Luz sobre Judas.

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En el año 130 d.C, el obispo Papías de Hierápolis (Asia Menor) repetía la leyenda que había corrido y crecido de boca en boca: que Judas Iscariote, el discípulo traidor, fracasó en su intento por ahorcarse, pero, si bien sobrevivió, comenzó a hincharse hasta presentar un aspecto monstruoso. Su cuerpo, cubierto de llagas y pústulas, se caía a pedazos, hasta que finalmente murió en el terreno comprado con los 30 siclos de plata que le pagaron por haber entregado a Jesús.

Otra versión armenia especificaba que el Iscariote se encerró en una vivienda para suicidarse “y estuvo colgado el viernes y el sábado, pero la fetidez atrajo a la gente de Jerusalén” quienes lo descolgaron.

El monje Jorge Cedreno, en el siglo 12, dijo que no se suicidó pero tampoco se arrepintió. Los apóstoles lo animaban a que hiciera penitencia y pidiera perdón a Dios, pero él se rehusó.

“Inmediatamente después de la ascensión de Cristo, Judas se infló, reventó por enmedio y murió”, relata Cedreno, un final que coincide, parcialmente, con la descripción que el mismo apóstol Pedro hace el día de Pentecostés, en su primera predicación, registrada en el libro Hechos de los Apóstoles, aunque dando a entender que ello sucedió al desprenderse la rama del árbol del ahorcamiento y caer en un precipicio.

En todo caso, tales finales tormentosos sólo hacen eco a la condena universal hacia un personaje que se convirtió en el arquetipo de traidor, el cual, según La Divina Comedia, de Dante Alighieri, es perpetuamente masticado por una bestia en el infierno.

¿Dé donde venía su sobrenombre?

Entre los apóstoles hay dos Judas: Tadeo e Iscariote, el traidor. ¿De dónde venía este apodo? Algunas versiones atribuyen el sobrenombre a la palabra griega “sicarius” (asesino) por pertenecer a los zelotes, una facción de la resistencia judía a la ocupación romana.

Otros, relacionan a Judas con la tribu de Isacar, sin embargo existe una opinión más extendida y verosímil: “Judas tenía un nombre bastante común en su tiempo; en la traducción griega es equivalente a Judá. Era originario de Kariot, un pequeño pueblo del sur de Judea. De allí el apelativo Ish-Kariot”, explica el teólogo Rolando Alvarado, sacerdote jesuita.

“Fue el único judío entre los 12 discípulos que Jesús eligió (el resto eran galileos) y por ello poseía ideas religiosas más enraizadas y un gran apego a las concepciones tradicionales del Mesías, que era esperado en la forma de un profeta, de un gran sacerdote o de un rey que derrotaría a los invasores. Judas es cautivado por la figura de Jesús, pero cuando éste se presenta como hijo de Dios, debió sufrir un gran impacto y una terrible decepción”, agrega Alvarado.

¿Judas quería que Jesús muriera?

Samuel Berberián, doctor en Religiones Comparadas, concuerda con dicha visión: “Judas era un hombre idealista. Siguió al Maestro porque, al igual que los otros apóstoles, pensó que los iba a sacar de la opresión. Jesús se había escabullido varias veces cuando intentaron capturarlo. Quizá Judas pensó que Jesús escaparía otra vez o que por fin lo presionaría a manifestarse de manera portentosa. No contaba con que Jesús había venido a eso, a sacrificarse. Ello explica el porqué se suicidó, tan desesperadamente, poco después”.

Alvarado recalca: “Judas no tenía la intención de que Jesús muriera. No creyó que eso fuera a ocurrir, pero al ver lo que había provocado, sufrió grandes y terribles remordimientos”.¿Destinado a traidor?

En la película Jesucristo Superestrella, de 1973, se presenta a Judas como víctima de Dios, en un papel determinado del cual no puede escapar. Pero ¿Estaba irremediablemente destinado?

“Si tomamos la palabra ‘destinado’ como sinónimo de ‘obligado’ a ser el traidor, no. No estaba destinado”, señala enfáticamente el sacerdote César Alonzo.

“Judas siempre tuvo la libertad para determinar sus actos”, agrega, para interceptar la postura de algunos defensores de Judas, que lo eximen de culpa (e incluso lo exaltan) al atribuirle mérito por detonar la pasión y crucifixión de Jesús, hecho central de la Redención cristiana. Alonzo añade: “Si bien es cierto que en el misterio de la Providencia de Dios alguien tenía que ser traidor, quien fuera a cumplir con ello, Judas o quien lo hubiera hecho, en ningún momento fue obligado o inducido por Dios. Los mismos actos libres de la voluntad de Judas fueron determinando su decisión final, incluso su forma de muerte”.

 ¿Por qué lo eligió Jesús?

Tal libertad fue subrayada en la década de 1940, por el jesuita Ferdinand Pratt, en la biografía Jesucristo, su vida, doctrina y obra: “Es necesario creer que Judas no era indigno en el momento de su elección.

Más tarde se apoderó de su alma el demonio de la avaricia, de la ambición y la envidia y de caída en caída, lo precipitó al abismo”, una postura parecida a la expresada ya en el siglo 16 por el teólogo español Juan de Maldonado: “Judas entregó a Jesús no por obra, ni impulso, ni inspiración sino por permisión de Dios”.

El mismo San Agustín de Hipona, en el siglo 4, escribió que Jesús, “habiendo tomado sobre sí las humanas flaquezas, quiso someterse a la flaqueza humana de la traición”

¿Y por qué lo traicionó?

Aún es un misterio la motivación específica de Judas para vender a a su maestro, el mismo que le había confiado la administración del dinero de todo el grupo, pero se han trazado varias hipótesis, en base a su perfil y a reacciones registradas por los Evangelios.

La codicia ha sido la razón más popularmente aceptada, pues el mismo San Juan hace constar que el Iscariote hurtaba dinero de la bolsa común a su cargo, al igual que registra el capcioso reclamo que hace a Jesús cuando una mujer derrama un frasco de fino perfume, cuyo valor calcula él mismo, con sospechosa exactitud, en 300 denarios.

Pero, “cuando los evangelistas presentan a Judas como un administrador fraudulento preparan en realidad la escena de Judas dirigiéndose a los sumos sacerdotes y preguntando: “¿Qué me queréis dar?”, señala el historiador bíblico Giuseppe Ricciotti, quien sin embargo aclara que debió existir otra motivación adicional, que lo llevó a devolver el dinero y a matarse: “Esta no es la actitud de un simple avaro, pues éste habría quedado satisfecho con el lucro obtenido”.

Por ello hay dos posibilidades: una, el temor a perder la estima de Jesús tras ser denunciados sus desfalcos. La otra, los anuncios de Jesús de su propia muerte, que lo habrían llevado a pensar en alguna ganancia antes de que tales avisos se cumplieran.

Sin embargo, el padre Alvarado estima que 30 siclos de plata no era una cifra muy elevada y que la traición empezó a gestarse a partir de la decepción: “Judas quería un líder político beligerante mientras Jesús decía ser la puerta, el camino, algo que ningún rabino judío afirmaría de sí mismo. Judas sintió temor de perder sus convicciones religiosas”.

La envidia es otra razón propuesta por el doctor Berberián: “Judas sabía de contabilidad, de religión, era alguien con educación, pero le amargaba ver cómo Jesús prefería a Pedro, que era un pescador o a Juan que era sólo un muchacho”.

¿Conoció Jesús a Judas mucho antes de ser discípulo?

Los evangelios apócrifos (aquellos no reconocidos por la Iglesia, dado su carácter fantástico o su falta de fundamentos teológicos) han servido, sin embargo, como una fuente alternativa para reconstruir el perfil hipotético de Judas.

El llamado Evangelio Árabe de la Infancia relata que había un niño poseído por un demonio que mordía a los otros niños y quiso atacar a Jesús, que tenía sólo tres años. Sólo alcanzó a golpearlo en un costado, pero fue doloroso y Jesús lloró. En ese momento, el demonio salió del niño en forma de perro rabioso. ¡Oh coincidencia! aquel niño se llamaba Judas Iscariote.

¿Porqué utilizó un beso para entregar al Maestro?

“¿Amigo, a qué has venido?” La escena del beso de Judas en la mejilla de Jesús es muy conocida, pero su sentido es muy debatido. ¿Fue una última muestra de respeto o de ironía? El vicerrector Alvarado estima que era una convención cultural: “Sólo se saludaba así al maestro y Judas iba a mostrar quién era el maestro”, dice.

Tal exactitud le daría credibilidad ante los guardias que realizarían el arresto. Justamente, el filósofo Francisco Suárez, en el siglo 16, escribe: “Estuvo muy solícito por que no se escurriera Cristo de manos de los soldados por algún error porque siempre era llevado por la codicia del dinero, pues aún no lo había recibido, sino que sólo se le había prometido”.

Asimismo, los teólogos coinciden en interpretar la pregunta de Jesús, al verlo, (“Amigo, ¿a qué has venido?”), como el último de varios llamados de conciencia. Frases anteriores como “Uno de ustedes es un demonio” o “Uno de vosotros me va a traicionar” no eran predicciones sino invitaciones al arrepentimiento. Incluso la famosa frase de Jesús a Judas, “lo que vas a hacer hazlo pronto”, podría referirse al cambio espiritual.

¿Se arrepintió o no?

Tras ver el sufrimiento de Cristo “sintió Judas el horror de su pecado, pero le faltó la confianza: no lloró las lágrimas de amoroso dolor de Pedro (que había negado a su maestro); aquellas treinta monedas se le hacían peso insoportable”, refiere el historiador bíblico Andrés F. Truyols.

La secta denominada de los cainitas, sostenía que Judas, al traicionar a Jesús había hecho una buena obra pues así había permitido la salvación. Tal postura quedó registrada en un manuscrito, denominado Evangelio de Judas, que registra asimismo varias conversaciones entre este personaje y Jesús. El obispo Irineo de Lyon, hacia el año 180 d.C, confirmaba la existencia del texto y declaraba ya que era una herejía que le daba a Judas un mérito por su papel.

La misma ley judía declaraba maldito a quien muriera colgado, con lo cual, el suicidio era sólo la última y más irremediable de toda una serie de decisiones tomadas por Judas en base a la codicia, el orgullo, el egocentrismo o incluso la desesperación.

Sin embargo, Santa Brígida, monja y vidente del siglo 14, aseguró que en una de sus visiones, Jesús le permitió hacerle una pregunta, acerca de cualquier cosa que ella quisiera conocer. Ella preguntó “¿Se salvó o se condenó Judas?”, sin saber que la misma pregunta hizo otra vidente, Santa Gertrudis, un siglo antes. La respuesta fue la misma: “¡Si supieras lo que tuve que hacer para salvarlo!”.

 

 

 

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