La Diosa Puta. Maria de Magdala. ( y 10 )

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Es posible que la «unción» practicada sobre Jesús simbolizase el acto sexual de la penetración. Pero no es necesario concebirlo en esos términos para entender la solemnidad del ritual; son inevitables las asociaciones con los ritos ancestrales en que las sacerdotisas que representaban a la diosa se preparaban físicamente a fin de «recibir» al hombre elegido para simbolizar al rey sagrado, o al dios salvador. Todas las escuelas mistéricas de Osiris, Tammuz, Dioniso, Attis y los demás incluían un rito —oficiado por sus simbólicas encarnaciones humanas— en que la diosa ungía al dios como acto previo a la muerte real o simbólica de éste, que debía servir para fertilizar una vez más las tierras.

Tradicionalmente, transcurridos tres días y gracias a esa intervención mágica de la sacerdotisa/diosa, él resucitaría y la nación podía respirar aliviada hasta el año siguiente.

(En las representaciones mistéricas la diosa pronunciaba las palabras «se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto», prácticamente idénticas a las que se atribuyen a María Magdalena en el huerto. Volveremos sobre esto con más detalle.)

Más claves sobre el auténtico significado de la unción de Jesús pueden hallarse en el veterotestamentario Cantar de los Cantares (1, 12), donde «la amada» dice «mientras el rey se halla en su diván, mi nardo exhala su perfume». Y recordando que el mismo Jesús relaciona su unción con la sepultura, el versículo siguiente cobra otro sentido: «Bolsita de mirra es mi amor para mí, que reposa entre mis pechos».

Está clara la relación entre la unción de Jesús y el Cantar de los Cantares.

Muchas autoridades creen que éste fue, en realidad, la liturgia de un ritual de nupcias sagradas, y apuntan a las muchas semejanzas con otras similares de Egipto y de los países del Oriente Próximo.17

Hay una resonancia que llama la atención especialmente; es la que apunta Margaret Starbird cuando escribe:
Versos idénticos y paralelos a los del Cantar de los Cantares se encuentran en el poema litúrgico del culto a la diosa egipcia Isis, la Hermana-Esposa del mutilado […] Osiris.18
Son complejas las razones de esa unión de la diosa/sacerdotisa con el dios/sacerdote en las nupcias sagradas. En el plano superficial es un rito de fertilidad que debía garantizar la fecundidad personal y la de las tierras del país, lo que aseguraba el futuro de las personas y el de la nación. Pero además, el éxtasis y la intimidad del rito sexual sirven para que la diosa/sacerdotisa confiera la sabiduría a su compañero. En The Sacred Prostitute (1988), Nancy Qualls-Corbett, analista de escuela junguiana, pone mucho énfasis en el vínculo entre la prostituta sagrada y el principio de lo Femenino que simboliza Sophia, la Sabiduría.19

Ya hemos presenciado repetidas apariciones de Sophia en nuestra investigación —la veneraban especialmente los templarios—, y tiene fuertes asociaciones tanto con la Magdalena como con Isis.

La unción de Jesús fue un ritual pagano; la mujer que lo oficiaba, María de Betania, era una sacerdotisa. Con este nuevo planteamiento en mente, parece más que probable que su función en el círculo interior de Jesús fuese el de iniciadora sexual. Pero recordemos que tanto los heréticos como la Iglesia católica han creído durante mucho tiempo que María de Betania y María Magdalena eran la misma persona: en esa figura de la iniciadora sexual tenemos por fin el motivo que nos faltaba para la confusión en cuanto al verdadero papel y significación de la Magdalena en la vida de Jesús. Porque Sophia es en efecto la Prostituta, que también es la «Muy Amada» de las nupcias sagradas, y que es María Magdalena, la Madona negra e Isis.20

La sexualidad sacra implícita en la Gran Obra de los alquimistas equivale a la continuación directa de esa antigua tradición en la que el rito sexual confiere la iluminación espiritual, e incluso una transformación física. Porque después de la experiencia suprema con la diosa/sacerdotisa, el dios/sacerdote queda tan cambiado que tal vez no le reconocerá nadie, y habrá «resucitado» a una nueva vida.

Es de resaltar, como lo han hecho Nancy Qualls-Corbett y otros comentaristas recientes,21 que los evangelios gnósticos retratan a María Magdalena como iluminadora, María Lucifer la que trae la luz, la que confiere la iluminación por medio de la sexualidad sagrada. Lo cual unido a nuestras conclusiones sobre María de Betania parece indicar que ella y Magdalena eran efectivamente la misma mujer.

Este planteamiento también corrobora la idea de que María fue la esposa de Jesús, si aceptamos una redefinición esencial de esa palabra. Era su pareja en un matrimonio sagrado, lo cual no es necesariamente un emparejamiento de amor. En este sentido es interesante la consideración del Cantar de los Cantares como la liturgia de un matrimonio sagrado, tan vinculada siempre por la tradición a María Magdalena.

La sexualidad sacra —anatema para la Iglesia de Roma— encuentra sus expresiones en el concepto de matrimonio sagrado y «prostitución sagrada», en los antiguos sistemas orientales del taoísmo y el tantrismo, en la alquimia.

Como dice Marvin H. Pope en su exhaustivo trabajo sobre el Cantar de los Cantares (1977):
Entre los himnos tántricos a la Diosa hallamos algunos de los paralelismos más sugerentes con el Cantar de los Cantares.22
Y como explica Peter Redgrove en The Black Goddess (1989) al comentar las artes sexuales del taoísmo:
Es interesante la comparación con las prácticas sexuales de las religiones del Oriente Próximo y las imágenes que hemos heredado de ellas. Mari-Ishtar, la Gran Prostituta, ungió a su consorte Tammuz (con quien se identificó a Jesús), en virtud de lo cual hizo de él un Cristo. Con ello preparaba su descenso a los infiernos, de donde regresaría cuando ella le llamase. Ella, o su sacerdotisa, recibía el nombre de Gran Prostituta porque ése era un rito sexual de horasis, por cuyo orgasmo integral el consorte sería transportado al continuum visionariamente cognoscible.

Y era un rito de paso, del que él regresaría transformado. Por eso mismo dijo Jesús que María Magdalena le había ungido para la sepultura. Sólo las mujeres podían oficiar estos ritos en nombre de la diosa, y por eso no veló la tumba ningún hombre, sino sólo María Magdalena y sus mujeres. Un símbolo principal de la Magdalena en el arte cristiano fue la ampolla del crisma: signo externo del bautismo interno que experimentaba el taoísta […].23
En esto de la crismera o recipiente del óleo que usó la Magdalena para ungir a Jesús hay otro aspecto importante. Como se ha reiterado, según los evangelios era de nardos, un perfume excepcionalmente caro. Y la razón de ese precio elevado era que se importaba de la India, es decir de la cuna de las ancestrales artes sexuales del tantrismo. Y la tradición tántrica asigna diferentes perfumes y óleos a las distintas partes del cuerpo: el de nardo era para el cabello y para los pies…

En la epopeya de Gilgamesh se les dice a los reyes sacrificiales: «La prostituta que te ungió con aceite fragante llora por ti ahora», y también usaban una frase parecida a los misterios de Tammuz, otro dios que muere y cuyo culto estuvo muy extendido en Jerusalén hacia la época de Jesús.24 En cuanto a los «siete diablos» que supuestamente Jesús expulsó de la Magdalena, quizá cobrarían otro sentido si los consideramos como los siete Maskin nacidos de la diosa Mari, que eran los siete espíritus sumerio-acadios regidores de las siete esferas sagradas.25

En la tradición del matrimonio sagrado, era la prometida del rey sacrificial, la Suma Sacerdotisa, quien elegía el momento de su muerte, la que asistía a su entierro y aquella cuya magia lo sacaría de los infiernos para llamarlo a una nueva vida. En la mayoría de los casos, naturalmente, esta «resurrección» sería puramente simbólica y se manifestaba en la renovación biológica primaveral, o como en el caso de Osiris, en el desbordamiento anual del Nilo que renovaba la fertilidad de las tierras.

De manera que podemos considerar la unción efectuada por María Magdalena como las dos cosas que era: el anuncio de que había llegado la hora del sacrificio de Jesús, y la selección ritual del rey sagrado, en virtud de su propia autoridad como sacerdotisa. Que esa función sea diametralmente opuesta a la que le ha asignado tradicionalmente la Iglesia, a estas alturas no sorprenderá mucho.

En nuestra opinión la Iglesia católica nunca quiso que sus fieles conocieran la verdadera relación entre Jesús y María, y por eso los evangelios gnósticos no se incluyeron en el Nuevo Testamento, y muchos cristianos ni siquiera saben que aquéllos existen. Pero cuando rechazó los muchos evangelios gnósticos y decidió incluir únicamente los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan en el Nuevo Testamento, el Concilio de Nicea no tenía ningún mandato divino para esa gran campaña de censura. Actuaba obedeciendo a su propio instinto de conservación, porque para entonces, siglo IV, el poder de la Magdalena y de sus seguidores se había extendido demasiado y el patriarcado no tenía una batalla fácil.

De acuerdo con ese material censurado, descartado deliberadamente para impedir que se conociera el verdadero panorama, Jesús confirió a la Magdalena el título de «Apóstol de Apóstoles» y «Mujer que sabe todo». Anunció que sería exaltada sobre todos los demás discípulos y que ella regiría el inminente Reino de la Luz. Como hemos visto, también la llamaba María Lucifer, «la que trae la luz», y se asegura que resucitó a Lázaro de entre los muertos por amor a ella y nada más, porque no podía negarle nada.

El Evangelio de Felipe, de los gnósticos, describe cómo la aborrecían los demás discípulos y en particular Pedro quiso disputarle la situación privilegiada cerca de Jesús… incluso en una ocasión le preguntó con bastante ingenuidad por qué la prefería a los demás y siempre la besaba en la boca.

En el Evangelio de María, de los gnósticos, dice que Pedro la odiaba a ella y a «todo el género femenino», y el Evangelio de Tomás atribuye a Pedro la exclamación:

«Dejad que se vaya María y nos deje, que las mujeres no merecen vivir».

 

 

 

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