El miedo a la libertad crea el orgullo de ser esclavo

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ERICH Fromm fue un destacado psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista que escribió “El miedo a la libertad”. Sería imposible exponer la tesis que subyace de este genial estudio en la presente columna de opinión. Sin embargo rescataré una de las reflexiones que se encuentran en sus páginas para abordar uno de los dramas que debe solucionar el cristianismo, creo, si pretende “hacer las cosas como Dios manda”; nunca mejor dicho. El hecho en cuestión es que muchos que nos confesamos seguidores de Cristo vivimos resignados a ser felices en la verdadera libertad que obtenemos en la resurrección de nuestro Señor. Siguiendo al autor de la citada obra, expongo mi argumento.

Según Fromm, el derrumbamiento de la sociedad feudal dejó al individuo libre. Pero esta libertad tuvo un resultado inesperado. El hombre fue privado de la seguridad de que gozaba, del incuestionable sentimiento de pertenencia y se vio arrancado de aquel mundo que había satisfecho su anhelo de seguridad tanto económica como social. Era libre de obrar y pensar con independencia, de hacerse dueño de sí mismo y de hacer de su propia vida todo lo que era capaz de hacer, y no lo que otros le mandaban hacer.

Aún así nos encontramos con un carácter ambiguo de la libertad: el hombre es liberado de la esclavitud que entraña los lazos económicos y políticos, pero a la vez se ha liberado de aquellos vínculos que le otorgaban seguridad y un sentimiento de pertenencia. El mundo se ha vuelto ahora ilimitado y, al mismo tiempo, amenazador. Sus relaciones con los demás hombres, ahora que cada uno es un competidor potencial, se han tornado lejanas y hostiles. La nueva libertad está destinada a crear un sentimiento profundo de inseguridad, de duda y de soledad. Así que estos sentimientos deben ser aliviados si el individuo ha de obrar con éxito.

¿Cuál ha sido la opción de muchos de nuestros contemporáneos? Volver la mirada hacia atrás, como la mujer de Lot, añorando la vida pasada; o bien construir falsos ídolos que nos devuelvan la seguridad, tal y como sucedió con el pueblo de Israel cuando fueron liberados por Moisés.

Pues bien, del mismo modo, muchos creyentes han perdido la esperanza cristiana de que en la resurrección de Cristo el ser humano es liberado de todas las ataduras de este mundo, de aquello que nos esclavizaba. Y la postura es constatable: ¡Estamos resignados a ir al cielo!

Por eso les pregunto: ¿realmente queremos ser libres?

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