Lo verdaderamente aborrecible es el cielo.

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No pretendo ofender, mas si defender a los que, por razones inicuas, han sido expulsados de la eternidad.

Hay enseñanzas religiosas de la infancia que, inevitablemente, revisamos con los años. No me refiero al pecado que se manifiesta en todo y en todos, no, ni siquiera al cruel y absurdo pecado original que, a lo largo y ancho del planeta, condenó al infierno a millones de inocentes que nunca recibieron el bautismo y abandonaron este mundo, rumbo a las oquedades flamígeras. Ni siquiera aborrezco la confesión que, años después, descubrí en las tradiciones iniciáticas de masones y rosacruces, aunque la primera, se refiere a una introspección ordenada y rígida, como arquetipos platónicos, delimitados por mandamientos y otros moldes ideales. Claro, el pecado adjetivado, siempre deja escapatoria. Me refiero al que se adjetiva como “venial” palabra construida, a su vez, con ese imposible prefijo que significa perdón, pues no hay venia en la eternidad.

Lo verdaderamente aborrecible es el cielo.

El exclusivo abominable cielo. Un cielo que, sin duda, se vio en la necesidad de competir con, el no menos exclusivo, cielo hebreo, Olimpo limitado al elegido entre los pueblos. Descubrí, con el tiempo, que existiría otro cielo más democrático y poblado por incontables santos.

Me pregunto cómo será el cielo de los herejes cátaros, perseguidos por Luis Rey de Francia y por el cruel y victimario Simón de Monfort. O el cielo del hereje Giordano Bruno que, desde el Campo di Fiori romano, donde fue quemado, ha vencido el tiempo y es guardián de la única plaza de Roma sin iglesia. O el cielo del mago, médico y filósofo Enrique Cornelio Agrippa que pasó la vida huyéndole a la hoguera católica. O el del comunista Neruda, cuya poesía no tiene poder para abrir las puertas del cielo eclesiástico.

Así mismo, me pregunto qué será del cielo masónico, donde residen los que son amados y honrados en los grandes panteones del mundo, donde moran casi todos los padres de la Patria americana. Y el de Einstein y Freud que, por judíos, tenían las puertas cerradas a ese lugar “maravilloso” en el cual, según la más estricta óptica, tendrían que compartir sus tertulias con “interesantes” personajes como Hitler y su cómplice Eugenio Pacelli, o con “gratos” personajes como Savonarola o De l´Ancre, el carnicero del Santo Oficio. Me pregunto si existirá el cielo hedonista de Byron y los Shelley, navegando en un velero celeste.

Debe existir, me imagino, un cielo cosmopolita, de hombres buenos e idolátricos. Una especie de cielo eterno y multinacional. Corporativo, al menos, digamos. Ese cielo de los poetas malditos y de los que, por negar la eternidad, la han conseguido, gracias a esa ley del universo que afirma la inevitable equivalencia de una fuerza contraria a toda acción. Debe existir, en esos cielos pueriles, algún palatino de los réprobos.

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