Donde vive la Muerte.

Peñafiel

“Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre.”

Reconozco que cada vez me gustan más los cementerios, no porque contengan muerte, sino porque culminan muchas vidas de gente que me antecedieron y que, como a hombros de gigantes, nos han elevado. Por eso, en ocasiones, soy capaz de desviarme algunos kilómetros o de andar a lo largo de las ciudades para visitar sus cementerios, para rendirles culto a sus antiguos pobladores o sencillamente unos minutos de atención. Y no sólo para visitar tumbas de ilustres y egregios hombres y mujeres a los que sin duda la historia conserva muy vivos, sino de todos aquellos de los que queda sólo el nombre en sus lápidas y las fechas en las que por esos nombres llamaban a sus portadores.

Hace 75.000 años, los neandertales enterraban ya a sus muertos. Este dato indica la aparición de la conciencia humana, la conciencia de la muerte, el control del tiempo, el echar de menos a aquellos con los que compartimos la vida, aquellos que nos la dieron y nos transmitieron conocimientos y afectos, la cultura humana. Sin duda, lo más propiamente humano es la conciencia de la muerte, de la contingencia de la vida, de que nada de lo que ha pasado volverá a suceder en los mismos términos. El vínculo que nos une con nuestros antepasados nos dispone en una línea continua que denominamos tradición. Una línea de afectos y emociones que nos lleva a pensar que aquellos con los que compartimos nuestra vida seguirán de un modo u otro cerca, cuidándonos aún, o muy lejos, tan lejos que ya no nos harán más mal.

El sentimiento religioso propio del ser humano se funda en el culto a los antepasados y en las potencias misteriosas de la naturaleza que se nos escapan y nos sobrepasan. A éstas las personificamos con dioses; a nuestros ancestros, a quienes conocimos y fueron nuestros pares, los dejamos descansar en lugares localizados adonde en ocasiones volvemos en paseos rituales para renovar un vínculo que ya no ocurre, pero que, no obstante, no ha desaparecido por completo.
Los cementerios son las ciudades de los muertos y conforman un paisaje extraordinario y paradójico. Paradójico porque consta de dos dimensiones: una real, el lugar tranquilo y hermoso que la muerte impone y por la que la belleza es posible. Porque la belleza requiere de un marco que es la muerte. Porque para que algo sea bello requiere del contraste de su fin, de su contingencia. ¡Cuántos seres hermosos descansarán bajo sus lápidas! ¿Qué vidas habrán tenido? ¿Qué trato les darán aún los vivos? Por eso los cementerios son hermosos en su calma plácida, en el silencio de tantas historias ya terminadas. Edificaciones para el recuerdo callado que, a lo sumo, en una sentencia, resumen el deseo de una vida.

Cementerios, ciudad de los muertos, que permiten también un análisis sociológico de cómo vivieron sus moradores, de cómo tratan los vivos a sus muertos, de cómo hasta los muertos terminan en las ruinas que será, al final, el destino de todo lo humano. Porque cuando los vivos de los muertos mueren ya no queda memoria y esa memoria perdida, la tradición de los sin nombre que reclama Benjamin como la tarea de la historia, se diluye entre las ruinas de aquellas tumbas que el tiempo devora, creando, a menudo, nueva belleza.

Tu padre yace enterrado bajo cinco brazas de agua;
Se ha hecho coral con sus huesos;
Los que eran ojos son perlas.
Nada de él se ha dispersado,
Sino que todo ha sufrido la transformación del mar
En algo rico y extraño.

Shakespeare, La tempestad, I, 2.

Y aquí emerge la segunda dimensión paradójica del cementerio, la que nos muestra un paisaje extraordinario. Una dimensión virtual que recorre los tiempos y concreta en el más inmediato presente la historia de la humanidad. Tumbas que se convierten en lugares de culto, reliquias que santificamos, fiestas de los muertos, recuerdos de tragedias y holocaustos. Actos de resistencia ante el injusto reparto de los sagrado y lo profano. Un cementerio es exactamente un acto de resistencia ante la muerte, como lo es el arte o la literatura, como lo es la lucha y el combate por la supervivencia.

Porque los cementerios no son sino la lucha del hombre por la supervivencia. Y bajo los paseos bordeados de altos cipreses se amontonan los nombres de los hombres cuyas vidas consideramos valiosas y les rendimos culto. Por eso es también comprensible no localizar el descanso del infame.

Sí, me gusta pasear por los cementerios para honrar a mis muertos, pues todos son míos al fin y al cabo, y porque entre sus caminos sombreados recuerdo a los que, muertos en vida, ya no podré localizar, ¡ojalá en el más lejano tiempo!, su tumba y ni siquiera podré rendirles culto ni acudir a decirles que los echo de menos.

 

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LA CONDESA SANGRIENTA

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LA CONDESA SANGRIENTA, ELIZABETH BÁTHORY (1560-1614)

En las oscuras tierras de Transilvania, los cuentos y leyendas de terror acerca de vampiros y hombres lobo se entrecruzan con la horrible existencia real de hombres y mujeres que pasaron a formar parte de la triste historia de los asesinos en serie. Una de ellas, una condesa de alta cuna, conocida con el sobrenombre de “la condesa sangrienta”, ostenta un terrible récord de asesinatos, más de 650, en una macabra búsqueda de la belleza. No en vano, se la considera la peor depredadora que haya tenido la historia del crimen1.

Aristocracia, educación y esoterismo
Erzsébet o Elizabeth Báthory nació en Nyírbátor, Hungría, el 7 a agosto de 1560 en el seno de una de las familias aristocráticas más importantes de Transilvania. Su tío Esteban I Báthory, príncipe de Transilvania, se convirtió en rey de Polonia a finales del siglo XVI.

Elizabeth recibió una amplia y exquisita educación aunque también estuvo en contacto desde su más tierna infancia con la alquimia y el esoterismo, prácticas ampliamente practicadas por algunos miembros de su dinastía.

Esposa del Héroe Negro, amante del Vampiro
En 1575, cuando Elizabeth era una joven de 15 años de edad, se casó con el conde Ferecz Nádasdy, de 20. La pareja se trasladó a vivir al solitario castillo de Csejthe donde Elizabeth quedó prácticamente recluida. Ferecz era un soldado que pasaba largas temporadas en las constantes guerras que asolaban el país. Sus prácticas crueles con sus enemigos le valieron el apodo de “El héroe negro”.

La existencia de la condesa se hizo tediosa y solitaria. Sin poder salir de su castillo por orden expresa de su marido, Elizabeth empezó a intentar escaparse por diversión, hecho que consiguió en varias ocasiones en las que vivió alguna que otra aventura, entre ellas, una fugaz con un excéntrico joven conocido como “el vampiro” por su extraño aspecto y vestimentas2.

Tras los muros de su castillo, la condesa se rodeó de extraños sirvientes con los que practicó experimentos brujeriles y relacionados con la alquimia. Entre ellos, una bruja llamada Dorkó y su antigua nodriza, Jó Ilona, quien empezó a aconsejar a su señora el uso de la sangre para evitar los efectos del paso del tiempo. En aquel tiempo, Elizabeth ya empezó a martirizar a sus sirvientas con los más retorcidos métodos como cubrirlas de miel y dejarlas en medio de un jardín para deleite de los insectos o dejarlas en el frío invierno fuera mientras las congelaba con gélidos cubos de agua hasta convertirlas en auténticas estatuas de hielo. En sus castillos transilvanos de Csejthe y Varannó, la Báthory tuvo todo el tiempo y la soledad del mundo para desarrollar sus aficiones hasta un grado de sofisticación sádica escalofriante3.

Pasaron más de 10 años de matrimonio hasta que la condesa se convirtió en madre por primera vez de una niña llamada Anna. Tras ella vendrían Úrsula, Catalina y Pablo. A pesar de que la maternidad la alejó de sus extrañas actividades, una obsesión rondaba su cabeza desde hacía tiempo. El inefable paso del tiempo, el envejecimiento de su cuerpo, empezaban a preocupar a Elizabeth de un modo que terminaría convirtiéndose en enfermizo.

El baño de sangre
La muerte de su esposo el 4 de enero de 1604 radicalizó las actuaciones crueles de la condesa. Viuda, se dio al vicio de enamorarse de sí misma4.

La locura y sadismo de Elizabeth se desencadenó cuando una de sus desdichadas sirvientas le dio un desafortunado tirón de pelos mientras la peinaba. La bofetada que le propinó su señora le provocó una herida. La sangre le salpicó a Elizabeth en la mano quien fue pronto presa de la excitación al creer que la zona de la piel manchada se hizo más tersa y blanca. A la mente de Elizabeth volvieron las tétricas palabras de su nodriza y no dudó en desangrar a la torpe sirvienta y prepararse una bañera con su sangre en la que se sumergió. Ese sería el primero de una larga lista de asesinatos para abastecerse de la sangre suficiente que le daría la eterna juventud. En su paranoica locura no se conformó pues, para no frotarse con toallas que disminuyeran el efecto de la sangre, obligaba a otras sirvientas a lamerle el cuerpo. A estas más les valía no mostrar rechazo ni repugnancia pues el castigo sería peor. Torturarlas hasta la muerte fue una práctica que no dudó en llegar a cabo la condesa.

En aquella espiral de muerte y depravación, Elizabeth Báthory se hizo con una serie de artilugios como un terrible sarcófago conocido como la Dama de Hierro en el que introducía a sus víctimas que sufrían el pinchazo de los múltiples clavos que recubrían su interior.

Durante más de 10 años, los campesinos del lugar veían el carruaje de la condesa deambular por sus tierras en busca de pobres muchachas engañadas con la promesa de una vida mejor a la dura existencia del campo. Y las que se negaban, eran drogadas y obligadas a la fuerza a acompañar a Elizabeth a un castillo del que a buen seguro nunca más saldrían con vida. La gran cantidad de cadáveres fueron primero enterrados con cuidado en las inmediaciones de la fortaleza pero al final, la Báthory y sus cómplices no tuvieron reparo en dejarlos en los campos sin ningún problema. A pesar de que la población cercana empezó a sospechar de la desaparición constante de muchas de sus hijas, la alta cuna de la que provenía la condesa hizo que ésta pudiera continuar con sus prácticas asesinas de manera impune.

Un error de cálculo
Pero las jóvenes muchachas se fueron terminando y la sed de sangre de Elizabeth la llevó a cometer un grave error. No dudó, desesperada por conseguir líquido para sus baños y víctimas para sus sangrientas prácticas, recurrir a chicas de la aristocracia. El rey Matías no pudo ya hacer oídos sordos a las historias dramáticas que llegaban de su pariente.

Hombres del rey, dirigidos por el palatino Thurzó, decidieron investigar el caso. Cuando atravesaron los muros de Csejthe se encontraron un horrendo espectáculo de cadáveres torturados, sangre derramada y a la propia condesa disfrutando de uno de sus depravados baños.

La sentencia hecha pública el 17 de abril de 1611 condenaba a Elizabeth Báthory a ser recluida de por vida. No corrieron la misma suerte sus cómplices quienes fueron, todos ellos, ejecutados. La condesa pasó los siguientes 4 años enterrada en vida. Fue emparedada en su propio castillo, sin poder ver la luz del día, aislada completamente, con una sola rendija por la que recibía algo de comida. Moría el 21 de agosto de 1614.

Terminaba así la historia de terror de la Condesa Sangrienta a quien sus más de 650 asesinatos y torturas no le sirvieron más que para sembrar el horror. La supuesta belleza que su nodriza le había prometido de poco o nada le sirvió en su tumba.

 

 

EL ENIGMA DEL PORTADOR DE LA LUZ ( y 2 )

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¡¿Qué terrible sufrimiento, empero, no habría de traer la aplicación de semejante principio en la Tierra?! La desgracia que dicha aplicación habría de causar sería tremenda, ya que en la Tierra no es como en las regiones de las tinieblas, donde solo convive lo que guarda afinidad entre sí, sino que lo oscuro y lo claro viven uno al lado del otro y el uno con el otro. Uno sólo necesita pensar en la vida sexual y cosas por el estilo. Si se le diera rienda suelta a la práctica de este principio entre los hombres, al final tendríamos inevitablemente una Sodoma y Gomorra de la que no habría quién saliera y cuyo final sólo podría ser un horror sin igual.

Pero, aparte de eso, ya hoy uno puede ver numerosas víctimas de enseñanzas similares, víctimas estas que deambulan sin un sostén y cuya pobre conciencia de sí mismas y, a decir verdad, todo su pensar propio han sido completamente desmenuzados y aniquilados allí donde, llenas de confianza, esperaban recibir ayuda. Y acaban como las personas a las que de manera sistemática se les rasga las vestiduras del cuerpo para así obligarlas a ponerse las nuevas ropas que se les ofrece. Tras haber sido desnudadas de semejante forma, la mayoría de tales personas, desgraciadamente, ya no pueden entender por qué deben ponerse nuevas ropas. Debido a la sistemática intromisión en sus cuestiones y derechos más personales, pierden, al cabo del tiempo, su pudor, el cual es un factor sustentador de la conciencia de sí mismo y sin el cual no puede haber nada personal; dicho pudor forma incluso parte de lo personal.

En un suelo tan removido no hay manera de levantar una edificación nueva y firme. Semejantes personas, con algunas contadas excepciones, no vuelven a recuperar su independencia, y ello puede a ratos llegar a hacerles sentirse desvalidas, dado que se les ha privado del poco sostén con que contaban.

Estos dos principios, el de apurar los goces de la vida y el de la tentación, están tan estrechamente ligados que el apurar los goces de la vida tiene obligadamente que venir precedido de la tentación. O sea que es, como quien dice, el acatamiento y la propagación del principio de Lucifer.

El verdadero médico del alma no necesita echar nada abajo. Ese sana primero y después edifica sobre lo existente. El verdadero principio consiste en el cambio de un anhelo falso a través de la comprensión.

Como es lógico, empero, la aplicación de este principio sin amor trajo, por ley natural, la inevitable consecuencia de que Lucifer se fuera separando cada vez más de la voluntad amorosa del Creador todopoderoso, lo cual ocasionó su aislamiento o expulsión de la Luz y, con ello, su caída a regiones cada vez más profundas. Lucifer es alguien que se ha separado de la Luz a través de sus propias acciones, lo cual equivale a ser un expulsado.

La caída hubo igualmente de tener lugar según las leyes primordiales existentes, según la inalterable voluntad sagrada de Dios Padre, ya que no es posible que ocurra de otra manera.

Ahora bien, dado que únicamente la voluntad de Dios Padre, el Creador de todas las cosas, es omnipotente y está también arraigada en la Creación material y en el desarrollo de Ésta, a Lucifer le es posible enviar su principio a la materia, pero las implicaciones de dicho principio solo pueden moverse dentro del marco de las leyes primordiales establecidas por Dios Padre y están obligadas a configurarse en el sentido de éstas.

Así que, si bien es cierto que Lucifer, mediante la persecución de su principio erróneo, puede dar un impulso hacia caminos peligrosos para la humanidad, a él no le es posible, empero, obligar o forzar a los hombres a hacer alguna cosa mientras éstos no se hayan animado a ello voluntariamente.

En realidad, Lucifer sólo puede tentar. Ahora, el hombre como tal ocupa en la Creación material una posición más firme y, por consiguiente, mucho más segura y más vigorosa que lo que la influencia de Lucifer pueda afectarlo jamás. Con ello, todo ser humano está tan protegido que para él es décuplamente vergonzoso el dejarse tentar por esta fuerza que es más débil que él. El hombre debe tener presente que Lucifer se encuentra fuera de la materia, mientras que él se encuentra en un suelo, en un terreno que le es completamente familiar y en el que tiene los pies bien fijados. Para poner en práctica su principio, Lucifer está obligado a servirse de sus tropas auxiliares, las cuales se componen de espíritus humanos que han caído en las tentaciones.

Ahora, todo espíritu humano que aspira a las cumbres no sólo está a la altura de semejantes espíritus, sino que les es muy superior en cuanto a fuerza. Un simple acto volitivo serio basta para hacer desaparecer sin dejar huella a un ejército entero de espíritus de esa calaña; siempre y cuando las tentaciones de éstos no tengan eco o repercusión y les ofrezcan así a ellos un asidero al que aferrarse.

Si la humanidad se esforzara por comprender y acatar las leyes primordiales puestas por el Creador, el poder de Lucifer quedaría completamente anulado. Pero con su manera de ser actual, los hombres, desgraciadamente, afianzan cada vez más su principio, y por consiguiente, la gran mayoría de ellos habrá de perderse.

Para ningún espíritu humano es posible entablar un combate con Lucifer en persona, por la simple razón de que no le es posible llegar hasta él, debido a la diferencia de especies. El espíritu humano sólo puede entrar en contacto con aquellos que han sucumbido a este falso principio, quienes, en esencia, pertenecen a su misma especie.

El origen de Lucifer implica que a él pueda acercársele y enfrentársele personalmente sólo aquel que tenga el mismo origen que él; puesto que únicamente alguien así puede llegar hasta él. Tiene que tratarse de un Enviado de Dios proveniente de lo Divino-Insustancial y lleno de la esencia de esta región, un Enviado de Dios armado de la sagrada seriedad de Su misión y lleno de confianza en el origen de toda fuerza, en Dios Padre mismo.

Esta tarea le ha sido asignada al anunciado Hijo del Hombre.

El combate es personal, cara a cara, y no meramente simbólico, como muchos investigadores deducen de las promesas. Se trata del cumplimiento de la promesa en Parsifal. Lucifer ha usado incorrectamente el poder, la «lanza sagrada», y sirviéndose de su principio, le ha abierto así una dolorosa herida a lo espiritual-sustancial en la figura de la humanidad, que es la chispa y la estribación de lo espiritual-sustancial. Esta lanza le será arrebatada en el combate. Y una vez que esté en las «manos correctas», o sea, una vez que se ponga en marcha la ejecución del verdadero principio del Grial, el principio del amor puro y severo, la lanza sanará la herida causada por ella anteriormente al hallarse en las manos equivocadas, o sea, al ser usada incorrectamente.

Por medio del principio de Lucifer, es decir, por medio del uso incorrecto del poder divino –lo que es lo mismo que decir «al estar la “lanza sagrada” en las manos equivocadas»–, a lo espiritual-sustancial se le ha hecho una herida que no se puede cerrar. Esta idea ha sido reflejada figurativamente en la leyenda con gran acierto; ya que lo que ocurre se asemeja de verdad a una herida abierta que no se cierra.

Pensemos no más en el hecho de que los espíritus humanos, en calidad de inconscientes simientes espirituales o chispas que se encuentran en el borde inferior de lo espiritual-sustancial, se escurren cual fluido en dirección a la materia o, saltando cual chispas, salvan la distancia que los separa de ella, en la expectativa de que esta parte vertida de esa forma, después de haber concluido su periplo por la materia y tras haberse desarrollado y haber despertado a la conciencia personal, regrese, en lo que sería la conclusión del ciclo, a lo espiritual-sustancial. Algo parecido a lo que sucede con la circulación de la sangre en el cuerpo físico-material. El principio de Lucifer, sin embargo, desvía una gran parte de esta corriente cíclica espiritual, con lo cual se pierde una buena parte de lo espiritual-sustancial. De ese modo, este necesario ciclo no puede cerrarse y ello redunda en algo comparable al continuo sangramiento debilitante por una herida abierta.

Ahora bien, si la «lanza sagrada» o, lo que es lo mismo, el poder divino, cae en las manos correctas, que actúan de conformidad con la voluntad del Creador y le muestran a esa corriente espiritual-sustancial, que en capacidad de factor vivificador recorre la materia, el camino correcto, camino que conduce a dicha corriente a las alturas, a su punto de partida, al luminoso reino de Dios Padre, entonces esta corriente ya no se pierde, sino que, de ese modo, fluye de vuelta a su origen como la sangre al corazón, con lo cual esa herida sangrante y debilitante de lo espiritual-sustancial queda cerrada. Es así como la sanación solo puede realizarse con la misma lanza, la cual cierra la susodicha herida.

Pero, para eso, primero hay que quitarle la lanza a Lucifer y ponerla en las manos apropiadas, lo cual ha de cumplirse con el combate personal del Hijo del Hombre con Lucifer.

Los combates que seguirán después y que se extenderán a la materia etérea y la física no son más que efectos secundarios de este gran combate, el cual ha de traer el prometido encadenamiento de Lucifer, encadenamiento que anuncia el comienzo del Reino de los Mil Años. Dicho encadenamiento representa la erradicación del principio de Lucifer.

Este principio está dirigido contra el obrar del amor divino, cuyas bendiciones les son dispensadas a los hombres en su periplo por la materia. Basta con que la humanidad comience a aspirar a este amor divino y enseguida quedará completamente inmune a toda tentación de Lucifer, y éste quedará despojado de todo espanto que el espíritu humano ha tejido en torno a su persona.

Las formas abominables y monstruosas que la gente erróneamente se empeña en atribuirle a Lucifer no son más que un producto de la abigarrada imaginación de los cerebros humanos. En realidad, debido a la simple razón de la diferencia de especies, a ningún ojo humano le ha sido posible verlo aún, como tampoco a ningún ojo espiritual, el cual, en muchas ocasiones, es capaz de ver la materia etérea del más allá sin haber abandonado aún la vida terrenal.

Contrario a todas las opiniones existentes, Lucifer puede ser calificado de soberbio y bello, de un ser poseedor de una belleza que no es de este mundo y de una sombría majestuosidad; sus grandes ojos son limpios y azules, pero atestiguan de la gélida expresión de la falta de amor. Lucifer no es un mero concepto, como la gente normalmente trata de presentarlo tras haber buscado infructuosamente otras explicaciones para su figura, sino que se trata de una persona.

La humanidad debe aprender a entender que también para ella hay, por razón de la naturaleza de su ser, un límite que jamás podrá cruzar, tampoco en el pensamiento, claro está, y que del otro lado de ese límite solo le pueden llegar mensajes por el camino de la gracia; pero no a través de médiums, que ni sirviéndose de situaciones de índole supraterrenal podrán cambiar la naturaleza de su ser, como tampoco a través de la ciencia. Después de todo, esa misma ciencia cuenta, a través de la química, con la posibilidad de descubrir que la diferencia de especies puede generar barreras insalvables. Esas leyes, empero, provienen del Origen y no es en la Creación que uno las viene a encontrar por primera vez.

El enigma del Portador de la Luz ( 1 )

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Un velo gris envuelve todo lo que tiene que ver con Lucifer y es como si todo el mundo tuviera miedo de levantar aunque sea una esquina de este velo. Ese temor, en realidad, no es otra cosa que la incapacidad de penetrar en el reino de las tinieblas. Ahora, esa incapacidad, por su parte, reside, simplemente, en el orden natural existente, ya que aquí tampoco le es posible al espíritu humano profundizar mucho, sino que se encuentra con una barrera que está dada por su condición. Como mismo no puede llegar hasta las más altas cumbres, tampoco es posible para él penetrar hasta lo hondo de las profundidades, ni nunca lo será.

Así que como sustituto de lo que falta, la fantasía crea seres de todo tipo. La gente habla del diablo de la manera más descabellada, llamándolo ángel caído y desterrado, encarnación del principio maligno y otras cosas más. De la verdadera esencia de Lucifer la gente no sabe nada, ello pese a que el espíritu humano se ve afectado por él y, de ese modo, acaba a menudo en la vorágine de un tremendo conflicto, conflicto que puede ser calificado de lucha.

Aquellos que hablan de ángel caído, y también los que hablan de encarnación del principio maligno, son los que más se acercan a la realidad. Solo que aquí hay igualmente una falsa postura que le da una imagen falsa a todo. Las palabras «encarnación del principio maligno» nos hacen pensar en el cenit, el clímax, la encarnación viva de todo lo malo, o sea, el colofón, la culminación perfecta. Lucifer, empero, es todo lo contrario, es el origen del principio falso, es el punto de partida y la fuerza motriz. Uno no debe llamar tampoco principio maligno a ese principio que se origina en él, sino principio falso; falso queriendo decir erróneo, incorrecto. El campo de acción de este principio erróneo es la Creación material. En lo material es donde único confluyen las actuaciones de lo luminoso y de lo oscuro, o sea, los dos principios opuestos, y allí repercuten constantemente en el alma humana mientras ésta atraviesa la materia con miras a su desarrollo. Según a quién el alma humana, por deseo propio, se entregue en mayor medida, de ello dependerá si ésta habrá de subir a la Luz o hundirse en las tinieblas.

El abismo que separa a la Luz de las tinieblas es inmenso. Dicho abismo es llenado por la Creación material, la cual está sujeta a la transitoriedad de las formas, o sea, está sujeta a la desintegración de las formas existentes y a la regeneración.

Dado que, según las leyes que la voluntad de Dios Padre ha puesto en la Creación, un ciclo sólo puede considerarse como cerrado y cumplido cuando el cabo de dicho ciclo retorna al punto de partida, el periplo de un alma humana sólo puede considerarse como cumplido cuando dicha alma retorna a la esfera de lo espiritual-sustancial, que es la que más cerca se encuentra de la Luz Primordial, ya que su simiente espiritual salió de esta esfera espiritual-sustancial. Si se deja desviar hacia las tinieblas, corre entonces el peligro de ser llevado más allá del último círculo de su periplo normal y ser arrastrado hacia la oscuridad, viéndose al final imposibilitado de volver a encontrar el camino de la ascensión. Ahora, tampoco le es posible ir más allá de la oscuridad etérea más densa y más profunda y, cruzando la última frontera en sentido descendente, abandonar la materia, como sí le es posible hacer en sentido ascendente, para terminar entrando al reino de lo espiritual-sustancial, ya que éste es su punto de partida; y entonces acaba, por tanto, siendo arrastrado de manera ininterrumpida por el formidable ciclo de la Creación, el cual lo lleva hacia la desintegración, ya que esa vestidura etérea suya de índole oscura y, por ende, densa y pesada –vestidura a la que también se le llama cuerpo etéreo– lo retiene. Esta desintegración disuelve la personalidad espiritual que el espíritu en cuestión había ganado en su trayecto por la Creación, de manera que dicho espíritu sufre la muerte espiritual y es pulverizado y convertido en simiente espiritual originaria.

Lucifer en particular se encuentra fuera de la Creación material y, por tanto, no es arrastrado a la desintegración –como sí les sucede a las víctimas de su principio–; ya que él es eterno. Lucifer proviene de una región de lo divino-sustancial. El conflicto se inició tras el comienzo del surgimiento de toda la materia. Habiendo sido enviado para servirle de apoyo a lo espiritual-sustancial en la materia y para ayudarlo en su desarrollo, no cumplió esta encomienda en el sentido de la voluntad creadora de Dios Padre, sino que escogió caminos diferentes a los que esta voluntad creadora le había trazado, llevado por la volición pedante que desarrolló mientras trabajaba en la materia.

Abusando de la fuerza que le fue dada, introdujo el principio de la tentación en lugar del principio de la ayuda y apoyo, que es sinónimo de amor servicial. Amor servicial en el sentido divino, que nada tiene que ver con el servicio servil, sino que sólo tiene presente la ascensión espiritual del prójimo y, con ello, su felicidad eterna, y actúa en consecuencia.

El principio de la tentación, en cambio, es sinónimo de tender trampas, las cuales hacen que las criaturas que no son lo suficientemente fuertes tropiecen con facilidad, caigan y acaben perdiéndose, mientras que las demás, por otro lado, ganan en viveza y fuerza y, experimentando un vigoroso florecimiento, ascienden en pos de las cumbres espirituales. Todo lo endeble, empero, queda, de antemano e irremediablemente, a merced de la destrucción. Este principio no conoce ni bondad ni misericordia; está desprovisto del amor de Dios Padre y, con ello, de la más formidable fuerza pujante y el más sólido apoyo que hay.

La tentación en el paraíso que se describe en la Biblia muestra el efecto de la aplicación del principio de Lucifer, al representar cómo, a través de la tentación, se trata de poner a prueba la firmeza y la entereza de la pareja humana, a fin de empujarlos rápida y despiadadamente al camino de la destrucción ante la más mínima vacilación.

Mostrar entereza hubiera sido ajustarse gozosamente a la voluntad divina, la cual radica en las simples leyes naturales o de la Creación. Y esa voluntad, ese mandamiento divino era del perfecto conocimiento de la pareja humana. El no vacilar hubiera sido al mismo tiempo un reconocimiento y un acatamiento de dichas leyes, que es como único el hombre puede sacarles provecho debidamente y sin restricción y convertirse así en «señor de la Creación», ya que «se mueve con ellas». Todas las fuerzas le servirán cuando él no les haga oposición, y trabajarán automáticamente a su favor. En ello consiste el cumplimiento de los mandamientos del Creador, los cuales no persiguen otra cosa que el inalterable y desembarazado sostenimiento y conservación de todas las posibilidades de desarrollo que hay en Su majestuosa obra. La envergadura de este simple acatamiento no se queda ahí: el mismo constituye también una colaboración con conocimiento de causa en la sana continuación del desarrollo de la Creación o del mundo material.

Aquel que no cumpla con ello constituye un obstáculo y, o bien habrá de dejarse pulir hasta alcanzar la forma correcta, o bien irá a parar entre las ruedas del mecanismo del Universo, o sea, entre las leyes de la Creación, siendo así triturado. Aquel que no quiera doblegarse habrá de quebrarse, ya que el mecanismo no puede detenerse.

Lucifer no quiere tener la bondad de esperar el fortalecimiento y maduración graduales de la criatura, no quiere ser el amoroso jardinero que debería ser y que protege, rodriga y cuida las plantas a su cargo, sino que con él se hizo realidad la expresión: «encomendar las ovejas al lobo». Lucifer busca la aniquilación de toda debilidad y no muestra piedad alguna en la persecución de este objetivo.

Al mismo tiempo, siente desprecio por las víctimas que sucumben a sus trampas y tentaciones y abriga el deseo de que se pierdan con todas esas debilidades que muestran.

También siente repulsión por el envilecimiento y la bajeza que estas víctimas caídas ponen en los efectos de su principio; puesto que sólo los hombres convierten dichos efectos en la abominable abyección en que éstos se manifiestan y, de ese modo, incitan a Lucifer aún más a ver en ellos criaturas que solo merecen la destrucción, y no amor y cuidados.

Y no es poco lo que contribuye a la realización de dicha destrucción ese principio de apurar los goces de la vida que, como consecuencia natural, acompaña al principio de la tentación. El principio de apurar los goces de la vida se cumple en las regiones más bajas de las tinieblas, pero ya está siendo adoptado terrenalmente por diferentes practicantes del llamado psicoanálisis, en la asunción de que también en la Tierra el apurar los goces de la vida libera y madura.

CONTINUARA