La Diosa Puta. Maria de Magdala ( 3 )

 

El matrimonio siempre ha sido centro principalísimo de la vida judía, sobre todo cuando la nación se veía amenazada como sucedió bajo la ocupación romana. Que un predicador carismático y famoso no fuese marido y padre de familia, habría constituido una especie de escándalo y desde luego habría sido un milagro que el grupo fundado por él hubiese tenido continuidad después de la desaparición del fundador.

De acuerdo con el Nuevo Testamento, Jesús y sus seguidores tuvieron numerosos enemigos, pero no ha llegado hasta nosotros ningún testimonio que los acusara de constituir una camarilla de homosexuales, como ciertamente habría sucedido si hubieran sido un grupo de hombres célibes. En cuyo caso el suceso habría llegado a Roma y hoy se sabría. Los escándalos de ese género no son una exclusiva del moderno periodismo; Pilato y sus adláteres eran unos romanos que habían visto mundo, y los judíos tampoco negaron la existencia de la homosexualidad, aunque fuese para condenarla sin remisión. Si Jesús y sus discípulos varones hubiesen sido célibes y hubiesen predicado el celibato, desde luego no habrían tardado en ser investigados por las autoridades.

Los eruditos por lo general prefieren evitar el tema del celibato y por eso suelen admitir sin discusión la creencia tradicional de que Jesús no tuvo mujer. Pero cuando sale a colación el tema se pone de manifiesto la dificultad de demostrar cuál fue su «estado civil». Por ejemplo Geza Vermes, a quien mencionábamos anteriormente, en su intento de trazar la figura histórica de Jesús procura encajarlo en la pauta de los hassidim, los sucesores de los profetas del Antiguo Testamento.

De este modo trata de explicar los actos y las enseñanzas de Jesús en función de ese rol, lo cual consigue con bastante acierto algunas veces, y otras no tanto, por comparación con lo que hacían y decían otros representantes conocidos del hassidismo de su época. Pero al abordar la cuestión del celibato de Jesús, que dicho autor admite, empiezan las dificultades. La primera, verse obligado a admitir que la mayoría de los personajes históricos por él utilizados como término de comparación eran casados y padres de familia.

O mejor dicho, sólo puede nombrar un santón de esa cultura que justificase el celibato, Pinhas ben Yair, que vivió cien años más tarde que Jesús y ni siquiera perteneció al movimiento hassídico.9 Asombrosamente, Vermes considera que ese ejemplo basta para aducir que Jesús llevó una vida similar, pero no ha logrado convencer a muchos. Y lo que es más, el celibato de Pinhas fue tan anómalo que sólo por eso alcanzó la notoriedad. No hay nada que sugiera que Jesús promoviese el celibato con su ejemplo o enseñanzas; si así fuese desde luego no se habría pasado por alto.

Es cierto que existieron algunas sectas judías como la de los esenios, que eran célibes… aunque, una vez más, lo sabemos precisamente porque eso era tan curioso que suscitó muchos comentarios. Algunos recurren a esta circunstancia como argumento para demostrar que Jesús fue un esenio. Sin embargo, en todo el Nuevo Testamento no se menciona ni una sola vez a dicha secta, lo cual no dejaría de ser extraño si Jesús hubiese sido su seguidor más famoso.

Estos argumentos en favor de que Jesús hubiese sido un hombre casado han sido aducidos por más de un comentarista moderno, pero el silencio de los evangelios al respecto da pie a otra interpretación. Pudo tener una compañera sexual que no fuese su esposa, o que sí lo fuese pero por un rito matrimonial no reconocido entre los judíos.

(Procede recordar que según subraya la tradición herética Jesús y la Magdalena eran pareja sexual, pero nunca dice que fuesen marido y mujer; como hemos visto, los evangelios gnósticos, los cátaros y otros de la trama sumergida o bien hablan expresamente de la «concubina» o la «consorte» de Jesús, o tienen buen cuidado de recurrir a términos ambiguos aludiendo a la «unión» que formaban.)

Como prueba positiva de la situación marital de Jesús algunos postulan que las bodas de Caná, en las que convirtió el agua en vino, eran en realidad las suyas.10 En efecto, a tenor del relato diríamos que su comportamiento es el del novio. La madre de Jesús se preocupa por la falta de vino y, los criados se quedan esperando sus instrucciones, para ejecutar luego las que él imparte, lo cual apenas admite otra explicación que la apuntada. Es interesante que este acontecimiento clave, el primer milagro de la vida pública de Jesús, figure sólo en el Evangelio de Juan y, no haya merecido la atención de los otros tres evangelistas. Pero el evento consiente otra interpretación, sobre la cual volveremos luego.

 

Continuara.

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La Diosa Puta . Maria de Magdala (2)

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Son pocos los personajes de] Nuevo Testamento que tienen un señalamiento como el de María (la) Magdalena y entre esos pocos resaltan Jesús el Nazareno y Juan el Bautista.

¿Qué significa ese nombre? Se viene diciendo tradicionalmente que «Magdalena» quiere decir «de Magdala» y siempre se nos repite que apunta a un pueblo de pescadores de Galilea llamado El Mejdel. Pero nada demuestra que fuese así, ni que el pueblo se llamase Magdala en tiempos de Jesús (de hecho, lo que hoy se llama El Mejdel aparece citado como Tariquea por Josefo). Sí hubo en cambio un Magdolum al nordeste de Egipto, cerca de la frontera con Judea, probablemente el Migdol que menciona Ezequiel.5

En cuanto al significado del nombre, se proponen diversas interpretaciones como «lugar de la paloma», «lugar de la torre» y «templo de la torre».6

Pudiera ser que el nombre de Magdalena hiciese referencia a un lugar y también a un título, considerando la expresiva profecía del Antiguo Testamento (Miqueas 4, 8):
Y tú, Torre del Rebaño,
Fortaleza de la hija de Sión,
a ti vendrá el antiguo poder,
el reino de la hija de Jerusalén.
Pues tal como observó Margaret Starbird en su estudio de 1993 sobre el culto a la Magdalena, The Woman with the Alabaster Jar, las palabras que se han traducido por «torre del rebaño» dicen Magdal-eder, y agrega:
En hebreo, el epíteto Magdala significa literalmente «torre» o «exaltado, grande, magnífico».7
¿Era conocida en tiempos de la Magdalena su relación con las torres, más significativamente, con la restauración de Sión? También es muy revelador el significado de Magdal-eder como «torre del rebaño», que viene a ser como atalaya o custodia de unos seres menores… quizás incluso una «Buena Pastora».

María Magdalena ha causado ya una conmoción contemporánea cuando los autores de The Holy Blood and the Holy Grail aseguraron que había sido consorte de Jesús. Aunque en realidad la proposición no era nueva muchos se enteraron por primera vez y, claro está, hubo el previsible escándalo.

La presunción pecaminosa asociada a la sexualidad se halla tan profundamente arraigada en nuestra cultura, que cualquier sugerencia de que Jesús pudo tener una pareja sexual parece sacrílega y rechazable, aunque fuese en el contexto de un matrimonio monógamo amantísimo y con todas las de la ley. La noción de un Jesús casado sigue juzgándose improbable, en el mejor de los casos, y en el peor se atribuiría a una obra del Diablo. Pero hay muchos motivos para creer que Jesús tuvo en efecto una relación íntima… y muy probablemente con María Magdalena.

A muchos comentaristas les ha extrañado el absoluto silencio del Nuevo Testamento sobre la situación marital de Jesús. Pero los cronistas de aquella época y circunstancia describían a la gente en función de lo que los diferenciaba de los demás. Un hombre de más de treinta años y que todavía no se hubiese casado desde luego llamaría la atención. Conviene recordar que sólo disponemos de la imagen de Jesús que trazaron los evangelistas, y tanto ellos como sus informantes tenían una mentalidad esencialmente judía.

Para los judíos el célibe incurría en un desacato a la voluntad de Dios porque se sustraía al deber de perpetuar el pueblo elegido, lo cual no dejaría de serle reprochado por los ancianos de la sinagoga. Según Geza Vermer, algunos rabinos del siglo II llegaron a comparar la «abstención deliberada de procrear con el homicidio».8 Esas genealogías que tanto abundan en la Biblia y nos parecen superfluas a nosotros, revelan que los judíos estaban orgullosos de sus linajes, y todavía hoy son de los pueblos que más valoran los vínculos de la familia.

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La Diosa Puta . Maria de Magdala. (1)

 

Fácilmente se reconoce a María y a las dos santas, pero la identidad de la cuarta no es tan obvia, aunque una nítida inscripción nos la identifique como Theodora Episcopa, es decir la obispa Teodora. En latín la palabra masculina obispo es episcopus, y la forma femenina es episcopa, así que la evidencia visual del mosaico y también la evidencia gramatical de la inscripción aseguran sin posible equívoco que la obispa Teodora fue una mujer. Pero la a de Theodora está parcialmente borrada por unas rayas hechas en el vidriado del mosaico, lo cual nos lleva a la consternante conclusión de que alguien, tal vez ya en la Antigüedad, quiso suprimir la desinencia femenina.1
Los clérigos actuales suelen meterse en jardines argumentales no poco laberínticos cuando intentan negar lo que anuncian esas imágenes de sacerdotisas. Dirían, por ejemplo, que Teodora era la madre de un obispo, como efectivamente se ha intentado, pero los hechos hablan por sí solos. Las mujeres del siglo I no servían sólo para preparar el café y los bocadillos, como diríamos hoy, sino que oficiaban la eucaristía y dirigían la oración de sus congregaciones. En aquellos primitivos tiempos a nadie se le ocurrió sugerir lo que sí se ha dicho en época reciente:2 que una mujer durante la menstruación podría contaminar, no se sabe cómo, las Sagradas Formas.

No fue hasta noviembre de 1992 que la Iglesia de Inglaterra votó definitivamente la espinosa cuestión y decidió permitir la ordenación de mujeres por el estrecho margen de dos votos. Aunque no tenemos el propósito de terciar en la polémica sobre el asunto, manifestaremos nuestra simpatía hacia las numerosas mujeres que enfrentándose a dificultades enormes procuraron hacer entender a sus «superiores» masculinos que no pedían otra cosa sino un retorno a lo que fue en los comienzos, no una reinterpretación radical que se le hubiese ocurrido a alguien del siglo XX.

Al reinvindicar que se les permitiese recibir el sacramento del Orden, no solicitaban otros derechos sino los que tuvieron hace siglos. (Más curioso aún es que la verdadera condición de la mujer en la Iglesia primitiva fuese conocida, por ejemplo, en el siglo XVII, cuando Agrippa incluye en su tratado sobre la superioridad de las mujeres, al que nos hemos referido en el capítulo 7, las palabras «[no olvidemos] a tantas santas abadesas y monjas como viven entre nosotros, a quienes antiguamente no se tuvo reparo en llamar sacerdotisas».)
Había buenas razones, sin embargo, para que las mujeres tuvieran un lugar destacado en los cultos de Jesús, aunque por desgracia eran las mismas que las exponían a que determinado tipo de hombres procurasen denigrarlas y arrebatarles sus funciones. Si bien volveremos sobre esta cuestión más adelante, quede sentado por ahora que es indudable que las mujeres desempeñaron dignidades sacerdotales en la Iglesia paleocristiana, en pie de igualdad con los hombres como mínimo.

El clero masculino cuando quiere ser condescendiente explica que las mujeres nombradas en las Epístolas y en los Hechos se limitaban a proporcionar hospitalidad a los apóstoles, hombres que andaban por ahí predicando y bautizando a las gentes. Esta hospitalidad se les agradece a mujeres que se llaman Luculla y Felipa, y es evidente que muchas de ellas eran ricas y tal vez asombrosamente independientes para lo que se usaba en su época y circunstancia. Aunque aquí vamos a poner en tela de juicio que ésa fuese su única función, por la manera en que se habla de María Magdalena también es obvio que ella fue una de las primeras protectoras femeninas de ese género.

Ella y otras mujeres «los asistían con sus bienes [a Jesús y a los hombres que le seguían]», lo cual significa que los sustentaban económicamente. En otros lugares se menciona a las mujeres «que le seguían» y las palabras del original implican una participación plena en las actividades y las prácticas del grupo.

Como hemos visto, María Magdalena es la única mujer de los Evangelios no caracterizada como hermana, madre, hija o esposa de algún hombre. Tiene nombre propio, sencillamente, y aunque esto puede ser ignorancia de los cronistas en cuanto a su identidad, mucho más verosímilmente debió de ser conocida en su tiempo que no hiciese falta explicar quién era a ninguno de los primeros cristianos.

De su relación con los demás cabe debatir, pero lo que sí resalta claramente de los textos evangélicos es que fue una mujer independiente. Tal como recuerda Susan Haskins, eso evidencia que tenía «medios propios».


Continuara

La Diosa Puta . Maria de Magdala.

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De trascendencia obviamente enorme, pero no aclarada, fue la mujer que se llamó María Magdalena para los antiguos movimientos «heréticos» clandestinos de Europa. Sus lazos con la veneración de las Vírgenes negras, con los trovadores medievales y las catedrales góticas, con los misterios que rodean al abbé Saunière de Rennes-le-Château y el Priorato de Sión, implican algo en ella que pareció siempre muy peligroso para la Iglesia.

Como hemos visto, se tejen muchas leyendas alrededor de esa mujer enigmática y poderosa. Pero ¿quién fue, y cuál es su secreto?

Ya hemos dicho que hay pocas referencias explícitas a «María Magdalena» en los evangelios del Nuevo Testamento. Por el tenor de las menciones, sin embargo, queda claro que fue la más importante de las discípulas de Jesús… todas las cuales han sido ignoradas casi totalmente por la Iglesia, y siguen siéndolo. Si se habla de ellas para algo, por lo general interviene el sobreentendido de que la palabra «discípulo» tiene más peso en cuanto se trata de hombres.

En efecto, la presencia de las discípulas ha sido menospreciada en medida injustificable, y ello por comentaristas muy posteriores a la época de los evangelistas. Pues si los judíos del siglo primero y de aquella cultura pudieron tener alguna dificultad de tipo sociológico o religioso para admitir el concepto de que unas mujeres fuesen importantes, a los críticos más recientes no les vale esa excusa. Sin embargo, el debate sobre el sacerdocio femenino en la Iglesia anglicana, por citar sólo un ejemplo, demuestra que no ha cambiado gran cosa en los 2.000 años transcurridos.

Para los creyentes de allí y de todas partes, «discípulos» se refiere automática y exclusivamente a los seguidores masculinos: Pedro, Santiago, Lucas y los demás, pero no «María Magdalena, Juana, Salomé…», pese al hecho de que haberlas las hubo, como ni siquiera los autores de los evangelios dejaron de reconocer.

Durante la inacabable discusión sobre el ministerio femenino (ni siquiera las mujeres partidarias se atrevieron a usar el término de sacerdotisas, por sus resonancias paganas), circularon las representaciones más extraordinariamente erróneas en cuanto al séquito de Jesús, siempre con el fin de «demostrar» que las mujeres citadas no eran en realidad miembros de la clerecía. Se dijo por ejemplo que el discipulado de Jesús estaba compuesto exclusivamente de hombres, pese al hecho de estar citadas por sus nombres las mujeres de su entorno: la tradición judía de la época significaba que si los evangelistas hubiesen tenido la posibilidad de omitirlas, podían hacerlo y lo habrían hecho.

Pero las nombran, y eso significa que no era posible omitir su participación en el ministerio, como también sucedió sin duda alguna entre las generaciones cristianas inmediatamente posteriores. Porque según ha demostrado concluyentemente, entre otros, Giorgo Otranto, profesor italiano de Historia de la Iglesia, durante varios siglos las mujeres no se limitaron a ser miembros de la congregación sino que oficiaron en el sacerdocio e incluso en el episcopado.

Tal como ha escrito una autoridad en el tema de las mujeres del cristianismo primitivo, Karen Jo Torjesen, en su libro When Women Were Priests (1993):
Bajo el arco mayor de una basílica romana dedicada a dos santas, Prudenciana y Práxedes, vemos un mosaico que representa a cuatro personajes femeninos: las dos santas con María y una cuarta mujer que lleva el cabello cubierto por un velo y un halo cuadrado alrededor de la cabeza, recurso expresivo mediante el cual nos indica el artista que la persona retratada vivía cuando se realizó el mosaico. Los cuatro rostros nos contemplan serenamente sobre el fondo dorado.

(Continuara)