¿Donde esta el limite?

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Podemos estar en el coche, imaginar que giramos bruscamente el volante y que desencadenamos una serie de acontecimientos, que acaban desembocando en un desastre. Somos capaces de imaginar el momento, las palabras de nuestros familiares en el hospital, el dolor que provocamos, la imagen del coche destrozado y, si queremos, hasta nuestro funeral. Pero no, no lo deseamos.

Podemos pasear por la calle, observar a una persona e imaginar una historia alrededor de ella: fantasear con su posible vida, su pasado, en qué trabaja, sus aficiones, sus debilidades e incluso la fantasía de un encuentro con ella. Pero no, no significa que eso sea así ni que la deseemos.

El deseo es algo más que fantasía. La fantasía se queda en nuestro pensamiento, nada en nuestra cabeza y fomenta nuestra mente creativa.

En el deseo hay un componente de acción, una intención de movimiento, mientras que en la fantasía el componente es mental

Cuando deseamos, sabemos que ese algo nos mueve por dentro y es acorde con nuestra moral y nuestra manera de entender nuestro mundo. Tenemos una fantasía, nos preguntamos si nos gustaría llevarla a cabo y nuestra respuesta es sí. A partir de ese momento, podemos realizar una acción, un gesto, que nos encamina hacia el objeto de deseo.

Para tener clara la diferencia pensemos en la infidelidad. Podemos tener fantasías con otras personas que no son nuestra pareja, pero no desear llevar a cabo esa acción. Realmente solo nos sirve para recrear nuestra imaginación y disfrutar en silencio de ella, o transformar esa historia en expresión artística. Esto no significa que seamos infieles, solo es fantasía, no te sientas mal por ello.

Si esa fantasía se convierte en deseo, puede significar que va más allá de un juego mental. Puede mover algo en nosotros y que ese deseo realmente nos lleve a realizar un gesto encaminado a conseguirlo.

Esto no significa irremediablemente se convierta en realidad, pero si se puede considerar que deseamos algo cuando vamos allá de nuestro pensamiento. La fantasía no es deseo. Podemos tener fantasías y no querer nunca llevarlas a cabo.

La fantasía nos permite construir mundos paralelos, criaturas imposibles y grandes guiones de películas. No solo la creación artística se beneficia de esta capacidad, sino que la ciencia avanza gracias a la fantasía de ir más allá de lo que vemos.

Es importante conocer el límite entre fantasía y realidad. Es en ese punto donde se esconde el gran misterio de lo que realmente queremos y de lo que, simplemente, imaginamos.

La clave se encuentra en saber que somos capaces de imaginar lo mejor pero también lo peor, y que no todo lo que fantaseamos realmente lo deseamos. Son solo eso, pensamientos.

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¿Feminismo demoníaco?

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A lo largo de todos los millones de años la mujer ha sido siempre despreciada por las religiones occidentales. Todos conocemos la historia del Génesis pero, ¿nos ha llegado el mito como realmente fue escrito? Hoy me gustaría presentaros una vez mas a Lilith, la primera compañera de Adán.

“Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre.” Génesis 2:22

Todos conocemos esta frase, una frase que discrimina a la mujer hasta el punto de tacharla como producto de las “sobras” de lo que es el hombre. Sin embargo, la Biblia cristiana posee una contradicción, y es que antes de la creación de Eva dice:

“Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó”.

Durante siglos se ha buscado la explicación a estas frases, se han propuesto seres andróginos y otras historias, pero si rastreamos en otras Biblias nos encontramos una cosa muy diferente. Así nos lo cuenta la versión hebrea, en la que aparece un nuevo personaje: Lilith, la primera mujer, que fue creada a la par de Adán y de la misma manera, eran seres iguales, eran pareja. ¿Qué pasó entonces con Lilith? Lilith era una mujer libre, no se sometía ante nadie. Cuando Adán y ella comenzaron a tener relaciones, Adán exigía siempre posicionarse encima, sin embargo ella no estaba a favor de esto:

“¿Por qué he de acostarme debajo de ti? —preguntaba—: yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual”

Adán insistía en que él era superior, pues era él el que había sido creado a imagen y semejanza del creador. Entonces ella, a quien Dios le dio alas para poder hablar con ella, abandonó voluntariamente el Edén, pues no se sometía. Dice la leyenda que se fue a vivir a orillas del Mar Rojo, donde vivían ya muchos demonios, donde voluntariamente se entregó sexualmente a ellos (se ve que los demonios son menos opresores que los hijos de Dios). Cuando Dios mandó a tres ángeles a buscarla ella se negó a volver. Se dice que fue castigada por esto a contemplar como cien de sus hijos mueren cada día y la tradición judía la culpa de la muerte de los menores de 8 días, pero esta parte de la historia no nos interesa, centrémonos en su figura.

¿De donde viene esta figura de mujer insumisa que, como vemos (aunque demonizada), tiene miles de años de antigüedad? Lilith se encuentra también en la cultura mesopotámica, de la que la tradición hebrea sacó el nombre de un demonio femenino llamado Lilitu.

Como vemos, cualquier insumisión se castiga por las religiones transformándote en demonio. Puede que a algunos les haga pensar que las rebeliones son malignas, sin embargo creo que hay otra manera de verlo. Los demonios no son tan malignos como se nos muestran, sino figuras con una dignidad que les impide someterse.

Lilith fue condenada por Dios, y sin embargo, siguió siendo libre hasta el punto de convertirse en símbolo de libertad en nuestra cultura (al menos entre los que la conocen).

Ahora toca decidir: ¿Seréis como Lilith? .

 

La ultima historia.

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La vida, geométricamente, tiene forma de tubo. Hay un boquete de entrada y otro de salida. Nacer resulta cada vez más sencillo. Pero morir es complicado. La cultura occidental lo ha ido haciendo cada vez más difícil. El humano se rebela emocionalmente ante su condición finita y, con los siglos, ha ido haciendo la salida del canuto existencial cada vez más dolorosa.

 

La actitud ante la muerte tiene su propia historia. Empezó el día en que los humanos fueron conscientes de su extinción. Pero retrocedamos solo hasta la Edad Media. El historiador Philippe Ariès empieza ahí su investigación y en su recorrido hasta el siglo XX descubrió cómo ha ido cambiando la actitud de los europeos ante la muerte hasta convertirla en algo absolutamente terrorífico.

La familia y los amigos se ocupaban de los funerales de sus personas queridas hasta principios del XIX. El crecimiento de las ciudades modificó las costumbres. A partir de entonces los carpinteros, los propietarios de carros y caballos, y los sepultureros empezaron a realizar estas tareas. “La manipulación de los muertos se convirtió en una profesión”.

En algunos lugares, como EEUU, nació la figura del funeral director. En el pasado eran los ‘enterradores’, pero desde 1885 ese nombre resultaba poco glamouroso y elevaron su prestancia. El precio podría ascender del mismo modo que aumentaba la categoría. No es lo mismo contratar a un sórdido enterrador que a un director de funerales vestido en traje bien planchado. Además, esta figura cumplía una nueva función. “Es un doctor del dolor, un experto en devolver las mentes atormentadas a la normalidad en el menor tiempo posible. El luto (…) se ha convertido en un estado mórbido que hay que curar, abreviar y borrar”.

Aunque no tan rápido. La memoria del muerto puede exprimirse monetariamente un poco más. “Se quiere transformar la muerte, maquillarla, sublimarla, pero no pretenden que desaparezca. Evidentemente, ello supondría también el final de las ganancias (…). La visita al cementerio y una cierta veneración hacia la tumba persistirán”, indica el historiador. “Por eso (…) a los funeral directors les repugna la incineración, que hace desaparecer los restos demasiado rápida y radicalmente”.

Los funerales se convierten en un producto de mercado más durante la segunda mitad del siglo pasado. Primero en EEUU y poco después en Europa. Pasan a ser “objeto de una publicidad vistosa, como cualquier otro artículo de consumo, un jabón o una religión”. El autor cuenta en el libro: “Yo he visto, por ejemplo, en los autobuses de Nueva York, en 1965: The dignity and integrity of a Gawler. Funeral costs no more… Easy acces, private parking for over 100 cars. Los ‘funeral homes’ se anuncian en calles y carreteras mediante una publicidad vistosa y personalizada –con el retrato del director–.

Dios, efectivamente, como avanzó Nietzsche, murió para muchos europeos y estadounidenses. El ateísmo avanza rápido a finales del XX y los mercados bursátiles ocupan el Olimpo. En estos últimos años que Ariès ya no pudo contar, porque falleció en 1984, la muerte se ha mercantilizado más aún. Han surgido decenas de empresas que construyen ataúdes customizados con todo tipo de alusiones pop y compañías que, abanderando la causa ecológica, venden urnas biodegradables para el último viaje de las cenizas.

El catálogo de urnas es amplio. Adoptan formas y diseños que aluden a una pretendida, y a menudo megacursi, solemnidad. Una compañía mexicana anuncia conchas de mar biodegradables elaboradas con papel reciclable y “decoradas manualmente por un artista experto, dándole un toque único y distintivo”. Ofrecen también una urna llamada Sal de Vida, “elaborada de manera individual por artesanos capacitados”, con bloques de sal del Himalaya.

Estas son algunas de las múltiples ofertas para los que se conforman con recordar a sus ausentes tan solo en la memoria. Pero el dios mercado no desatiende a nadie. También creó productos para los que se resisten a la desaparición física total. La misma empresa vende un “corazón hecho de plata y diseñado especialmente para almacenar una pequeña porción de cenizas de su ser querido. El Corazón Eterno viene con una cadena de 18’’ también de plata Sterling”.

Esta retórica, sin embargo, no encaja con todos los clientes de la muerte. Muchos occidentales prefieren el humor, el espectáculo, la diversión y las pasiones mundanas. Los funerales se apegan al día a día. La idea de espiritualidad molesta. Muchos ateos, agnósticos y talibanes de la ciencia se sienten incómodos entre pensamientos de trascendencia y, por eso, reservan para su despedida un acto que, en cierto modo, da esquinazo a la idea de muerte y centra la atención en una pasión vital. Hay funerales en los que suena el himno de un equipo de fútbol y, sobre el féretro, reposa la bandera del equipo.

El negocio de la creatividad también ha entrado en los funerales y ataúdes. Desde hace décadas se celebran ceremonias con un cierto aire festivo. Así fue la de Willie The Wimp. El matón y traficante de drogas fue asesinado en 1984 y, para su homenaje final, el padre encargó un ataúd que imitaba a un Cadilla Seville, equipado con faros intermitentes, luces traseras, parabrisas y una matrícula con su apodo familiar.

Esa intención de ‘funeral alegre’ ha ido creciendo en los últimos años. La filosofía de Epicuro podría estar en esta especie de himno para ‘que no acabe la fiesta’. No acabe, incluso, la vida. El avance de la tecnología ha vuelto a encender el deseo de muchos alquimistas de eternizar la existencia. La medicina regenerativa intenta frenar el envejecimiento. Expertos en esta ciencia, como Aubrey de Grey, trabajan para que en dos o tres décadas los humanos puedan alcanzar una edad de 150 años.

Dmitry Itskov va más allá con su Iniciativa 2045. El multimillonario ruso pretende averiguar la forma en la que una vida humana puede traspasar a un ciborg. De este modo, cuando un cuerpo físico sucumba, la personalidad, los recuerdos y los sentimientos de una persona podrán encarnarse en un humanoide.

Esa es la resistencia a la muerte del yo. Pero también se sigue negando el fallecimiento de los demás. La serie británica Black Mirror trata en uno de sus capítulos este deseo de inmortalidad del otro. La vida se extiende después de la muerte en forma de mensajes electrónicos. Un programa informático rastrea las redes sociales y los mails de un fallecido y, con esa información, crea un perfil que va generando nuevos mensajes similares a los que hubiese escrito esa persona.

 

La historia de la humanidad es también la historia de cómo tapar el final de ese tubo que es la existencia. El humano actual difícilmente acepta su condición humana. Odia la finitud. Al quedar sin dioses, él mismo quiere ser dios. Al quedar sin planes para mañana, evita que acabe la fiesta. Pero un tubo es un tubo. Por muchas vueltas que se le dé.