por las medidas que tomaron a fin de prepararse para vivir una vida mejor.
En este sentido, podemos comparar todo lo que pensamos y todo lo que hacemos en la vida con ladrillos de construcción. Constantemente construimos nuestra propia estructura; con todo lo que hacemos, con cada acto, con cada pensamiento, vamos colocando un ladrillo tras otro en la estructura que constituye toda nuestra vida.
Si exageramos un poco y pensamos en símbolos, digamos que los ladrillos con los cuales construimos nuestra estructura son negros y blancos. Los blancos constituyen las partes de nuestra vida que hemos construido con buenas intenciones, con ideas virtuosas a las cuales se nos enseñó que el hombre debe aspirar. Las partes que contienen ladrillos negros son aquellas en las cuales sólo hemos tomado en cuenta nuestros intereses y han sido construidas con rencor, codicia, envidia, odio, avaricia y todas las debilidades que se oponen a la virtud.
Al paso del tiempo, inevitablemente llega el momento cuando tenemos que hacer una evaluación de la estructura total, o sea, de la vida que hemos construido: entonces veremos, hablando simbólicamente, que contiene ladrillos negros y blancos; este hecho es aplicable a todos los seres humanos porque, hasta donde sabemos, no ha existido ningún mortal que haya podido construir toda la estructura de su vida con ladrillos blancos únicamente.
Si en el momento de la evaluación final vemos que predominan los ladrillos negros, tendremos que vivir bajo ciertas condiciones que nos brinden la oportunidad de compensar los errores, las injusticias y las maldades que hayamos cometido en el pasado.
Si predominan los ladrillos blancos, entonces tenemos un crédito a nuestro favor, consistente en actos virtuosos que pueden superar una minoría de errores y juicios erróneos intencionales, y estaremos mejor capacitados para enfrentarnos a otras condiciones que tal vez antes no comprendimos completamente.
Sin embargo, nuestra vida no es tan simple como la hemos descrito en párrafos anteriores clasificando simbólicamente nuestros patrones de conducta y nuestros pensamientos con ladrillos negros y blancos, ya que la vida es más complicada. No siempre podemos tomar una decisión con un simple sí o un no: es probable que hayamos realizado algunos de nuestros actos con las mejores intenciones, pero si no obstante esto los ladrillos son negros, es porque no entendimos claramente su alcance cuando decidimos efectuarlos.
Construimos toda nuestra estructura a través de la experiencia. Tenemos que seguir adelante con ella sabiendo que la experiencia del proceso mismo nos ayudará a crear en el futuro una mejor estructura de la que creamos en el pasado —si tenemos el deseo y la inclinación de hacerlo.
En vista de que la cantidad de ladrillos negros y blancos puede colocarnos en una situación donde tengamos que vivir bajo circunstancias que no nos gustan, por lo menos podremos reconocer nuestros errores y en el futuro trataremos de tornar decisiones diferentes. Así como la persona que ha sufrido el dolor al quemarse el dedo puede aprender que no debe meterlo en la llama, así también quienes hemos tenido experiencias dolorosas o infortunadas, podemos aprender a tomar decisiones apropiadas, sopesándolas desde el punto de vista de nuestro conocimiento y nuestra experiencia. No desearemos repetir los mismos errores ni experimentar las mismas dificultades del pasado.
Pareciera que hasta aquí sólo hemos presentado una introducción al tema que nos ocupa, pero lo que nos interesa es determinar si el – karma es individual o si se comparte con otras personas. No es algo individual en el sentido de que usted y yo, como seres individuales, seamos los únicos a quienes afecta.
El karma funciona imparcialmeníe para todos los seres vivos, de la misma manera que la ley de la gravedad afecta a todos los cuerpos sólidos. Sin embargo, cuando dos personas están relacionadas muy íntimamente por lazos familiares, de negocios, sociales o de alguna otra índole, naturalmente el modo de vida de cada persona se verá afectado por la conducta y las contribuciones de ambos.
No estamos aislados: como parte de nuestra experiencia tenemos la obligación de vivir en una sociedad de la cual sólo somos un segmento. Por lo tanto, muchas de las decisiones y los actos que forman parte de nuestro patrón de conducta no están limitados exclusivamente a nosotros como individuos.
Contamos a otros nuestros problemas y analizamos con ellos su posible solución. Por consiguiente, las decisiones que tomamos no están basadas sólo en nuestras conclusiones personales, sino también en los consejos y las sugerencias que nos dan esas otras personas. Es así como nuestra vida se vuelve aún más compleja, porque resulta más difícil averiguar el origen de todos nuestros patrones de conducta y de los procesos de nuestro pensamiento.
Sin embargo, esto no quiere decir que las circunstancias o las condiciones que podrían causarme sufrimiento sean ocasionadas por el karma que me han transferido otras personas, sin importar cuan íntima o superficial sea mi relación con ellas. La manifestación del karma es un proceso individual.
Si actúo, aun cuando lo haga de buena fe, de acuerdo con el consejo de personas a quienes respeto mucho y con las que estoy íntimamente relacionado, ese hecho no me libera de la responsabilidad de mis actos. Si alguien me dijera que ha descubierto una llama que no quema, y a fin de comprobarlo pongo el dedo en ella y me quemo, la quemadura no será menos grave que si hubiera puesto el dedo en la llama por mi propia decisión y sin que nadie me lo sugiriera.
El patrón de nuestra vida depende de nuestra propia experiencia. La evolución es un proceso de grupo, pero toma lugar en cada célula individual de todo ser vivo. Nuestra evolución psíquica, mental y social también toma lugar dentro de los confines de nuestro ser individual. El funcionamiento del karma tiene como propósito que aprendamos de nuestros errores a fin de que evolucionemos más. Al reconocer que hemos cometido errores pero que también hemos tomado decisiones acertadas, compensamos hasta cierto grado los actos y los pensamientos del pasado. Cuando nos damos cuenta de que podemos compensar, estamos en condiciones de agregar otro ladrillo’ blanco a la estructura de nuestra personalidad.

http://www.amorc.es

Yo si creo, que tenemos que pedir perdón

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Brevísima relación de la destruición de las Indias.

Colegida por el obispo don fray Bartolomé de las Casas o Casaus, de la orden de Santo Domingo. Año 1552

Prólogo del obispo don fray Bartolomé de las Casas o Casaus para el muy alto y muy poderoso señor el príncipe de las Españas don Felipe, nuestro señor.

De la isla Española:

En la isla Española, que fue la primera, como dejimos, donde entraron cristianos y comenzaron los grandes estragos y perdiciones destas gentes y que primero destruyeron y despoblaron, comenzando los cristianos a tomar las mujeres e hijos a los indios para servirse y para usar mal dellos y comerles sus comidas que de sus sudores y trabajos salían, no contentándose con lo que los indios les daban de su grado conforme a la facultad que cada uno tenía, que siempre es poca, porque no suelen tener más de lo que ordinariamente han menester y hacen con poco trabajo, y lo que basta para tres casas de a diez personas cada una para un mes, come un cristiano y destruye en un día, y otras muchas fuerzas y violencias y vejaciones que les hacían, comenzaron a entender los indios que aquellos hombres no debían de haber venido del cielo; y algunos escondían sus comidas, otros sus mujeres e hijos, otros huíanse a los montes por apartarse de gente de tan dura y terrible conversación. Los cristianos dábanles de bofetadas y de palos, hasta poner las manos en los señores de los pueblos; y llegó esto a tanta temeridad y desvergüenza que al mayor rey señor de toda la isla, un capitán cristiano le violó por fuerza su propia mujer.

De aquí comenzaron los indios a buscar maneras para echar los cristianos de sus tierras. Pusiéronse en armas, que son harto flacas y de poca ofensión y resistencia y menos defensa (por lo cual todas sus guerras son poco más que acá juegos de cañas y aún de niños). Los cristianos, con sus caballos y espadas y lanzas comienzan a hacer matanzas y crueldades extrañas en ellos. Entraban en los pueblos ni dejaban niños, ni viejos ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban y hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio o le cortaba la cabeza de un piquete39 o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros daban con ellas en ríos por las espaldas riendo y burlando, y cayendo en el agua decían: «¿Bullís, cuerpo de tal?»40 Otras criaturas metían a espada con las madres juntamente y todos cuantos delante de sí hallaban. Hacían unas horcas largas que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a honor y reverencia de nuestro Redentor y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego los quemaban vivos. Otros ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca; pegándoles fuego así los quemaban. Otros, y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos y dellas llevaban colgando, y decíanles: «Andad con cartas», conviene a saber41: «Llevá las nuevas a las gentes que estaban huidas por los montes».

Comúnmente mataban a los señores y nobles desta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos, en aquellos tormentos desesperados se les salían las ánimas. Una vez vide que teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales señores (y aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros) y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le impidían el sueño, mandó que los ahogasen, y el alguacil, que era peor que verdugo, que los quemaba (y sé cómo se llamaba y aun sus parientes conocí en Sevilla) no quiso ahogallos, antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen, y atizóles el fuego hasta que se asaron de espacio como él quería.

Yo vide todas las cosas arriba dichas y muchas otras infinitas, y porque toda la gente que huir podía se encerraba en los montes y subía a las sierras huyendo de hombres tan inhumanos, tan sin piedad y tan feroces bestias, extirpadores y capitales enemigos del linaje humano, enseñaron y amaestraron lebreles, perros bravísimos que en viendo un indio lo hacían pedazos en un credo, y mejor arremetían a él y lo comían que si fuera un puerco. Estos perros hicieron grandes estragos y carnecerías. Y porque algunas veces, raras y pocas, mataban los indios algunos cristianos con justa razón y santa justicia, hicieron ley entre sí que por un cristiano que los indios matasen habían los cristianos de matar cien indios.

Las Oréades: la leyenda del Eco y de Narciso.

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Las Oréades son ninfas de la mitología griega. No son diosas, mejor dicho, porque son mortales pero viven varios millares de años y están consideradas como espíritus de la naturaleza.

Despreocupadas y condescendientes, siempre excepcionalmente bonitas y graciosas, las Oréades fertilizan la naturaleza por todas partes donde se encuentran: los bosques, los valles o las montañas, los ríos, los estanques…..Protegen los enamorados, son a veces curanderas, y como musas, inspiran los hombres.

Cazadoras, pero también pueriles, emotivas, sensuales, son capaces de morir por amor. Las Oréades, y las ninfas son en general representadas desnudas o casi desnudas y representan la mujer ideal.

Las Oréades: la leyenda del Echo y de Narciso.

Echo es la más conocida de las Oréades. Por la voluntad de la diosa Hera, Eco  podía solamente repetir las ultimas silabas de las palabras que escuchaba. Un día, se enamoró del famoso Narciso, quien la rechazó, y ella murió de pena. Se dice que se transformó entonces en peñón.

Pero Eco se vengó y hizo de tal manera que Narciso se enamore de su propia imagen, y que caiga en la locura.

En El Alquimista, Paolo Coelho menciona Narciso, Las Oréades… y un lago.

‘ »Narciso era un bonito joven quien iba todos los días a contemplar su propia imagen en el agua del lago. Estaba tan fascinado por su propia belleza que un día se cayó en el lago y se ahogó. Una flor nació en el lugar donde se cayó, esa flor fue llamada narciso.

Pero no es de esa manera que Oscar Wilde acabó la historia.

Dijo que al muerte de Narciso, las Oreadas, divinidades de madera, vinieron a la orilla de ese lago de agua dulce y lo encontraron transformado en una urna llena de lagrimas amargas.

« ¿Por qué estas llorando? Le preguntaron las Oreadas.

– Estoy llorando por Narciso, el lago contestó.

– Eso no nos sorprende mucho, ellas dijeron. Aun siempre lo perseguíamos en los bosques, tu eras el único a poder contemplar su belleza.

– ¿Narciso era tan bonito? El lago preguntó.

– ¿Quién más que tú podía saberlo? Las Oreadas replicaron, sorprendidas. Se inclinaba sobre tus orillas, las tuyas, cada día!

El lago se quedó sin decir nada durante un momento. Después:

« Lloro a Narciso, pero nunca me había dado cuenta que Narciso era bonito. Lloro por Narciso porque, cada vez que se inclinaba sobre mi orilla, podía ver en el fondo de sus ojos, la imagen de mi propia belleza. »

Tetis. La historia de una Nereida.

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Muchas fuentes en todo el mundo están decoradas con estatuas de ninfas, mujeres desnudas propias del agua. ¿Pero quienes eran las ninfas en la mitología griega? Eran deidades femeninas asociadas siempre a un sitio concreto. No eran diosas propiamente dichas sino espíritus divinos  asociados con la naturaleza cuyo número es realmente infinito. Aún así podemos hablar de dos clases de ninfas: las ninfas de primera clase y las de segunda clase.

Las ninfas de primera clase son a su vez de varias especies pues hay ninfas de montañas, ninfas de bosques y bosquecillos, ninfas de árboles y ninfas de agua.  Entre estas últimas contamos las nereidas, las ninfas del Mediterráneo  y las oceánides, las del océano. Las ninfas de segunda clase son aquellas que guardan relación con localidades o razas. A ambas por igual la gente rendía sacrificios y entre las ninfas acuáticas se destaca una bonita nereida llamada Tetis.

De todas ellas las que más se destacaban eran Tetis, madre de AquilesAnfitrite la más bella de todas, esposa del dios del mar Poseidón y madre de los tritones; por último está Galatea quien se había enamorado del monstruoso cíclope Polifemo.

Sobre Tetis vale hacer una aclaración interesante, ella fue la ninfa más codiciada por el dios Zeus pero nunca tuvo el coraje para seducirla ya que las profecías aseguraban que un hijo de Tetis sería aún más poderoso que su padre.