Secretos de la tristeza

 

Se  piensa en tristeza como sinónimo de decadencia. Más si  la tristeza es hastío, se podría encontrar alguna vuelta para retomar algún deseo olvidado. Tarea casi improbable, y lo imposible es la vocación de un psicoanalista. La tristeza es sentida como vació, soledad.

El deseo es aquello que rescata a un sujeto de la determinación del “nada se puede hacer”. La tristeza consiste en silenciar, pisar, calmar las ganas se hacer con el vivir algo diferente. El secreto es aquello guardado bajo llave.

Guardado para ser utilizado en momentos donde todo parece desfallecer. ¡Y ese secreto que hace al sujeto será cantado en el momento donde el hastío ya no sea refugio!. Y lo cantado es canto, que como virtud y deseo, no tiene nada que ver con imposición. La dirección será hacia lo nuevo, lo diferente. Lo decadente es acatare las demandas que aplastan, y que nos hacen chatos. Chatos de sonrisa, chatos de corazón y en fuga. Y por cierto la fuga no encuentra salida, sino que es miedo a lo Real. Lo decadente es no animarse a hacer un futuro diferente. El futuro de forja con lo que hacemos y decimos cada día. Lo diferente implica aceptar las diferencias, aquellas que nos sacan de la comodidad, de ese hastío resignado del “Siempre fue igual”: Convertirse en un sujeto artífice de su historia no es casa fácil. Siempre se espera que algún Amo determine la suerte que te corresponderá. Y se trata de una búsqueda, de una exploración al corazón. Búsqueda que con-prende a tu Otro. De ese corazón “sentido” del cual la medicina no le encuentra “ Sentido”. Corazón SINSENTIDO  pero que busca sin saber que.

Explorar la subjetividad es diferente  a acatar las imposiciones del Amo de turno. Hay que derribar muros, esos que cercan el corazón. Aquí en este punto, es donde se extravían algunos psicólogos reparadores de faltas. Ignorando que cuando algo “hace Falta” hace falta hacer algo con ese dolor ( que es grito silenciado), Y no se trata de silenciarlo.

Solo se transforma la tristeza si “eso” que  “ hace falta”, se convierte en acción que subvierta el malestar. Falta y vació: “el conjunto vació da lugar a la invención, da lugar a la proliferación de los efectos de verdad”.

La liberación del malestar de un paciente dependerá de la posición del analista. Si se ubica como Amo que todo lo sabe, ¿ Qué posición le queda al paciente?. Si en cambio causa el deseo, ¿ Cuáles serán las consecuencias? Apuestas a la subjetividad. Interrogar la causa sin respuestas prefabricadas. Apuesta al deseo.

La tristeza es un bostezo de lo que no fue. Lo famélico de lo triste es que entre espejismos ataca a lo malinche. Y lo feliz es otro altar donde se refugia lo triste. La felicidad es la otra cara de lo triste, es decir un más de lo mismo. Mientras el universo se expande a la vez que se consume.

Universo creado a partir de un vacío. Big Bang. BB. Bebe creado a partir de un deseo de proliferar, diseminarse. Crear, construir allí donde no hay nada. Algo que de cuenta que pasamos por aquí.

Lo triste es la marca tapada, la pisada borrada. Lo triste es sin interrogantes. Lo triste tiene respuestas para todo, lo feliz también.

Vivir es otra cosa, tal vez una sola respuesta que abre preguntas.

 

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¿Quien controla a quien?

 

La mas dificil y delicada tarea que podemos desempeñar en la vida es la criar otros seres humanos. Hacernos responsables por ellos. Darles afecto, atención, disciplina, ejemplos, patrones de conducta adecuados, enseñarles sus limitaciones, tolerarles sus errores sin ser complices de sus negligencias o irresponsabilidad, aceptarlos como son –sin convertirnos en testigos de su agresividad, de la incompetencia o desidia. Querer a un hijo implica algo mas que facilitarle su vida, implica enseñarle y exigirle hacerse responsable de sus actos. Y en ocasiones, las consecuencias de sus acciones son desafortunadas. Tendra que conocer el éxito y la derrota. Tendra que aprender a caerse y levantarse. Asi desarrollara todo su potencial para el desempeño efectivo (con la orientación de sus padres, por supuesto). Pero lo intolerable es la permisividad o indiferencia de los padres ante la frecuente violencia verbal o fisica del adolescente, su irrespeto a las figuras parentales y la violación de las normas. Un adolescente que no acata las normas racionales del hogar ni respeta a sus padres, es una pareja potencialmente fracasada en el futuro. No puedo “repartir flores entre mi projimo” si reparto espinas a mis padres. Me refiero a hogares donde los padres han sido demasiado permisivos ante los excesos juveniles. Que no han sabido ejercer su autoridad, sino que se han limitado a reprochar, reclamar y quejarse de los hijos, sin establecer precedentes ni condicionamientos ni programas de refuerzo positivo-negativo.

Comprendo que los adolescentes reaccionen de manera violenta si provienen de hogares similares, cuyos padres, se han desbordado en sus impulsos, en vez de ser ejemplos de control y afecto. Pero, en este articulo me refiero a los adolescentes malcriados provenientes de hogares exageradamente complacientes, tolerantes y permisivos. Si ud es incapaz de ponerle limites a sus hijos “ofensivos y negligentes”, entonces atengase al futuro de este. Los demas tampoco le aguantaran su impulsividad, inmadurez y mala crianza (ni siquiera su futura pareja).

En un hogar permisivo, donde los padres no ejercen su autoridad y no se aseguran de hacer cumplir las normas y reglas de juego frente a unos muchachos que pecan por sus excesos, se cultiva la semilla del fracaso sentimental del futuro. Al no haber equilibrio entre el afecto y al disciplina, los adolescentes se desajustan emocionalmente y crecen en un ambiente descompensado. Resultado: jóvenes consentidos y poca iniciativa, pereza ante el esfuerzo sostenido o ante las metas importantes, intolerantes frente a un “no”, anteponen lo material antes que lo meritorio. Se rinden fácilmente ante la minima exigencia y se irritan ante las divergencias. Habituados a la recibir complacencia incondicional y sin meritos. Saben recibir, pero dan poco. Generalmente ignoran deliberadamente las responsabilidades y normas, atreviendose a competir con sus padres en los niveles de autoridad. Dan la impresión de ser autosuficientes, en ocasiones, y rara vez prestan atencion a sus padres u otros. Estos adolescentes no conocen sus limitaciones porque sus padres permisivos los educaron con la premisa de que “hay que darles todo para que sean felices”. “Quiero darles a mis hijos, lo que yo no tuve”. No quiero que mis hijos pasen por la crisis que yo pase”.

La intencion es buena, es noble, pero el metodo o procedimiento es inadecuado. Darle todo a los hijos implica tambien un equilibrio entre los beneficios y privilegios con la disciplina y el merito. Las cosas se ganan tras un esfuerzo. No se regalan, no porque no se lo merezcan, sino porque hay que establecer el paradigma de la meritocracia, al fin y al cabo, eso prevalecera en la etapa adulta. Un adolescente que desconsidera e irrespeta a sus padres, sus seres mas queridos, es un arma en potencia contra las demas personas, sobretodo con su futura pareja. Porque, quien no es sensible ante sus padres, no lo sera con su pareja, luego.

El adolescente malcriado te agradecera (mañana) que le pongas limites, hoy. Aunque resulten antipáticas las medidas dsiciplinarias, son necesarias y terminan beneficiando a propios y extraños. No todo lo que nos duele, es malo. Tambien ciertas inyecciones que duelen, pero curan. Es una responsabilidad – y un deber- que tenemos con nuestros hijos el enseñarles sus restricciones. Un adolescente caprichoso y grosero con sus padres, al punto de desvalorizarlos, es capaz de hacerle lo mismo mañana a TODOS los demás, no tendra estabilidad sentimental. Entonces, seremos complices de sus fracasos, por no haberles enseñado el equilibro entre “sus derechos y sus deberes”. Como padres NO BASTA que les Hablemos a nuestros hijos, debemos asegurarnos que comprendan y sean responsables consigo mismos, que aprendan a gobernarse a si mismos. Que actúen a favor de si mismos, sin perjuicio de los demas. Sobretodo debemos constituirnos en el ejemplo de lo que le pedimos. De lo contrario, nuestras palabras serán gritos al viento.

Hablar con los gestos.

 

Es una antigua broma decir que “Fulano quedaría mudo si se le ataran las manos”. Sin embargo es cierto que todos estaríamos bastante incómodos si nos forzaran a no realizar los pequeños movimientos con que acompañamos e ilustramos nuestras palabras.

La mayoría de las personas son conscientes del movimiento de las manos de los demás, pero en general lo ignoran, dando por sentado que no se trata más que de gestos sin sentido. Sin embargo los gestos comunican. A veces contribuyen a esclarecer, especialmente cuando el mensaje verbal no es claro. En otros momentos, pueden revelar emociones de manera involuntaria. Las manos fuertemente apretadas o las que juguetean constituyen claves sobre la tensión que otras personas pueden notar en nosotros. Un gesto puede ser tan evidentemente funcional, que su sentido exacto es inconfundible. En una película, experimental, una mujer se cubría los ojos cada vez que hablaba de algo que la avergonzaba. Cuando discutía su relación con el terapeuta, se acomodaba la pollera.

Algunos de los gestos más comunes están íntimamente relacionados con el lenguaje, como formas de ilustrar o enfatizar lo que se dice. Hay gestos que señalan ciertas cosas y otros que sugieren distancias. “Se acercó un tanto así…” o direcciones: “Debemos movernos más allá”. Algunos representan un movimiento corporal (blandir el puño o hacer juegos malabares) y otros delinean una forma o tamaño en el aire. Otros gestos subrayan las etapas durante el desarrollo de una narración: “Entonces se sentó y entonces dijo…”

Cada individuo posee su propio estilo de gesticular y en cierto modo el estilo de una persona revela su cultura. En Estados Unidos, los gestos frecuentemente revelan el origen étnico de un individuo ya que cada cultura posee sus propios movimientos corporales, distintivos, y el estilo es más persistente que un “acento” extranjero o un dialecto. Los expertos creen que en los Estados Unidos los gestos étnicos se transmiten a menudo hasta la tercera generación; por ejemplo, los miembros de una familia del Sur de Italia que han vivido en los Estados Unidos durante tres generaciones, todavía se mueven con la expansividad y ampulosidad que es común a los italianos. Teóricamente, el estilo del movimiento podría persistir para siempre si en cada generación los niños se educaran dentro del entorno étnico. Un niño criado en los suburbios y enviado a otro lugar para concurrir al colegio a una temprana edad, adquiere una forma diferente de moverse.

Albert Scheflen ha sugerido que algunas veces el estilo del movimiento se confunde con los rasgos físicos. Cuando decimos que alguien parece francés o parece judío, lo que queremos expresar es que se mueve con elegancia como un francés, o tiene movimientos cortos y apresurados como un judío. Hay personas bilingües que cambian su manera de gesticular al mismo tiempo que el idioma, como Fiorello La Guardia. Muchas otras no, y es por ello que solemos encontrar gente que habla perfectamente el inglés y mantiene movimientos de cinesis claramente identificables con el iddish; de algún modo su inglés no sonará tan bueno como realmente es, porque los movimientos que hace no lo acompañan adecuadamente.

El estilo de los gestos se comenzó a investigar a comienzos de 1940, a través de un profundo estudio realizado por David Efron. Efron quería desmentir las afirmaciones de los científicos nazis acerca de que los gestos se heredaban a través de la raza. Se dedicó a estudiar a inmigrantes judíos e italianos en la parte baja del Este de la ciudad de Nueva York. Es difícil saber si el interés por el tema de la comunicación no verbal se originó con la publicación de su libro Gesture and Enviranment, o si los científicos simplemente lo redescubrieron a comienzos del año 1950, cuando alcanzó verdadero auge. De cualquier modo, el libro de Efron representa una importante fuente de información acerca de la historia de la gesticulación, y además, puede muy bien ser como dijo un investigador, “el trabajo individual más profundo sobre la cinesis”. Efron utilizó en sus estudios una variada serie de técnicas: sus propias observaciones, dibujos realizados al natural por un artista, y una serie de películas. Para analizar los filmes trazó un cuadriculado sobre la pantalla y realizó mediciones directas sobre la orientación de los gestos.

Para comenzar descubrió que realmente existen notables diferencias en el estilo de los gestos, Los judíos mantienen las manos muy próximas al pecho y al rostro. Los antebrazos contra el cuerpo, de manera que el movimiento comienza recién en los codos y hacia abajo. Gesticulan generalmente con una mano: en forma cortante, salpicada y llena de energía nerviosa. Dos personas que conversan gesticulan simultáneamente y el que habla puede incluso aproximarse al otro y tomarlo por las solapas. Los judíos también suelen usar gestos claves para indicar la hora o sugerir direcciones. Los inmigrantes italianos, por el contrario, emplean un tipo de gestos más ampulosos; para delinear formas son más expansivos y simétricos, pues emplean ambas manos. Sus manos se mueven en todas direcciones, muchas veces más allá del brazo extendido. Los italianos, por otra parte, son más propensos a tocar su propio cuerpo y no el de su interlocutor, y sus movimientos están llenos de energía y fuerza interior, aunque sean suaves y parejos.

Efron estudió la primera generación de italianos y de judíos y descubrió que los que mantenían los lazos étnicos tradicionales con sus respectivas comunidades, retenían el estilo de sus gestos; mientras que los que se asimilaban a la vida norteamericana comenzaban a perderlos. Logró distinguir también algunos gestos híbridos que resultan comunes a todos los estilos. Lo que sí comprobó incuestionablemente, fue que las formas de gesticulación no se heredan racialmente.

En 1942, en un estudio realizado sobre el trabajo de Efron, Gardner Murphy hizo especulaciones acerca de las fuerzas que forman el estilo de los gestos de una cultura. Desarrollando la idea sugerida por Efron, Murphy escribió: La gesticulación de los italianos parece ser la expresión de una existencia vivida en aldeas donde el espacio es libre; la estructura familiar clara y definida, y la conversación se asemeja mucho en su valor expresivo a la danza o al canto. Por el contrario, los judíos europeos, constreñidos por condiciones económicas y persecuciones sociales, realizan gestos de evasión y cuando se ven forzados a enfrentarse con una dificultad, dirigen su agresión localizada hacia el objeto más próximo. La vida metropolitana de las grandes ciudades norteamericanas hace que ambos estilos pierdan cada vez más su sentido, y resulten más inútiles. No es solamente la imitación de las normas norteamericanas lo que los modifica; es el papel positivo de la gesticulación en la vida social que requiere su énfasis.

Los franceses usan pocos movimientos pero con elegancia y precisión en estilizadas expresiones de las emociones. No son tan expansivos como los italianos; tan insistentes como los judíos; tan angulares e incisivos como los alemanes, ni tan informales como los norteamericanos. Entre los alemanes, las zonas más expresivas son el rostro y la “región de la columna vertebral” -refiriéndose a la clásica postura del soldado- mientras que los movimientos de manos y de brazos, por lo general se emplean para reforzar una aseveración sobre la que se está seguro. En Estados Unidos, los gestos carecen del estilo ardiente de los franceses o de los movimientos interpersonales integrados que se observan entre los italianos. Más aun, existen notables diferencias de estilo entre las distintas regiones.

Margaret Mead en Male and Female destacó estas diferencias. Al comparar a los Estados Unidos con otras sociedades menos desarrolladas técnicamente y por lo tanto más homogéneas, donde existe un estilo de movimiento para cada individuo, escribió sobre los norteamericanos:

Todos los hombres no cruzan las piernas con la misma masculina seguridad. Todas las mujeres no caminan con pasos cortos y como a saltitos, ni se sientan y descansan con los muslos juntos, aun mientras duermen. El comportamiento de cada norteamericano es de por sí una mezcla, una versión imperfecta realizada en base al comportamiento de otros que a su vez tampoco provienen de un modelo único. sino de cientos de moldes, cada uno diferente, cada uno desarrollado en forma individual y falto de autenticidad y de la precisión de un estilo de conjunto. La mano que se extiende para saludar, para enjugar una lágrima o para sostener a un niño desconocido que ha tropezado no será aceptada indefectiblemente, y si se la acepta, no lo será en el sentido en que se ofrece…

El lenguaje y los gestos de los norteamericanos incluyen la duda, la posibilidad de no ser comprendidos cuando una relación se profundiza, la posibilidad de construir un código que sirve para comunicarse en lo básico, la necesidad de sondear a la otra persona, para encontrar alguna forma delicada, sobreentendida, imperfecta, de comunicación inmediata.

De la misma manera que cada cultura posee su propio estilo de movimientos característicos, también tiene su repertorio de emblemas. Un “emblema” es un movimiento corporal que posee un significado preconcebido, como el gesto de “hacer dedo” en la ruta o el gesto de cortar la garganta.

Paul Ekman, en un trabajo paralelo a su investigación sobre la expresión facial, ha efectuado otra investigación sobre emblemas que resultan universales a toda la humanidad. Después de trabajar en Japón, en Argentina y en la tribu Fore de Nueva Guinea, ha encontrado hasta ahora entre diez y veinte emblemas que posiblemente son universales. Es decir, que en estas tres culturas totalmente divergentes el mismo movimiento corporal implica igual mensaje. Puede no ser cierto que todas las sociedades tengan estos emblemas, pero Ekman considera que si una cultura posee algunos emblemas para ciertas palabras o frases, serán sin duda los que él extrajo de sus investigaciones.

Un claro ejemplo es el del sueño, que se indica inclinando la cabeza y apoyando la mejilla sobre una mano. Otro es el emblema de estar satisfecho, que se representa poniendo una mano sobre el estómago, palmeándolo suavemente o masajeándolo. Ekman piensa que estos gestos son universales debido a lo limitado de la anatomía humana. Cuando la musculatura permite realizar una acción en más de una forma, existen diferencias culturales en los emblemas. Por ejemplo, a pesar de que el emblema de comer siempre involucra el movimiento de llevarse la mano a la boca, en Japón, una mano sostiene un tazón imaginario a la altura del mentón, mientras que la otra lleva una imaginaria comida a la boca; en Nueva Guinea, en cambio, donde la gente come sentada en el suelo, la mano se estira a lo largo del brazo, levanta un bocadillo imaginario y lo lleva a la boca. En la Argentina, el emblema del suicidio consiste en llevarse la mano en forma de pistola a la sien; en Japón, es la pantomima de abrirse el vientre mediante el hara-kiri.

Algunas veces las diferentes culturas emplean los mismos emblemas, pero con un significado totalmente diferente. Sacar la lengua es considerado una señal de mala educación, entre nuestros niños, pero en el sur de China moderna, una rápida exhibición de la lengua significa turbación; en el Tibet, representa una señal de educada cortesía, y los habitantes de las islas Marquesas sacan la lengua para negar.

Resulta obvio que una persona que visita un país extranjero puede encontrarse ante un problema embarazoso si emplea un emblema que no corresponde a la cultura local. Por ejemplo un norteamericano que estaba dictando conferencias en Colombia, les hablaba a sus alumnos acerca de niños de edad pre-escolar; cuando estiró el brazo con la palma de la mano hacia abajo para indicar la altura de esos niños, toda la clase comenzó a reír. Parece ser que en Colombia este gesto se emplea para señalar el tamaño de los animales pero nunca el del ser humano. Incidentes de este tipo indujeron a dos jóvenes becados de la Universidad de Colombia, a escribir lo que probablemente es el primer manual para interpretar emblemas. A pesar de que algunos profesores de idiomas han señalado que la gente no espera que los extranjeros hagan gestos perfectos, aun cuando sean fluidamente bilingües, parece lógico que los estudiantes traten de aprender aunque sea someramente la parte de la cinesis de una lengua, al mismo tiempo que aprenden su vocabulario. Es probable que en el futuro se encare así la enseñanza de los idiomas.

La gesticulación ha sido estudiada desde un punto de vista totalmente distinto por los especialistas en cinesis, que ven en ella un elemento perfectamente delineado dentro de la corriente regular y hasta repetitiva de los movimientos corporales.

Adam Kendon realizó un análisis detallado de las gesticulaciones de un hombre, que fue filmado mientras hablaba a un grupo informal, de aproximadamente once personas. Con la ayuda de un lingüista, Kendon dividió la conferencia no en unidades gramaticales sino en sectores fonéticos, basados en los ritmos y los patrones de entonación del discurso en sí. Descubrió que esta conferencia de dos minutos podía ser analizada en tres “párrafos”, que contenían entre ellos once “subpárrafos”, los que a su vez estaban formadas por dieciocho locuciones (cada una representaba grosso modo una oración). Éstas a su vez, podían subdividirse en cuarenta y ocho frases.

Kendon realizó a continuación un sorprendente descubrimiento. Cada nivel de un discurso está acompañado por una norma contrastante de movimiento corporal, de tal manera que cuando el orador pasa de una frase a la siguiente o de una oración a otra también varía de un tipo de movimiento corporal a otro. Durante el primero de los tres párrafos, por ejemplo, el hombre gesticulaba únicamente con su brazo derecho; durante el segundo, con el izquierdo, y durante el tercero, con ambos. Dentro de los subpárrafos podía emplear amplios movimientos de adentro hacia afuera con todo el brazo durante la primera oración, gestos con la muñeca sola y los dedos durante el segundo, y luego podría flexionar el brazo hasta el codo durante el tercero. Lo mismo ocurría a nivel de las frases.

Kendon me explicó que el hombre de la película estaba representando mediante su gesticulación la estructura gramatical de lo que decía. Además, asociaba en forma regular algunos movimientos con frases o ideas particulares. En un momento dado, expresó: “Los británicos son conscientes de sí mismos”, mientras mantenía sus manos en el regazo, los dedos entrecruzados, enfrentando las palmas y los pulgares hacia arriba. En el siguiente párrafo, volvió a citar la misma idea pero expresándola de manera diferente; sin embargo, la acompañó con la misma posición de las manos.

Todo esto concuerda de manera bastante clara con los descubrimientos de la cinesis acerca de la postura, en el sentido de que ante cada encuentro el hombre acomoda su cuerpo mediante una serie de posiciones diferentes. Adoptará una postura especial para hablar y otra para escuchar, y algunas veces hará diferencias entre las posturas para hablar. Se presentará en una forma al interrogar; en otra al dar órdenes; en otra para dar explicaciones, y así sucesivamente. Mediante el microanálisis se ha llegado a la conclusión de que los movimientos corporales de un hombre cambian de dirección, cuando coinciden con los ritmos del lenguaje, de tal manera que aun a nivel silábico, el cuerpo danzará al ritmo de las palabras.

Un problema que interesa actualmente a Kendon es el contexto en el que la gente gesticula o deja de hacerlo. Notó que el hombre de la película estaba diciendo su pequeño discurso que probablemente tenía bien pensado de antemano, y lo pronunció sin dificultades. Como sabía aproximadamente lo que diría a continuación, el hombre condicionaba sus gestos, aun cuando no lo hacía conscientemente, con la fluidez de sus palabras.

También se realizan gesticulaciones durante discursos que no denotan tanta seguridad. Kendon observó que cuando una persona se interrumpe en medio de una frase mientras busca la próxima palabra, trata de representarla mediante el movimiento de sus manos. Una mujer que decía que “había traído rodando una mesa con una ah… eh… torta encima”, había realizado en el aire con un dedo un movimiento circular y horizontal con la forma de una torta, mientras dudaba y decía “ah… eh…”. Kendon sugirió que algunas veces, la gente suele hacer gestos que indican lo que está por decir. Y agregó:

También es cierto que si usted le pide a alguien que repita algo que no entendió claramente, aun cuando anteriormente no haya gesticulado, seguramente lo hará al repetir la explicación. Los gestos aparecen cuando una persona tiene más dificultad para expresar lo que quiere decir, o cuando le cuesta más trabajo hacerse comprender por su interlocutor. Cuanto más necesita despertar sus sentidos, mayor intensidad da a la expresión corporal, de tal manera que cada vez gesticula con mayor amplitud.

Esta explicación está refrendada en un experimento realizado por el psicólogo Howard Rosenfeld. Descubrió que las personas a las que se les indica que traten de parecer agradables ante terceros, gesticulan más y también sonríen más que las que reciben la consigna de no mostrarse demasiado amistosas.

Cuando una persona gesticula, se da cuenta sólo periféricamente de que lo hace. Es más consciente del movimiento de las manos de la otra persona, pero en general, se fija más en el rostro que en ellas.

Sin embargo, las manos están maravillosamente articuladas. Se pueden lograr setecientas mil posiciones diferentes, usando combinaciones de movimientos del brazo, de la muñeca y de los dedos. El profesor Edward A. Adams, de la Universidad del Estado de Pensilvania ha notado que: “Los movimientos de las manos también son económicos, rápidos de emplear y pueden ejecutarse con mayor velocidad que el lenguaje hablado.” A través de la historia ha habido lenguajes por señales que realmente reemplazaron a las palabras. Efectivamente, algunos científicos sugieren que el primitivo lenguaje del hombre era por señas. Aseguran también que el hombre aprende el lenguaje de los gestos con toda facilidad. Los niños sordomudos inventan rápidamente su propio sistema de comunicación si no se les enseña uno preestablecido.

Sin embargo, en nuestros días hablamos con nuestra lengua más que con nuestras manos, obviamente es la mejor manera de hacerlo. La voz humana es capaz de lograr muchos matices ricos y sutiles y la persona que habla gesticulando con las manos, necesariamente dejará de hacerlo si necesita emplearlas en otros menesteres. Aun así, la gesticulación transmite muchas cosas. Sirve de clave a la tensión de un individuo; puede ayudar a precisar su origen étnico, y representa una manera directa de expresión de la personalidad.

 

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¿Eres orgulloso?

El orgulloso es aquel que tiene un alto concepto de si mismo y confía en todo lo que hace porque tiene la certeza de que puede hacer todo bien y que no hay nadie mejor que él.

Sentirse orgulloso de si mismo por algo que se hizo bien es saludable, siempre que ese orgullo no se transforme en soberbia y esa persona se crea que es un dios que nunca se equivoca y que el resto de la gente es pura basura.

Tener confianza en si mismo es positivo pero tenerla en exceso puede limitar a una persona a llegar hasta ahí y no intentar nada nuevo.

El orgulloso no escucha, siempre habla él y minimiza el aporte de los demás. Es el que pasa primero, habla primero, se ubica primero tratando de hacerse ver y decir lo que tiene que decir porque cree que es lo mejor.

El orgulloso se siente imprescindible y no confía en nadie más que en él mismo. Es el que tiene la familia perfecta, los hijos perfectos, la mejor casa, el que eligió el mejor auto, la mejor mujer, y el que tiene el mejor trabajo y el sueldo más alto.

El orgulloso no acepta el aporte de los demás, descarta cualquier sugerencia sólo porque no se le ocurrió a él.

Ese exceso de orgullo que no permite que analice lo que hace ni que pueda optimizar su acción, lo lleva a estancarse y a no evolucionar.

Es importante poner el esfuerzo para conseguir la excelencia, porque la búsqueda de la perfección es para los mediocres que tienen todas las respuestas y se quedan en los detalles.

El orgulloso se aferra a una postura y la defiende a muerte, sin márgenes para el error o las correcciones. Es el sabelotodo que se adhiere a utopías ya hechas para no adjudicarse a si mismo sus fracasos y es el que se identifica con todo lo que tiene.

Porque la persona orgullosa vive pendiente de las apariencias y necesita estar primera, sentirse que ocupa el primer lugar, y que tiene lo que hay que tener para pertenecer a la clase que justifica plenamente su orgullo.

Es mejor detectar esta falla de la personalidad a tiempo si se trata de alguien que hay que frecuentar por algún motivo y alejarse cuanto antes de esta persona, porque fagocitará cualquier intento de independencia o creatividad de los que los rodean en pos de su conveniencia y sus rígidas ideas.