HAY QUE SER CONSECUENTES…O NO.

Hay personas que cambian fácilmente de opinión dependiendo de quien tengan delante.
De esta manera podemos ver que existen personas de que hoy te defienden un planteamiento con más o menos convencimiento y vemos que a las pocas horas lo que dice es justo lo contrario… ¿Por qué sucede que hay personas que cambian con tanta facilidad de opinión? ¿Por qué se produce esta situación?

Todos tenemos una opinión más o menos hecha sobre las cosas que nos rodean, sobre la manera de vivir y pensar. Construimos nuestro pensamiento dependiendo de las ideas esenciales que tenemos. Tales ideas nacen generalmente de la propia experiencia, o de experiencias cercanas que hemos analizado y nos permiten sacar conclusiones.
Cada idea se modela en nosotros en los distintos momentos de la vida: niñez, adolescencia, vida adulta, etc. Algunas ideas persistirán hasta la muerte. Otras ideas cambiarán por motivos drásticos.

La validez de las ideas que tenemos se demuestran luego en la vida, en su eficacia, en que son ideas que se pueden llevar a la práctica.
No es extraño que con el paso del tiempo vayamos poco a poco modificando nuestras ideas y perfeccionándolas hasta hacerla mejores.

Las personas más cercanas a nosotros son las que mejor nos van a escuchar, sobre todo las primeras veces. Esto sucede cuando tenemos que tomar decisiones importantes para nuestra vida. Son con nuestros familiares y amigos más cercanos con quienes compartimos nuestras ideas y orientaciones en la vida.

Todos admiramos a las personas que son consecuentes, que llevan a la práctica, lo que dicen y creen. Nos entusiasma ver cómo personas son fieles a sus principios e ideas. Pero ocurre en ocasiones que las personas que dicen creer en algo concreto a la hora de actuar hacen justo lo contrario.

Ser consecuente con las propias ideas es una de las varas de medir que se aplican a todo el mundo. Acabamos fiándonos más de las personas consecuentes y consistentes, aunque no coincidan con nosotros, que de las personas volátiles, cuyos mensajes predicen poco y mal cuál será su acción en el futuro. Es conveniente que que poco a poco nos vayamos haciendo más consecuentes con lo que pensamos y creemos. De esta manera no
defraudamos a los demás ni a nosotros mismos.

Ser consecuente es poner en práctica lo que pensamos y creemos pero siempre para el bien de los demás y el nuestro. No hay que hacer anuncios del tipo: “yo haría…” y después a la hora de la verdad echarse para atrás y no ponerlo en práctica. Es mejor hacer que decir…
Si no estás totalmente seguro de responder en la práctica del mismo modo que estás dispuesto a asegurar en la teoría, mejor es estarse callado. Si no podemos estarnos callado por los motivos que sean, lo mejor es expresar nuestras dudas sobre el tema.
Evita ser radical en temas que afectan a otras personas pero no a ti.
No hables más de lo que hagas.Hay que ser flexibles en nuestras ideas y nuestra manera de actuar. Si cometemos errores, lo mejor es reconocerlos con humildad.

¿ PERDONAR ?

 

¿Qué es el perdón? ¿Qué hago cuando digo a una persona: “Te perdono”? Es evidente que reacciono ante un mal que alguien me ha hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la injusticia, sino que renuncio a la venganza y quiero, a pesar de todo, lo mejor para el otro. Vamos a considerar estos diversos elementos con más detenimiento.

En primer lugar, ha de tratarse realmente de un mal para el conjunto de mi vida. Si un cirujano me quita un brazo que está peligrosamente infectado, puedo sentir dolor y tristeza, incluso puedo montar en cólera contra el médico. Pero no tengo que perdonarle nada, porque me ha hecho un gran bien: me ha salvado la vida. Situaciones semejantes pueden darse en la educación. No todo lo que parece mal a un niño es nocivo para él. Los buenos padres no conceden a sus hijos todos los caprichos que ellos piden; los forman en la fortaleza. Una maestra me dijo en una ocasión: “No me importa lo que mis alumnos piensan hoy sobre mí. Lo importante es lo que piensen dentro de veinte años.” El perdón sólo tiene sentido, cuando alguien ha recibido un daño objetivo de otro.

Por otro lado, perdonar no consiste, de ninguna manera, en no querer ver este daño, en colorearlo o disimularlo. Algunos pasan de largo las injurias con las que les tratan sus colegas o sus cónyuges, porque intentan eludir todo conflicto; buscan la paz a cualquier precio y pretenden vivir continuamente en un ambiente armonioso. Parece que todo les diera lo mismo. “No importa” si los otros no les dicen la verdad; “no importa” cuando los utilizan como meros objetos para conseguir unos fines egoístas; “no importan” tampoco el fraude o el adulterio. Esta actitud es peligrosa, porque puede llevar a una completa ceguera ante los valores. La indignación e incluso la ira son reacciones normales y hasta necesarias en ciertas situaciones. Quien perdona, no cierra los ojos ante el mal; no niega que existe objetivamente una injusticia. Si lo negara, no tendría nada que perdonar.

Si uno se acostumbra a callarlo todo, tal vez pueda gozar durante un tiempo de una aparente paz; pero pagará finalmente un precio muy alto por ella, pues renuncia a la libertad de ser él mismo. Esconde y sepulta sus frustraciones en lo más profundo de su corazón, detrás de una muralla gruesa, que levanta para protegerse. Y ni siquiera se da cuenta de su falta de autenticidad. Es normal que una injusticia nos duela y deje una herida. Si no queremos verla, no podemos sanarla. Entonces estamos permanentemente huyendo de la propia intimidad (es decir, de nosotros mismos); y el dolor nos carcome lenta e irremediablemente. Algunos realizan un viaje alrededor del mundo, otros se mudan de ciudad. Pero no pueden huir del sufrimiento. Todo dolor negado retorna por la puerta trasera, permanece largo tiempo como una experiencia traumática y puede ser la causa de heridas perdurables. Un dolor oculto puede conducir, en ciertos casos, a que una persona se vuelva agria, obsesiva, medrosa, nerviosa o insensible, o que rechace la amistad, o que tenga pesadillas. Sin que uno lo quiera, tarde o temprano, reaparecen los recuerdos. Al final, muchos se dan cuenta de que tal vez, habría sido mejor, hacer frente directa y conscientemente a la experiencia del dolor. Afrontar un sufrimiento de manera adecuada es la clave para conseguir la paz interior.

COMPRENSION

 

Es preciso comprender que cada uno necesita más amor que “merece”; cada uno es más vulnerable de lo que parece; y todos somos débiles y podemos cansarnos. Perdonar es tener la firme convicción de que en cada persona, detrás de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar. Significa creer en la posibilidad de transformación y de evolución de los demás.

Si una persona no perdona, puede ser que tome a los demás demasiado en serio, que exija demasiado de ellos. Pero “tomar a un hombre perfectamente en serio, significa destruirle,” advierte el filósofo Robert Spaemann. Todos somos débiles y fallamos con frecuencia. Y, muchas veces, no somos conscientes de las consecuencias de nuestros actos: “no sabemos lo que hacemos”. Cuando, por ejemplo, una persona está enfadada, grita cosas que, en el fondo, no piensa ni quiere decir. Si la tomo completamente en serio, cada minuto del día, y me pongo a “analizar” lo que ha dicho cuando estaba rabiosa, puedo causar conflictos sin fin. Si lleváramos la cuenta de todos los fallos de una persona, acabaríamos transformando en un monstruo, hasta al ser más encantador.

Tenemos que creer en las capacidades del otro y dárselo a entender. A veces, impresiona ver cuánto puede transformarse una persona, si se le da confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchas personas que saben animar a los otros a ser mejores. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, a pesar de todos sus errores y caídas. Actúan según lo que dice la sabiduría popular: “Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si ya lo fuese.”

Algunas miradas….

 

Correrá la Nube preocupada a taparnos el sol,
el ozono se habrá abierto por tanta arrogancia…
lo que se ha perdido opacará lo que no se tiene,
hipotecamos momentos, por burda ganancia…

Se habrá perdido el polvo en un rayo de luz,
quizá la espuma en la ola, esperará volar…
pasará hambre el amor, si no hay dinero,
se oxidará el recuerdo de tanto llorar…

No es ni una, ni otra, sino todas
todas y ninguna son también…
las miradas de lo uno hacen tanto
que tanto es incluso uno o cien…

Desangrará la tarde para que nazca la noche,
por que el cebo mantiene el fuego que le quema…
amable el caos que siempre invita al orden,
transparente es el vidrio de un libro sin tema…

El océano reconocerá la grandeza de la lluvia,
irá al tanteo la noche, para poder llegar…
comemos rencor atorándonos con tonterías…
razones tiene el corazón, que no puedes razonar…

No es ni una, ni otra, sino todas
todas y ninguna son también…
las miradas de lo uno hacen tanto
que tanto es incluso uno o cien…

La verdad depende de la mirada
y por cada mirada hay una verdad…
no es ni una, ni otra, sino todas
todas las miradas crean la realidad…

Aprendiendo a mirar

 

Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma, y uno aprende que el amor no significa acostarse y una compañía no significa seguridad, y uno empieza a aprender…

Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas, y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes…y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad.

Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calor del sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores.

Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende y aprende… y con cada día uno aprende.

Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.

Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas.

Con el tiempo te das cuenta de que si estás al lado de esa persona sólo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla.

Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el que no lucha por ellos tarde o temprano se verá rodeado sólo de amistades falsas.

Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida.

Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es sólo de almas grandes.

Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, muy probablemente la amistad jamás volverá a ser igual.

Con el tiempo te das cuenta que aunque seas felíz con tus amigos, algún día llorarás por aquellos que dejaste ir.

Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible.

Con el tiempo te das cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser humano, tarde o temprano sufrirá las mismas humillaciones o desprecios multiplicados al cuadrado.

Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen ocasionará que al final no sean como esperabas.

Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante .

Pero desafortunadamente, sólo con el tiempo…