Donde vive la Muerte.

Peñafiel

“Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre.”

Reconozco que cada vez me gustan más los cementerios, no porque contengan muerte, sino porque culminan muchas vidas de gente que me antecedieron y que, como a hombros de gigantes, nos han elevado. Por eso, en ocasiones, soy capaz de desviarme algunos kilómetros o de andar a lo largo de las ciudades para visitar sus cementerios, para rendirles culto a sus antiguos pobladores o sencillamente unos minutos de atención. Y no sólo para visitar tumbas de ilustres y egregios hombres y mujeres a los que sin duda la historia conserva muy vivos, sino de todos aquellos de los que queda sólo el nombre en sus lápidas y las fechas en las que por esos nombres llamaban a sus portadores.

Hace 75.000 años, los neandertales enterraban ya a sus muertos. Este dato indica la aparición de la conciencia humana, la conciencia de la muerte, el control del tiempo, el echar de menos a aquellos con los que compartimos la vida, aquellos que nos la dieron y nos transmitieron conocimientos y afectos, la cultura humana. Sin duda, lo más propiamente humano es la conciencia de la muerte, de la contingencia de la vida, de que nada de lo que ha pasado volverá a suceder en los mismos términos. El vínculo que nos une con nuestros antepasados nos dispone en una línea continua que denominamos tradición. Una línea de afectos y emociones que nos lleva a pensar que aquellos con los que compartimos nuestra vida seguirán de un modo u otro cerca, cuidándonos aún, o muy lejos, tan lejos que ya no nos harán más mal.

El sentimiento religioso propio del ser humano se funda en el culto a los antepasados y en las potencias misteriosas de la naturaleza que se nos escapan y nos sobrepasan. A éstas las personificamos con dioses; a nuestros ancestros, a quienes conocimos y fueron nuestros pares, los dejamos descansar en lugares localizados adonde en ocasiones volvemos en paseos rituales para renovar un vínculo que ya no ocurre, pero que, no obstante, no ha desaparecido por completo.
Los cementerios son las ciudades de los muertos y conforman un paisaje extraordinario y paradójico. Paradójico porque consta de dos dimensiones: una real, el lugar tranquilo y hermoso que la muerte impone y por la que la belleza es posible. Porque la belleza requiere de un marco que es la muerte. Porque para que algo sea bello requiere del contraste de su fin, de su contingencia. ¡Cuántos seres hermosos descansarán bajo sus lápidas! ¿Qué vidas habrán tenido? ¿Qué trato les darán aún los vivos? Por eso los cementerios son hermosos en su calma plácida, en el silencio de tantas historias ya terminadas. Edificaciones para el recuerdo callado que, a lo sumo, en una sentencia, resumen el deseo de una vida.

Cementerios, ciudad de los muertos, que permiten también un análisis sociológico de cómo vivieron sus moradores, de cómo tratan los vivos a sus muertos, de cómo hasta los muertos terminan en las ruinas que será, al final, el destino de todo lo humano. Porque cuando los vivos de los muertos mueren ya no queda memoria y esa memoria perdida, la tradición de los sin nombre que reclama Benjamin como la tarea de la historia, se diluye entre las ruinas de aquellas tumbas que el tiempo devora, creando, a menudo, nueva belleza.

Tu padre yace enterrado bajo cinco brazas de agua;
Se ha hecho coral con sus huesos;
Los que eran ojos son perlas.
Nada de él se ha dispersado,
Sino que todo ha sufrido la transformación del mar
En algo rico y extraño.

Shakespeare, La tempestad, I, 2.

Y aquí emerge la segunda dimensión paradójica del cementerio, la que nos muestra un paisaje extraordinario. Una dimensión virtual que recorre los tiempos y concreta en el más inmediato presente la historia de la humanidad. Tumbas que se convierten en lugares de culto, reliquias que santificamos, fiestas de los muertos, recuerdos de tragedias y holocaustos. Actos de resistencia ante el injusto reparto de los sagrado y lo profano. Un cementerio es exactamente un acto de resistencia ante la muerte, como lo es el arte o la literatura, como lo es la lucha y el combate por la supervivencia.

Porque los cementerios no son sino la lucha del hombre por la supervivencia. Y bajo los paseos bordeados de altos cipreses se amontonan los nombres de los hombres cuyas vidas consideramos valiosas y les rendimos culto. Por eso es también comprensible no localizar el descanso del infame.

Sí, me gusta pasear por los cementerios para honrar a mis muertos, pues todos son míos al fin y al cabo, y porque entre sus caminos sombreados recuerdo a los que, muertos en vida, ya no podré localizar, ¡ojalá en el más lejano tiempo!, su tumba y ni siquiera podré rendirles culto ni acudir a decirles que los echo de menos.

 

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