El enigma del Portador de la Luz ( 1 )

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Un velo gris envuelve todo lo que tiene que ver con Lucifer y es como si todo el mundo tuviera miedo de levantar aunque sea una esquina de este velo. Ese temor, en realidad, no es otra cosa que la incapacidad de penetrar en el reino de las tinieblas. Ahora, esa incapacidad, por su parte, reside, simplemente, en el orden natural existente, ya que aquí tampoco le es posible al espíritu humano profundizar mucho, sino que se encuentra con una barrera que está dada por su condición. Como mismo no puede llegar hasta las más altas cumbres, tampoco es posible para él penetrar hasta lo hondo de las profundidades, ni nunca lo será.

Así que como sustituto de lo que falta, la fantasía crea seres de todo tipo. La gente habla del diablo de la manera más descabellada, llamándolo ángel caído y desterrado, encarnación del principio maligno y otras cosas más. De la verdadera esencia de Lucifer la gente no sabe nada, ello pese a que el espíritu humano se ve afectado por él y, de ese modo, acaba a menudo en la vorágine de un tremendo conflicto, conflicto que puede ser calificado de lucha.

Aquellos que hablan de ángel caído, y también los que hablan de encarnación del principio maligno, son los que más se acercan a la realidad. Solo que aquí hay igualmente una falsa postura que le da una imagen falsa a todo. Las palabras «encarnación del principio maligno» nos hacen pensar en el cenit, el clímax, la encarnación viva de todo lo malo, o sea, el colofón, la culminación perfecta. Lucifer, empero, es todo lo contrario, es el origen del principio falso, es el punto de partida y la fuerza motriz. Uno no debe llamar tampoco principio maligno a ese principio que se origina en él, sino principio falso; falso queriendo decir erróneo, incorrecto. El campo de acción de este principio erróneo es la Creación material. En lo material es donde único confluyen las actuaciones de lo luminoso y de lo oscuro, o sea, los dos principios opuestos, y allí repercuten constantemente en el alma humana mientras ésta atraviesa la materia con miras a su desarrollo. Según a quién el alma humana, por deseo propio, se entregue en mayor medida, de ello dependerá si ésta habrá de subir a la Luz o hundirse en las tinieblas.

El abismo que separa a la Luz de las tinieblas es inmenso. Dicho abismo es llenado por la Creación material, la cual está sujeta a la transitoriedad de las formas, o sea, está sujeta a la desintegración de las formas existentes y a la regeneración.

Dado que, según las leyes que la voluntad de Dios Padre ha puesto en la Creación, un ciclo sólo puede considerarse como cerrado y cumplido cuando el cabo de dicho ciclo retorna al punto de partida, el periplo de un alma humana sólo puede considerarse como cumplido cuando dicha alma retorna a la esfera de lo espiritual-sustancial, que es la que más cerca se encuentra de la Luz Primordial, ya que su simiente espiritual salió de esta esfera espiritual-sustancial. Si se deja desviar hacia las tinieblas, corre entonces el peligro de ser llevado más allá del último círculo de su periplo normal y ser arrastrado hacia la oscuridad, viéndose al final imposibilitado de volver a encontrar el camino de la ascensión. Ahora, tampoco le es posible ir más allá de la oscuridad etérea más densa y más profunda y, cruzando la última frontera en sentido descendente, abandonar la materia, como sí le es posible hacer en sentido ascendente, para terminar entrando al reino de lo espiritual-sustancial, ya que éste es su punto de partida; y entonces acaba, por tanto, siendo arrastrado de manera ininterrumpida por el formidable ciclo de la Creación, el cual lo lleva hacia la desintegración, ya que esa vestidura etérea suya de índole oscura y, por ende, densa y pesada –vestidura a la que también se le llama cuerpo etéreo– lo retiene. Esta desintegración disuelve la personalidad espiritual que el espíritu en cuestión había ganado en su trayecto por la Creación, de manera que dicho espíritu sufre la muerte espiritual y es pulverizado y convertido en simiente espiritual originaria.

Lucifer en particular se encuentra fuera de la Creación material y, por tanto, no es arrastrado a la desintegración –como sí les sucede a las víctimas de su principio–; ya que él es eterno. Lucifer proviene de una región de lo divino-sustancial. El conflicto se inició tras el comienzo del surgimiento de toda la materia. Habiendo sido enviado para servirle de apoyo a lo espiritual-sustancial en la materia y para ayudarlo en su desarrollo, no cumplió esta encomienda en el sentido de la voluntad creadora de Dios Padre, sino que escogió caminos diferentes a los que esta voluntad creadora le había trazado, llevado por la volición pedante que desarrolló mientras trabajaba en la materia.

Abusando de la fuerza que le fue dada, introdujo el principio de la tentación en lugar del principio de la ayuda y apoyo, que es sinónimo de amor servicial. Amor servicial en el sentido divino, que nada tiene que ver con el servicio servil, sino que sólo tiene presente la ascensión espiritual del prójimo y, con ello, su felicidad eterna, y actúa en consecuencia.

El principio de la tentación, en cambio, es sinónimo de tender trampas, las cuales hacen que las criaturas que no son lo suficientemente fuertes tropiecen con facilidad, caigan y acaben perdiéndose, mientras que las demás, por otro lado, ganan en viveza y fuerza y, experimentando un vigoroso florecimiento, ascienden en pos de las cumbres espirituales. Todo lo endeble, empero, queda, de antemano e irremediablemente, a merced de la destrucción. Este principio no conoce ni bondad ni misericordia; está desprovisto del amor de Dios Padre y, con ello, de la más formidable fuerza pujante y el más sólido apoyo que hay.

La tentación en el paraíso que se describe en la Biblia muestra el efecto de la aplicación del principio de Lucifer, al representar cómo, a través de la tentación, se trata de poner a prueba la firmeza y la entereza de la pareja humana, a fin de empujarlos rápida y despiadadamente al camino de la destrucción ante la más mínima vacilación.

Mostrar entereza hubiera sido ajustarse gozosamente a la voluntad divina, la cual radica en las simples leyes naturales o de la Creación. Y esa voluntad, ese mandamiento divino era del perfecto conocimiento de la pareja humana. El no vacilar hubiera sido al mismo tiempo un reconocimiento y un acatamiento de dichas leyes, que es como único el hombre puede sacarles provecho debidamente y sin restricción y convertirse así en «señor de la Creación», ya que «se mueve con ellas». Todas las fuerzas le servirán cuando él no les haga oposición, y trabajarán automáticamente a su favor. En ello consiste el cumplimiento de los mandamientos del Creador, los cuales no persiguen otra cosa que el inalterable y desembarazado sostenimiento y conservación de todas las posibilidades de desarrollo que hay en Su majestuosa obra. La envergadura de este simple acatamiento no se queda ahí: el mismo constituye también una colaboración con conocimiento de causa en la sana continuación del desarrollo de la Creación o del mundo material.

Aquel que no cumpla con ello constituye un obstáculo y, o bien habrá de dejarse pulir hasta alcanzar la forma correcta, o bien irá a parar entre las ruedas del mecanismo del Universo, o sea, entre las leyes de la Creación, siendo así triturado. Aquel que no quiera doblegarse habrá de quebrarse, ya que el mecanismo no puede detenerse.

Lucifer no quiere tener la bondad de esperar el fortalecimiento y maduración graduales de la criatura, no quiere ser el amoroso jardinero que debería ser y que protege, rodriga y cuida las plantas a su cargo, sino que con él se hizo realidad la expresión: «encomendar las ovejas al lobo». Lucifer busca la aniquilación de toda debilidad y no muestra piedad alguna en la persecución de este objetivo.

Al mismo tiempo, siente desprecio por las víctimas que sucumben a sus trampas y tentaciones y abriga el deseo de que se pierdan con todas esas debilidades que muestran.

También siente repulsión por el envilecimiento y la bajeza que estas víctimas caídas ponen en los efectos de su principio; puesto que sólo los hombres convierten dichos efectos en la abominable abyección en que éstos se manifiestan y, de ese modo, incitan a Lucifer aún más a ver en ellos criaturas que solo merecen la destrucción, y no amor y cuidados.

Y no es poco lo que contribuye a la realización de dicha destrucción ese principio de apurar los goces de la vida que, como consecuencia natural, acompaña al principio de la tentación. El principio de apurar los goces de la vida se cumple en las regiones más bajas de las tinieblas, pero ya está siendo adoptado terrenalmente por diferentes practicantes del llamado psicoanálisis, en la asunción de que también en la Tierra el apurar los goces de la vida libera y madura.

CONTINUARA

 

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