Las Oréades: la leyenda del Eco y de Narciso.

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Las Oréades son ninfas de la mitología griega. No son diosas, mejor dicho, porque son mortales pero viven varios millares de años y están consideradas como espíritus de la naturaleza.

Despreocupadas y condescendientes, siempre excepcionalmente bonitas y graciosas, las Oréades fertilizan la naturaleza por todas partes donde se encuentran: los bosques, los valles o las montañas, los ríos, los estanques…..Protegen los enamorados, son a veces curanderas, y como musas, inspiran los hombres.

Cazadoras, pero también pueriles, emotivas, sensuales, son capaces de morir por amor. Las Oréades, y las ninfas son en general representadas desnudas o casi desnudas y representan la mujer ideal.

Las Oréades: la leyenda del Echo y de Narciso.

Echo es la más conocida de las Oréades. Por la voluntad de la diosa Hera, Eco  podía solamente repetir las ultimas silabas de las palabras que escuchaba. Un día, se enamoró del famoso Narciso, quien la rechazó, y ella murió de pena. Se dice que se transformó entonces en peñón.

Pero Eco se vengó y hizo de tal manera que Narciso se enamore de su propia imagen, y que caiga en la locura.

En El Alquimista, Paolo Coelho menciona Narciso, Las Oréades… y un lago.

‘ »Narciso era un bonito joven quien iba todos los días a contemplar su propia imagen en el agua del lago. Estaba tan fascinado por su propia belleza que un día se cayó en el lago y se ahogó. Una flor nació en el lugar donde se cayó, esa flor fue llamada narciso.

Pero no es de esa manera que Oscar Wilde acabó la historia.

Dijo que al muerte de Narciso, las Oreadas, divinidades de madera, vinieron a la orilla de ese lago de agua dulce y lo encontraron transformado en una urna llena de lagrimas amargas.

« ¿Por qué estas llorando? Le preguntaron las Oreadas.

– Estoy llorando por Narciso, el lago contestó.

– Eso no nos sorprende mucho, ellas dijeron. Aun siempre lo perseguíamos en los bosques, tu eras el único a poder contemplar su belleza.

– ¿Narciso era tan bonito? El lago preguntó.

– ¿Quién más que tú podía saberlo? Las Oreadas replicaron, sorprendidas. Se inclinaba sobre tus orillas, las tuyas, cada día!

El lago se quedó sin decir nada durante un momento. Después:

« Lloro a Narciso, pero nunca me había dado cuenta que Narciso era bonito. Lloro por Narciso porque, cada vez que se inclinaba sobre mi orilla, podía ver en el fondo de sus ojos, la imagen de mi propia belleza. »

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